domingo, 20 de marzo de 2016

PEQUEÑO RITUAL DE OSTARA


Despertando a la Diosa



Según las creencias paganas, Ostara (Eoestre) es la fiesta de la fertilidad que se celebra el 21 de marzo en el hemisferio norte y el 21 de septiembre en el hemisferio sur. La Diosa germánica Eoestre se relaciona con la fertilidad y de ahí que en los rituales paganos de Ostara el elemento central es el huevo, porque simboliza el vientre de la madre.
Ostara es una de mis fiestas paganas favoritas, es una época para renovarnos, para hacer proyectos, para renacer del letargo en el que, cíclicamente, estuvimos durante el invierno. Los días duran lo mismo que las noches y la vida se prepara para renacer; la Diosa está preparándose para dar a luz.

Hay muchos rituales y símbolos que puedes usar en tu casa para Ostara, en lo personal me gusta el ritual de los huevos porque generalmente lo hago rodeada de la gente a la que amo. Les comparto mi ritual, por favor agreguen o eliminen cualquier elemento que quieran, finalmente la magia se trata de sentir y de crear en conjunto.

Primero empecemos con la lista de ingredientes, yo siempre pido que los asistentes traigan cada uno algún elemento para aportar al ritual (para que la energía de todos se comparta) y algún alimento para después del ritual. En mi experiencia, después del ritual los magos tienen MUCHA hambre.

1 o 2 huevos por asistentes. Los huevos siempre los proporciono yo, como parte de mi aportación como titular del Covenstead, es mi regalo de fertilidad. Siempre pregunto cómo quieren los huevos, crudos, cocidos o vacíos, dependiendo de lo que cada asistente quiera hacer después con ellos. Para mí, siempre los cuezo.

Flores rojas o amarillas

Un caldero. Si no tienes caldero, puedes ser una olla común. Si te interesa seguir realizando rituales paganos, puedes adquirir un caldero en:
Tarots del Mundo en la Condesa, a una cuadra de la Glorieta de las Cibeles en la calle de Oaxaca. Si vas a Tartos del mundo por tu caldero, te recomiendo después tomar un vino acompañado de una tabla de quesos en el Pecado de Noé.
Círculo Wicca de México en la calle de Amores 1104, en la del Valle, en donde también encontrarás hermosas herramientas mágicas y, si te interesa aún más, cursos y talleres de Wicca y magia natural.
Café de las Brujas (Salem Witch Store & Coffee) en Diagonal San Antonio 1737 en la Narvarte, donde también sirven un delicioso café y venden mucha literatura pagana, imparten cursos, hacen lecturas de tarot y organizan eventos relacionados con la comunidad pagana.

Una veladora blanca

Una veladora amarilla

Una veladora naranja

Incienso de rosas, o de la flor de tu preferencia.

Un plato con sal de grano o un puñito de tierra

Un recipiente con agua

Pinturas varias. Pide a los asistentes que traigan todo lo que quieran para decorar sus huevos: acuarelas, crayolas, plumines, serpentinas, ojitos, estampitas, brillantina, etc. Todo, absolutamente todo lo que se les ocurra, el límite es la creatividad.

Prepara la casa:

Busca un lugar grande en donde se pueden sentar todos en círculo y que puedas forrar con papel periódico o plástico. Traza una rosa de los vientos imaginaria: al norte coloca la sal de grano o el puñito de tierra; al sur coloca la vela naranja; al Oeste el cuenco con agua y al este enciende el incienso de flores. Recordemos, los inciensos y las velas se encienden siempre con un cerillo de madera y no se apagan de un soplido, se apagan o con los dedos, o con un par de aplausos o, si tienes, con un matacandelas.

Al centro coloca: la vela blanca, que simboliza a la Diosa y la vela amarilla, que simboliza al Dios. El caldero va a centro. A mí me gusta llenarlo de agua y colocar algunas de las flores amarillas y rojas dentro, pero puedes dejarlo solo con agua. El caldero simboliza también el vientre de la madre.

El ritual.
Cuando ya estén presentes todos tus invitados, siéntalos en círculo. Traza un círculo imaginario en tu mete y pide que toda la energía del amor, todos los deseos de renacimiento y todas las bendiciones que se invocarán se queden encapsulados dentro de ese círculo luminoso. Reparte los huevos y ¡todos a decorar! Hay dos formas de hacerlo: decoras los huevos sin intención precisa mas que aquélla de trabajar en tu creatividad (igual la energía se absorberá en tu huevo) o bien dibuja en tu huevo aquello que deseas sembrar ese año: un deseo que quieras que se cumpla, algo que quieras lograr, una actitud que quieras adquirir, etc. Por ejemplo: un bebé, una casa nueva, un nuevo empleo, algo que quieras trabajar en ti como tolerancia, paciencia, empatía, etc. Puedes dibujarlo, escribirlo, representarlo o solamente pensarlo en cada pincelada que des en tu huevo. Una vez que todos hayan terminado, se apagan las velas (como se ha mencionado), se agradece a los invitados que hayan compartido su energía contigo, se tira el agua del caldero en las macetas de tu casa o bien, si lo llenaste de flores, se deja hasta que las flores se marchiten. Una vez terminado el ritual, verán cómo quieren comer todo lo que hay.

