lunes, 18 de mayo de 2009

Pequeño homenaje, desde la trinchera Cotidianita: "Porque te tengo y no"

Cotidianita tropezada porque tengo poco tiempo, llena de nostalgia... por todos los recuerdos.
¿A qué te sabe Mario Benedetti?

“sobremuriente no / sobreviviente
desde el carajo al cielo / sin escalas”

Esta mañana Nami entró a mi cuarto y me dijo, con voz apagada:

— "Te tengo una muy mala noticia... se murió Benedetti". 

No me sorprendió del todo. La semana antepasada había escuchado en la radio que lo habían hospitalizado por alguna complicación, a esas alturas de la vida todo se complica. Luego supe que había salido y quise creer que se recuperaba, no sé por qué, como por sentir mi juventud recuperada de una convalencia en el hospital. Recordé aquella lectura en Plaza Loreto: lo vi arrastrando los pies, frágil, pero con los labios bien encendidos de palabras. Éramos tantos que no alcanzó a firmar libros, así que nos leyó. Fue mejor así.

Busqué un moñito negro para anudármelo en el brazo, pero el único que tenía era demasiado grande, parecía más adorno que duelo y no quise parecer regalo gótico. Entonces guardé el moñito y cambié mi blusa colorida por un suéter negro, como una señal pequeña, íntima, de luto. Sí, fue triste. Triste de esa forma callada, la que te deja el recuerdo un poco hueco, la que sabe a proximidad, porque casi todos los autores que había leído hasta ese momento habían muerto, algunos hace varios siglos. 

Salí corriendo, tarde como siempre, y me subí a la poderosísima Mafalda para surcar las calles de la Narvarte y el océano infinito de coches de Reforma-Lomas. Buscaba en el radio alguna voz compasiva que me dijera por dónde agarrar Viaducto y de pronto escuché:

"... mi táctica es mirarte, aprender cómo sos, quererte como sos...", me quedé inmóvil, corrió la primera lágrima. "Táctica y estrategia": me quedé escuchando como si fuera la primera vez que la oía. Era  Plaza Pública, con Granados Chapa, un homenaje a Mario Benedetti. Decían que no había sido uno de los diez mejores escritores latinoamericanos, que quizás estaba entre los veinte más conocidos. Aquello me irritó un poco, lo confieso. Luego añadieron que no tenía la maestría de Cortázar, ni el dominio del idioma de García Márquez, ni la precisión de Vargas Llosa, ni la hondura de Onetti. Nada que discutir, pensé, pero dolía escucharlo tan seco, tan definitivo.

El programa terminó y mientras el tráfico hervía sobre Viaducto, empecé a buscar otra estación.  Curiosamente, aunque no estuviera entre los diez mejores, en todas las frecuencias se escuchaban homenajes a Benedetti. Entonces hablaron de "La Tregua" y el recuerdo me llevó de golpe al estudio de casa de mi mamá: el olor del papel de todos esos libros, el rincón donde lo leí por primera vez. Allí, íntimamente me hice amiga de Laura Avellaneda y me imaginé cómo sería amar sin remedio. Allí, a los diecisiete, encontré palabras para cosas que todavía no sabía decir. Me di cuenta de que en mis años de Liceo y Universidad yo a Benedetti no sólo lo leía, lo sentía, lo olía, lo saboreaba como si me acompañara en mi jornada. No importaba si había ganado o no un Nobel; lo importante era eso, ¿a qué me sabía Benedetti?

Mientras escuchaba la radio, las respuestas llegaron una tras otra. “Resumiendo, estoy jodido, y radiante, quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa”: me sabía a cigarros Gratos, que compartí con Cristina en los pasillos del Liceo. Recordé que desde entonces siempre he querido tener un perro que se llame Sarcasmo, como el de Beatriz.

"Primavera con una Esquina Rota" me sabía a chocolatines acompañados con ese mal café del Liceo,  que me compartía Daniela, antes de entrar a clase. Ella le quitaba la parte de arriba al chocolatín, porque a mí no me gustaba el chocolate, y me la daba porque a mí me gustaba la mantequilla, ¿Benedetti sabe a mantequilla? También estaba ese aroma de promesas adolescentes y cartas de amor escritas en hojas cuadriculadas, donde Marc había escrito “TE AMO” con esfuerzo en cada uno de los diminutos cuadritos. 