Comidas tradicionales.
Las comidas tradicionales de Ostara son los huevos endiablados, todo tipo de ensaladas, pasteles o panes a base de miel y tés florales con miel. El vino dulce es parte de la comida, puedes escoger un vino cosecha tardía o bien un vino afrutado joven.

Al día siguiente.
Todos los invitados se llevan sus huevos y mi recomendación es comerlos a la mañana siguiente, de esta forma toda la energía encapsulada en el círculo de luz y transmitida al huevo (vientre de la madre) será absorbida por tu cuerpo. Yo preparo sángüiches de huevo duro, en honor a una de mis grandes maestras Brujiles que ahora mismo habita las Tierras del Eterno Verano. También les comparto la receta, que es fácil, rápida y deliciosa:

Pelas los huevos duros. Conserva las cáscaras porque en ellas dibujaste o escribiste.
Pones los huevos en un recipiente con mayonesa, sal, pimienta y yo le pongo un poco de mostaza aunque la receta original no la lleva.
Incorpora todos los ingredientes, a mí me gusta usar un utensilio para aplastar frijoles, hasta que tengas una pasta uniforme.
Tuesta pan y rellénalos con la pasta.
DELICIOSOS.

De las cáscaras. Yo las siembro en las macetas de mi casa, pero puedes llevarlas a un bosque, como agradecimiento, y dejarlas ahí o enterrarlas en la tierra. Disfruten esta fiesta pagana, es tiempo además para armarse, recuerden la vieja analogía: “andaba como burro en Primavera” J

Feliz encuentro, feliz retorno, feliz reencuentro
AURA

viernes, 14 de septiembre de 2012

Las manos me huelen a ti

Febrero 9, 2012




"Olvidado el alfabeto del olfato que elaboraba otros tantos vocablos de un léxico precioso, los perfumes permanecerán sin palabra, inarticulados, ilegibles."
Italo Calvino

“Las manos me huelen a ti”
Adela.

Como en muchos cursos de creación literaria, uno de los ejercicios para dar rienda suelta a la pluma es dar una frase al grupo y, a partir de ésta, cada uno empieza a escribir. Las frases que más recuerdo son: “Seda oscura sobre sus piernas”, del taller de escritura de Pilar Moreno, y “Las manos me huelen a ti”, del taller de escritura de Joel Meza. “Las manos me huelen a ti” era el inicio de un poema de una compañera, Adela se llamaba, del curso de Joel. Ella gustaba de la literatura y la poesía erótica y su poema decía así: “Las manos me huelen a ti, a esperma que crece en mi vientre…”.

De esta frase salieron cualquier cantidad de historias, entre la que destacó una que tenía que ver con que las manos del protagonista olían a muerte, cuando éste estrechó las de de Caronte, quien lo ayudó a subir a esa barca que fue su último viaje. Así, poco a poco, todos fueron hilvanando historias que tuvieron como único elemento común el hecho de que las manos olían a algo a o alguien. Hoy, al olerme las manos, he decidido retomar el ejercicio, aunque por favor no esperen nada poético, ni tétrico, ni nostálgico y mucho menos erótico, ojala, pero no. Así que aquí empieza mi pluma a hilvanar:

Ayer en la noche hice una clase tortuosa de yoga, tortuosa porque mi pobre espalda está toda contracturada e intentar hacer un Sarvangasana con la espalda contracturada es verdaderamente doloroso. Después de la clase tortuosa entré a mi primer masaje tortuoso. Como mi espalda se contracturó sorpresivamente desde el martes pasado, contraté el masaje con Carmen, la maravillosa masajista que atiende a los yoguis irresponsables del centro de yoga al que asisto. Después de la tortuosa clase de yoga, me metí a la otra sala de torturas, que aunque está maquillada con lindos árboles sobre las paredes, sonidos de mar y arpas celtas, aroma de incienso y rosas rosas, el masaje de Carmen me hacía pegar sendos gritos por cada lado masajeado. Finalmente salí y me dirigí a casa hecha un trapito, mojado y sucio, ah, y repleto de aceite. Todavía llegué a cenar y atender una consulta legal de Eira, con el dolor de cuerpo y la fatiga de un Shavasana, ese sí, muy bien logrado, pero me dio tiempo de estar metida en mi cama a las 10.40 pm. Prendí la tele y me dormí a los 10 minutos. Ni siquiera me moví durante la noche, tal era mi cansancio y el estado trapesco (del latín: trapito mojado y sucio) de mi cuerpo. Cuando abrí los ojos y miré el reloj, sólo constaté lo que era evidente después de un sueño tan profundo: 17 minutos tarde y yo tengo que llegar temprano a hablar con mi jefe. Corrí a la regadera, corrí a preparar el jugo, corrí a tomar las medicinas, corrí a tender la cama, corrí, corrí, corrí y de tanto correr recuperé los 17 minutos. Ya estaba instalada en la cocina dispuesta a desayunar, en santa calma, cuando la puertita localizada debajo de mi tarja se abrió. La cerré, ella se abrió; cerrar, abrir, cerrar abrir. ¡Momento!, puedo estar HORAS haciendo esto, mejor me asomo a ver qué impide que mi puertita se cierre. En efecto, una botella Cloralex se interponía en mi camino y ni dónde ponerla porque todo estaba hecho un lío. Marthita, de todos ustedes bien conocida, es muy limpia ella, pero el orden no es una de sus cualidades. Yo no entiendo todavía por qué, por ejemplo, no pone todos los tenedores y cucharas en la misma dirección, es más sencillo hasta para sacarlos, mucho mejor que si están todos para todos lados y los dientes de los tenedores se atoran entre ellos. Al ver el desorden de Marthita en mi puerta debajo de la tarja tuve que dominar mi TOC por unos instantes para no ponerme a ordenar; iba a perder los 17 minutos que ya había recuperado. Así que hice un huequito y coloqué la botella acostada sobre las repisas (inservibles al parecer) que mandé comprar para que Marthita ordenara los productos de limpieza. Cerré la puerta y me dispuse a terminar de preparar el desayuno. Conforme voy usando platos los voy lavando, así que cuando terminé de usar la tablita en donde partí mis naranjas me acerqué a la tarja. De pronto mis pantuflas nadaban y yo dejaba patitas de pantuflas por toda la cocina. Se activó mi TOC, tomé una servilleta y limpié las suelas de mis pantuflas. Posteriormente traté de indagar de dónde se estaba derramando el agua y nada. Palpé con mis manos los bordes de la tarja hasta el contorno de la puerta, luego el contorno de la puerta y terminé en el suelo, desde donde vi que la gotita provenía de la puertita subversiva. La abrí rápidamente y toqué la tubería, seca, completamente seca. No obstante, la repisa sí estaba completamente mojada, ¿por? Empecé a sacar el agua, con las manos y a rescatar mis velas de trabajo de aquella inundación de agua que salía quién sabe de dónde. Cuando saqué las velas de las bolsas de plástico en las que estaban me llegó el aroma del cloro: la botella estaba abierta y se había derramado ya más de la mitad de su contenido. Primero pegué un salto, mis pies, sin pantuflas, portaban lindos calcetines rojos que ahora estaban empapados por el cloro. Corrí al baño de visitas y enjuagué las pantuflas y los calcetines. Corrí a la cocina, saqué el resto de los artículos de limpieza y los fui poniendo en la tarja, mientras seguía sacando el cloro CON LAS MANOS. Caí en cuenta, CLORO. Corrí por los guantes, que los había dejado en el baño, regresé, saqué los trapos de cocina, las jergas las guarda Marthita en el cuarto de lavado, hacía mucho frío como para subir y no me daba tiempo, el cloro iba a comenzar a comerse todo a su paso: velas, bolsas de plástico, el recubrimiento de la repisa que tan minuciosamente pegué y que tiene un estampado de zapatitos y bolsas bien fashion, todo, todo estaba siendo devorado por el cloro, incluyendo mis manos. Con dos de mis trapos empecé a limpiar el cloro, para estas alturas moría de hambre y había perdido 7 minutos. Iba y venía del baño de visitas, cual gallina degollada, porque no podía acercarme a la tarja porque dejaría MÁS PATITAS sobre el piso de mi cocina blanca como el amanecer, imagen per se aterradora y diabólica para mi TOC. Medio terminé de secar el cloro, pero sin jergas y con dos diminutos trapitos de cocina la labor era titánica. Decidí esperar a que se secara un poco la cocina. Fui al cuarto, continué arreglándome y luego regresé a la cocina a preparar el desayuno. Ya había enjuagado los calcetines rojos, así que me puse unos grises y mis pantuflas con suela limpia, muy muy limpia, emblanquecida por el cloro. Pisé cerca de la estufa con un empeine en punta perfectísimo… apareció la patita. Hice un berrinche, 12 minutos tarde y UNA PATITA EN MI SUELO. Me quité las pantuflas para evitar las patitas y saqué más trapos de cocina, que esparcí por el suelo para moverme sobre ellos y poder prepararme algo de comer. En la preparación tenía que moverme: de la estufa a la alacena, de la alacena al refri, del refri a la tarja, de la tarja a la alacena… Entonces disponía mis más perfectas puntas para caminar dentro de los cuadritos “secos” de mi cocina, era obvio que los canales que se forman entre loseta y loseta estaban empapados de cloro. Así, de puntitas y con movimientos lentos, terminé de prepararme mi omelette de claras con jitomate y pan negro. A estas alturas ya mi gastritis no toleraba el dolor de la falta de alimento, había perdido una media hora (moverse de puntitas sobre cuadritos requiere tiempo), me ardían los ojos por el aroma del cloro y mis manos se despellejaban. Terminé de comer ahí parada, en chinga, eché el plato y el sartén a la tarja, no lavé nada. Las velas se quedaron en el suelo secándose, igual que los artículos de limpieza que había enjuagado. Los dos trapos de cocina yacían en el suelo pisados por mis impecables puntas de ballerina. Corrí a mi cuarto: dientes, perfume, aretes, botas en mano, corre a la puerta. El olor era insoportable, abre las ventanas, con el pinche frío que está haciendo, corre porque ya vamos 37 minutos tarde. Puerta, llaves, celular… ¿celular? Regresa al cuarto por el celular. Puerta, llaves, celular, ¿abrigo? Regresa al cuarto por el abrigo. Para cuando terminé de contar mis pertenencias, mis pobres trapos de cocina estaban perfectamente delineados por los canales de las losetas, luciendo deslumbrantes manchas blancas en cuadrícula. Ni modo, pensé, las idioteces se pagan: regresando a casa, tarde después de una cena que tengo, voy a tener que revisar qué velas se salvaron, cómo están mis pantuflas, cómo quedaron los calcetines rojos, tal vez tenga que cambiar el recubrimiento de zapatitos y bolsas fashion del estante, tirar los trapos de cocina, comprar nuevos, comprar cloro, calcetines rojos y una crema para manos. Finalmente me senté a ponerme las botas y vi mis lindas puntas, ahora color mamey, de mis calcetines grises. Salí corriendo, casi 40 minutos tarde, Pitágoras cerrado porque no sé qué demonios están pavimentando, casi atropello a unos de la repavimentada, estornudaba constantemente por el olor a cloro, me ardían los ojos y… las manos me olían a cloro. Llegué tarde, con las manos oliendo a cloro y enseñé mis calcetines decolorados a Carmen y Lita, quienes reían mucho de la imagen que les narré de la corretiza de gallina degollada.