A Marc le escribí sin dudarlo: "Todas las parcelas de mi vida tienen algo tuyo", con la certeza de que a mis 18 años él estaba abrazando mi madurez. También tenía un aroma a papelito arrancado de un cuaderno, cómplice de mis coqueterías universitarias. En uno de ellos le escribí a Eddy, aquel chico de ojos miel que me enloquecía: "Te propongo construir un nuevo canal sin esclusas ni excusas que comunique por fin tu mirada atlántica con mi natural pacífico". 

Me llegaba por ahí el olor a playa y a libro húmedo tirado por error en la alberca, cuando me llevé el Inventario a Acapulco para llorar todas las noches después de terminar con Luis. Él, tan correcto y abrazando su madurez, me devolvió por correo una de mis cartas, en la que le había regalado: "Hagamos un trato". Me sabía a lágrimas frescas, a aquella tarde en que me volé una clase con Cynthia para ir a escucharlo a Plaza Loreto. No alcanzó a firmar mi Inventario, ni el de nadie, éramos demasiados, pero nos leyó. Yo lloré desde que lo vi entrar al foro y más aún cuando dijo: “Porque te tengo y no, porque te pienso, porque la noche está de ojos abiertos...”

Me sabía también a resaca de tequila, esta tiene apenas unas semanas, cuando le dije al amigo de mi vecina, ese que tiene novia, que “ningún padre de la Iglesia ha sabido explicar por qué no existe un mandamiento once que ordene a la mujer no codiciar al hombre de su prójima”. Me sabía a haber crecido sin olvidarme de mí misma. A faldas largas y amigos “revolucionarios” cuyas manos sabían gritar rebeldía. A compartir esa sensación extraña en la clase de Historia, cuando repasas la Segunda Guerra Mundial, de entender el dulce sabor “de la sutilísima, la dulce venganza de Hiroshima”, cuando los japoneses compraron el Rockefeller Center.

Me sabía a puro dolor sincero, de ese que sólo se siente en los primeros desamores. A adolescencia, a poemas (míos y ajenos), a estrellas, a “noches que están de ojos abiertos”, a tentempiés antes de asomar la naricita, a Menganos y Sutanos que se van, a amores largos y fáciles, a bodas de perlas y a los lados oscuros del corazón.

Y ahí, entre el tráfico y la nostalgia, con la radio llena de sus palabras, comprendí que Benedetti había muerto, pero lo que realmente me dolía era todo lo que se había ido con él: la Alba de veintisiete años que todavía llora con un poema, que cree que el amor puede explicarse con palabras prestadas, que sabe que el desamor es una Esquina Rota, que entiende que "nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos", entendí también que lo que reverbera en la ausencia es la permanencia de las palabras, Benedetti iba a seguir en mis palabras, en la forma en que aún busco (y buscaré) la ternura en lo cotidiano, en mi necesidad de creer que los poemas todavía pueden salvarnos un poco, al menos del tráfico incesante de esta ciudad. Ahí, dentro de la fiel corcel Mafalda, con el estrés a punto de aflorar por ir tarde al trabajo una vez más, subí el volumen de la radio y lloré. 

Hasta siempre, Mario Benedetti, "Gracias por el Fuego". 




2 comentarios:

  1. Eii... Me encantó leerte en tu cotidianeidad tan influenciada por Bendedetti... Desde Brasil me enteré, y lo primero que hice fue avisarle a mi amiga uruguaya con la que vivo... Comparto el luto contigo y con tod@s los amantes de sus letras!!!
    Muchos besoss desde estas tierras sureñas y gracias por las felicitaciones!!! Por acá todo marcha bien, entre la adaptación, las saudades, las novedades, las experiencias y los caminos de la vida...
    Te quierooo!!
    Valeria

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  2. Desde que salió esta publicación, iba a comentar que:
    todas las parcelas de mi vida tienen algo tuyo
    y esto en verdad no es nada extraordinario
    vos lo sabes tan objetivamente como yo

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