Me senté a trabajar, ya van unas cuatro veces que me lavo las manos y les pongo crema olor lima/limón que le regaló Lau de Navidad y nada. Cloro, a cloro me huelen las manos. Esta fue la reseña emblanquecida de la botella de cloro que Martha dejó mal cerrada. De haber hecho caso a mi TOC: hubiera sacado todo lo que estaba en el estante, lo hubiera acomodado minuciosamente y la botella de cloro hubiera cabido paradita, como debe de ser. Mi gaveta estaría ordenada (mi TOC tranquilo), hubiera perdido sólo 10 minutos, mis trapos de cocina estarían guardados en su cajón, mis velas estarían esperando la siguiente luna creciente para ser encendidas, mis calcetines rojos no vivirían en este momento en el compartimento de mi cerebro que guarda todo aquello etiquetado como “incertidumbre”, mis pantuflas tendrían sus suelas ligeramente polvosas, los platos y sartenes estarían limpios, mi casa no estaría fría cuando llegue porque las ventanas estarían cerradas y mis manos olerían a crema de cacao. Conclusión: el TOC no es tan malo y siempre es MUCHO mejor que “las manos me huelan a ti”.

Aura.

jueves, 24 de junio de 2010

En Facebook … con una jirafa, dada a luz por José y María

Hoy me dijo Karen que hace mucho no ponía frases lindas en Facebook ni cambiaba mi estatus en el Messenger de Blackberry ni nada de nada, y que, dicho sea de paso, ella había amanecido reclamona porque tenía una “crisis de abandono”, derivado del hecho de una de sus mejores amigas, amiga ya muy querida nuestra y del PSC, se fue a vivir a Nueva Zelanda y de que esta semana, como he salido con amigos que hace tiempo no veía, la tengo un poco abandonada.


Entonces me metí a Facebook a poner una frase y linda y ya, como que sí he tenido un poco de apatía feisbuquera y, pues ni modo. La verdad es que hoy, con tanta lluvia y mi correo de outlook que se desconecta y se desconecta y yo que no sirvo mucho para entender qué le pasa a mi outlook, me quedé de apática en mi oficina mirando por la ventana la lluvia caer y pensando qué escribir, porque estos días de lluvia ponen a todo mundo medio poeta. Leí el tuit de un ingenioso tuitero a quien sigo por su sarcasmo, ironía y mal genio. El tuit decía: “empiezan las lluvias, cuidado; no levanten las piedras porque saldrán poetas por doquier”… Y en esas estaba yo, tratando de volverme una de esas poetas que saltan de por doquier cuando decidí ir a la oficina de Estela en lo que me trataban de arreglar el outlook. Estela me preguntó si no jugaba en Facebook algún jueguito, o se me hacía muy “ñoño”. A mí se me hace ñoño, a veces, hasta Alfred Hitchcock, así que no soy referencia para opinar sobre ningún tipo de juego en Facebook. Pero, como yo quiero mucho a Estelita, inquirí sobre el juego en cuestión porque ella me dijo: “es que yo tengo mi muñequita, y estoy muy emocionada, pero necesito más amigas”. “Ok, le contesté, enséñame a tu muñequita y explícame de qué se trata…” Estela ingresó a su Facebook y se metió a algo que se llama Senority no sé qué y me empezó a explicar que es un juego que se trata de tener dinero, viajar, tener muchos novios, muchas amigas, ropa y zapatos. Bueno, ¿a quién no podría gustarle un juego así? Me enseñó su muñequita, que es ella y me dijo, hablando en primera persona, que acababa de regresar de París y que tenía que reclamar su dinero. Entonces empezó a picar botoncitos por todos lados y me empezó a enseñar los zapatos que tenía, la ropa, los peinados… “Tiene muchos zapatos”, me dijo. “¡Qué maravilla! Sí quiero jugar”. Finalmente “reclamó” su dinero y se emocionó porque tenía cierta cantidad, automáticamente presionó el botón “shopping” y, evidentemente, se metió a comparar lo que se le puso enfrente. Primero vio unos vestidos y dijo que no tenía dinero suficiente para comprarlos todavía, pero que … hizo una pausa, dio tres clics más en la página y apareció un lindo vestido strapless a rayas. Estela estaba muy emocionada, “éste es el que quería” y lo compró. La pantalla siguiente la felicitó por su compra y el vestido se agregó al closet de Estela, o su muñeca, es lo mismo, ella se refiere a la muñeca como si hablara de ella misma. Se puso el vestido a rayas y me explicó, como si yo no entendiera nada sobre el arte de combiar ropas y zapatos, que obvio le tenía que cambiar los zapatos y el peinado. Me reí. Después me empezó a explicar sobre los novios. “Yo, en París, no tengo novio…, hizo otra pausa para buscar mi mirada de entendimiento, moví la cabeza en señal de comprensión, … pero, en mi vida normal…” Y aquí sí no puede seguir escuchando: “¿En tu vida normal?”, o sea, ya estamos en el punto en el que la “vida normal” de la contadora de EMI es que “ella” (entiéndase, su muñequita de Facebook) no tiene novio en París.

Más tarde, durante la comida, se estuvieron nuevamente expresando las miles de teorías por las cuales México le puede ganar a Argentina. Aquí, como en casi todo el mundo, asumo, desayunamos, comemos y cenamos con el futbol, así que no me ha quedado de otra que entrar a las pláticas y opinar, con mi nulo conocimiento del futbol, que si los argentinos salen a la cancha en muletas tal vez les ganemos. Gritos y sombrerazos vienen y van durante la comida, se apasionan, se enojan, se contentan, se dice que piches españoles, que si los holandeses… y de la noche a la mañana, todos se vuelven expertos en nacionalidades. Mientras unos tratan de ver los partidos, haciendo un esfuerzo tremendo por subir el volumen y ocultar los gritos de Adolfo y Kelly y las risotadas de Leyla, otros tratamos de escuchar por ahí algo que nos pueda dar un indicativo sobre qué es un cuarto de final. Finalmente el tema desembocó en un documental que Vero había visto en la tele sobre las jirafas en África. “¿Jirafas?”, preguntó mi compadre Adolfo. “Sí, sí, jirafas….”, contestó muy emocionada Vero y continuó entusiasmada: “En África las jirafas meten sus cuellos a las casas de las personas y si ven algo en el mesa, sacan su larga lengua y se lo comen. Yo vi cómo estaba el cuello de la jirafa dentro de una casa y de un lengüetazo se comió todos los cacahuates”. Leyla movió su cabeza hacia el lado izquierdo, señal inequívoca de que la escena de la jirafa comiéndose los cacahuates la había visualizado en su cabeza y le parecía tremendamente tierna. Y sí, en efecto, dijo: “¡Ay! ¡Qué chido!” y mi compadre Adolfo la secundó, y ambos tenían cara de satisfacción, supongo que imaginándose a ellos mismos acariciando a la jirafa mientas ésta se saboreaba los cacahuates. “¿Qué chido?, les pregunté. ¡No!, ¡imagínense que tengas que estar cuidándote de la jirafa! ¡Ey, Fulano!, trae acá el matamoscas para espantar a la pinche jirafa que ya se está comiendo otra vez los cacahuates. Obvio debe ser desesperante, y no es lo mismo espantar al perro callejero, ¡que a la jirafa!”. En un mar de risas, mi compadre me dijo, muy seguro de él mismo y de que el argumento que estaba a punto de compartir iba a acabar terminantemente con el mío: “No, comadre, la gente de allá está diseñada para tratar con las jirafas”…. ¿¿¿¿¿¿QUÉ?????? ¿Cómo se “diseña” a la gente para tratar con jirafas que entran a tu casa por la ventana? ¿Dónde está el diseño? Las risas seguían y mi compadre, ya con los ojos llenos de lágrimas de tanta risa, dijo: “Diosito, Diosito los diseña allá arriba”…. A lo que Leyla contestó, también muy segura: “Sí, ¿qué no se supone que somos todos hijos de José y María?” “¿De José y María?, contesté, Leyla, DE ADÁN Y EVA”… y el “torrente de risa y contento” seguía desbordándose de aquella mesa en donde las jirafas comen en las casas de las personas que están diseñadas, por María y José, para convivir con ellas; mientras, Estela, supongo, vivía su vida real, en la que sí tiene un novio, aunque no en París.

miércoles, 31 de marzo de 2010


“Dime con tus dedos que no habrá más peros, que siempre seremos mientras nos toquemos. Cómo fluye el viento, cómo corre el agua... bésame los labios, tócame la cara, que me tiembla el alma”.



De una rola que me puso el alma a temblar. La escuché hace un par de semanas: bebí las imágenes, sentí en la piel el tacto que habla, bebí el agua que corría, toqué los rostros... dije con mis dedos.


Mi hermana escribió hoy: “Estoy en cuarentena de amor...” (¡Qué curioso que nos hayamos puesto a escribir el mismo día!). La cuarentena de amor es buena (también es relativa). Recordé lo que es decir, y que te digan, con los dedos que no habrá más peros, que siempre seremos mientras nos toquemos.
De lo chusco: Kelly y el prepucio


Hace casi un año fui al Vor Hal a festejar por vigésima quinta vez, que estaba a punto de firmar un contrato que se negoció por años. Estábamos muy a gusto comenzando la noche cuando empezó alguna canción electrónica que me gusta mucho. Di un salto del banquito periquero en el que con trabajos me había subido, boté el vodka y me puse a bailar. Le dije a Ale y a David que esa rola me gustaba mucho. David, ni tardo ni perezoso, preguntó: “Ah, sí, ¿y cómo se llama?” A lo que yo contesté: “No tengo idea, David, yo creo que las rolas de música electrónica no tienen título y si tienen, sólo se lo sabe el DJ”, me reí. David me dijo, muy seguro de él: “pues yo sí sé cómo se llama”. Ale y yo lo miramos extrañadas. David hizo una pausa, disfrutando el momento y riéndose de nosotras, y contestó: “Éxtasis en el prepucio”. Ale casi se ahoga con el vodka y la carcajada y yo me detenía de la sillita periquera de la cual me había bajado de un salto. Kelly, que estaba en la periquera de junto, me preguntó: “¿De qué se ríen?” Yo, sin poder parar de reírme y con el poco pero profundo conocimiento que tengo de Kelly, la miré y le dije: “De nada, Güera, de nada”. Ale me increpó: “¡Qué mala eres, dile!”. “No, Ale, Kelly no se va a reír porque no sabe qué es un prepucio”. David contestó: “¡Cómo crees! Claro que sabe” y Ale asintió. Entonces les aposté algunos drinks a que Kelly no sabía qué era un prepucio (I know my people). Volteé a mirarla y le dije: “A ver Kelly....”, Kelly se puso en actitud de prestar mucha atención, dio un giro a su periquerita y me miró con carita de “sí dime, ¿en que te puedo ayudar?”, yo continué: “A ver Kelly, ¿qué es el prepucio?”. Kelly automáticamente y con mucha emoción, como quien sabe que tiene la respuesta correcta para ganar en un juego de concurso, contestó: “Un hueso”. Ale y David lloraban de risa. Yo gané unos chupes.

Querido Pepe,

Toda cuestión tiene dos puntos de vista: el equivocado y el nuestro.

Retomé el contacto con un amigo de antaño con quien compartí alguna vez una luna de octubre. No es que hayamos perdido el contacto, y menos ahora que existe el facebook y el twitter y el no sé qué tanto, la realidad es que la distancia, los hijos, los divorcios, los trabajos, la falta de tiempo, el día a día, nos llevó a que sólo pusiéramos “nos gusta” a algún estatus lindo, o nos preguntáramos intrascendencias sobre nuestras vidas. Hoy nos escribimos mails de más de dos párrafos y creo que nos acordamos cómo nos gusta escribir y escribirnos... y yo recordé cuánto tiempo llevo sin alimentar el blog de las cotidianitas, y cómo la piel arrugada de lo cotidiano... se va arrugando más cuando no se alimenta con gotitas de palabras.

“Yo ya quiero establecerme”, le dije a Pepe. “¿Quieres establecerte?, fue su respuesta, ¡Pues ya estás establecida! Con muchos amigos que te quieren, con tu trabajo exitoso, con tu lado femenino y humano bien fortalecido... cuando leo tus mensajes sobre las fiestas o reuniones o veo las fotos, haces que sienta un calor como de víspera navideña, y también me pega una cierta envidia (de la buena)”. Me di cuenta que en realidad estoy establecida, es cierto y que a veces olvido las básicas lecciones de la vida, las que primero se aprenden y que, a fuerza de pasar tantos años, se olvidan aunque sean el ABC: hay veces que uno añora lo que no tiene y olvida vivir intensamente lo que sí se tiene, a manos llenas. Me puse a ver las fotos del bien denominado “Pitágoras Social Club” y, ¡miren!, han pasado ya tres años de que nos reunimos y, en efecto, se siente como esta “víspera navideña” de la que habla Pepe, aunque a mí no me guste la Navidad.

Ahora mismo tomo café en una taza que me regaló Paul el 14 de febrero, tampoco festejo el 14 de febrero ni significa para mí ninguna cosa importante, y aun sí me llegó un regalo Valentino, una taza que dice: “te quiero a ti, desde el primer día que te vi”. También me puse un perfume que me regaló Estela de cumpleaños y un anillo que me dio Leyla un día que no tenía nada mejor que hacer que pensar en mí. Y tengo hermosas flores en mi oficina que mandó Tashi y una barricada de amigos de oficina dispuestos a defender mi integridad ante cualquier arreglo floral que llegue a la recepción sin remitente. Fruta y dulces en mi florero. El cuadro de un antiguo amor que cruzó medio mundo para venir a verme. ¡Qué rico que todo venga en bocanadas de luna nueva! Sociedades secretas que me inventan conjuros para sanar heridas.

Esto era una carta para Pepe, para contarle en qué iba mi vida, en dónde estaba mi corazón, qué piensa mi mente, hacia dónde se acomodó hoy mi cabello, qué ha pasado durante todos estos años, cuántas nuevas arrugas tengo y si me ha salido alguna cana, cómo hace uno para estar siempre, perennemente, “dentro del mercado” y no morirse en el intento, qué pasó con los últimos roces de labios, a dónde he viajado, qué libro he leído, qué comida he disfrutado, dónde está la Hormiga que nos intriga con una sola palabra: “reciprocidad”... y todo, absolutamente todo esto tan pequeño y cotidiano parece ahora tan suntuoso con la simple frase: “¡Ya estás establecida!”. Es cierto, querido amigo de esa luna de octubre, estoy muy establecida, estoy donde debo estar y con quien debo estar.

Besos y estrellas,

viernes, 19 de junio de 2009

Pequeñeces

Dedicatoria:
para el querido amigo Gerardo Becker, gracias a él me senté a escribir hoy.

"Hace ya tiempo que el papel de cuerdo es peligroso entre los locos"
Diderot



Mi ex compañero de universidad, Gerardo Becker, siempre escribe estatus filosóficos y de gran profundidad de pensamiento en su Facebook. A mí me gusta leer sus estatus y siempre le dejo algún comentario; aunque hoy me quedó claro que su nivel de profundidad filosófica no da para captar el sarcasmo. Respondió algo muy serio a un comentario mío que se suponía que era gracioso.

Él escribió:
“La dispersión de la mente genera dolor.”

Y yo le contesté:
“No estoy tan segura, amigo, yo no vivo en el grito de dolor, ¡y mira que soy dispersa!, ¡eh!”

Para muestra, aquí van varios pequeños botones que llevo tiempo queriendo juntar y coser, poco a poco, a esta mente mía tan dispersa:

Lata de spray para “algo”, dentro de mi coche: 

Se sube la Hormiga a mi coche. 

- “Hormiga, ¿y esta lata de spray?”
- “¡Ah! No sé, me la dio Luis para... para... ¡Ay, Hormiga! No sé para qué me la dio, creo que tengo que empezar a ponerle atención a mi novio cuando me dice que no le hago caso”. 

La Hormiga reaccionó con una sonora carcajada y después acotó: 

-“¿Te das cuenta de lo que me acabas de decir? Tengo que empezar a hacerle caso a mi novio cuando me dice que no le hago caso”. Esto fue aproximadamente hace 7 años; a la fecha, no sé para qué era esa lata de spray, por qué la traía en mi coche y para qué me la había dado Luis, sí recuerdo que me había pedido que hiciera algo con ella, ¿o que se la entregara a alguien? En fin, espero que no haya sido nada importante porque estoy segura de que terminé tirándola.

La contestadora: 

Hace muchos años, cuando trabajaba en Reader’s Digest, la gerente de sorteos era una mujer llamada Elia Lechuga, célebre en la compañía por su poca paciencia, su alta eficacia y su necesidad de que todo estuviera listo en el momento en que lo necesitaba. Un día regresaba de comer y vi que tenía un mensaje en mi contestadora. Pit, pit, pit, marco para recuperar mensajes; pit, pit, pit, tecleo contraseñas y comienzo a escuchar el mensaje de Elia: “Alba, te comento que el para el Sorteo “El boleto dorado de tu suerte”, el permiso de la Secretaría de Gobernación...blah... blah...” A la mitad del mensaje, olvidé que era un mensaje y me creí en una conversación con Elia. 

- “No, Elia, es que lo que pasó fue que...”, le dije cordialmente a la grabación.

Evidentemente, la voz de Elia en mi contestadora seguía y seguía, mientras yo le decía cada vez en un tono un poco más elevado: 

- "Elia, perdón que te interrumpa"
- "Elia, déjame te explico" 
- "Elia, Elia, ¿me escuchas?" 

Para este momento, estaba anonadada y me sentía tremendamente ofendida, ¿por qué esta mujer no me respetaba y ni siquiera hacía una pausa para escucharme? 

- "Elia, Elia, por favor ESCÚCHAME (yo ya desesperada) Elia, POR FAVOR, déjame hablar"

De pronto escuché: “Bueno, Albita, muchas gracias. Te busco por la tarde y lo vemos”

... Beeep!

Me apené de mí misma, volté a revisar que no hubiera alguien cerca que hubiera escuchado mi desplante, colgué el teléfono y me fui a la oficina de Elia con mi libreta de anotaciones. 

Contacto para Leyla: 

Cuernavaca. Casa de un amigo de mi amiga May, novia de uno de mis mejores amigos: Alec, el hermano del novio con las Primaveras Extraviadas. Estábamos recluidos por la epidemia de influenza. May me presenta con todos sus amigos. 

-“Hola, gracias por invitarme, por favor, no se ofendan, es complicado que me aprenda sus nombres en un par de días, pero no es mala onda, me tardé cuatro años en aprenderme el de Alec”. 

Uno de los amigos, Juan Er, trabaja en alguna agencia de publicidad. Inmediatamente ofrecí los servicios de mi vendedora de música estrella, Leyla, y le pedí a Juan Er que me mandara un mail con sus datos de contacto. El lunes le reenvíe el correo a Leyla: 

Querida Ley, 
Antes de que se me olvide quién es este chavo, te mando sus datos, es un amigo de May que trabaja en blah y coordina el tema de clearence de derechos musicales.  

A los pocos días, Leyla me comenta: “Ya hablé con Juan Ernesto”. Silencio de mi parte. Mi mente en blanco total. Sé que debería saber quién es, pero no tengo la menor idea. Tengo que decir algo antes de que Leyla se dé cuenta.

—“¡Ah! ¡Qué bien! ¿Y qué te dijo?”

Me clava una mirada profunda, de esas que atraviesan el alma (y la amnesia).
—“No tienes ni idea de quién te hablo, ¿verdad?”

Nos reímos las dos. Me salva:
—“Es el amigo de May, el que me dijiste.”

—“¡Ah, claro! ¡Ese chico me cayó perfecto!” Aunque sigo sin saber a ciencia cierta cuál de todos los amigos de May que estuvieron ese fin de semana en Cuerna es, pero el entusiasmo ayuda a disimular.

Ese mismo día fuimos a comer Leyla y yo. Casualidades del universo: Juan Ernesto trabajaba cerca y, por supuesto, estaba comiendo en el mismo lugar. Justo cuando estábamos entrando, él ya se levantaba para irse. Lo vi. Su cara me sonaba. Claramente lo conocía… pero ¿de dónde?

Él me vio, me reconoció (él sí, porque no sufre de dispersión mental crónica) y se acercó con la cordialidad de quien ha compartido cinco días desayunando, comiendo, cenando y bebiendo contigo en Cuernavaca.

Justo antes de que hablara, ¡milagro!: lo ubiqué. ¡Era ese Juan Ernesto! Pero, claro, pretender que además recordara su nombre era ya ciencia ficción. Así que opté por la solución universal:

Lo señalé con emoción y dije:
—“¡Ah! ¡Eres tú!”

Luego señalé a Leyla y le dije a él:
—“¡Es ella!”

Y otra vez, señalándolo a él, le dije a Leyla:
—“¡Es él!”

Juan Ernesto sonrió, venía con su novia de la mano y ella ya empezaba a poner cara de: ¿Quién es esta mujer que lo señala con tanto entusiasmo?¿Quién es esa otra "ella es ella" y "él es él"? ¿Debo preocuparme?

Leyla, como buena vendedora profesional y experta en salvar momentos socialmente incómodos, se levantó con una sonrisa y le dijo a él, mirando a la novia:

—“¡Ah! ¿Juan Ernesto? Mucho gusto, soy Leyla de EMI, hablamos hace un momento por teléfono.”

Y así salvó el honor de mis neuronas danzarinas, de Juan Ernesto y la estabilidad de su relación. 

Alec y el hospital

Alec estaba gravísimo en el hospital. A punto de perder una pierna. Hago énfasis: uno de mis mejores amigos en la vida. Yo, en mi casa, en shock absoluto, dando vueltas sobre mi propio eje, incapaz de pensar con claridad.

Mi amiga Lorena, siempre sensata, me dice:

—“Cálmate, por favor. El papá de Oliver es ortopedista. ¿Quieres que le llame para que vea a Alec?”

—“Sí, amiga, por favor, te lo agradecería.” Le contesté con la voz entrecortada por el llanto y una ansiedad que ya rayaba en ataque de pánico.

El suegro de Lore, muy buena onda, accedió sin dudar. Iba a ir al hospital a ver al mejor amigo de la amiga de su nuera. 

—“Claro,” preguntó, “¿cómo se llama el paciente?”

Y yo, con la certeza de quien no duda ni por un segundo, solté:
—“Alberto Chávez Servín.”

Minutos después, el doctor llegó al hospital y preguntó por Alberto, que obviamente no estaba internado.

—“Ah, doctor… no tenemos a ningún Alberto, pero hay un Alejandro Chávez Servín…”

Ups.

Más tarde, ya por la noche, Lorena me llamó: Alec estaba estable. Aún no se podía saber si lograrían salvarle la pierna, pero al menos estaba fuera de peligro inmediato. Justo cuando estábamos por colgar, me lanza la estocada final con voz cargada de suspicacia:

—“Por cierto, dice mi suegro que no te preocupes por tu mejor amigo… que seguro lo quieres muchísimo, aunque no sepas cómo se llama.”

Mucho gusto, mi novio Alejandro: 

Sigamos con la adorable familia Chávez Servín. En varias ocasiones, al presentar a Albert, el novio de las Primaveras Extraviadas: 

- “¡Hola! Te presento a Alec, mi novio”. 

Albert contestaba: 
- “Mucho gusto, en realidad me llamo Albert, Alec es mi hermano". 

Más de una vez nos dirigieron una mirada muy extraña. 

Mafalda, mi Honda Fit hermoso, en el estacionamiento de algún centro comercial, perdida, olvidada, a veces a punto de ser reportada como robada ¿Qué les puedo decir?  Consuetudinariamente, sin duda.

Emer, estoico como siempre, me dice con su serenidad habitual:

—“Alba, creo que no voy a poder estar en el call de mañana. Déjame lo checo y te aviso. ¿Me puedes confirmar la hora, por favor?”

Mi mente, en pánico silencioso: ¿Call? ¿Mañana? ¿Qué día es mañana? ¿Había un call mañana? ¿Dónde estoy? 

Necesito contestar algo ya, antes de que Emer note que no tengo idea de qué está hablando. Así que lanzo, con toda la confianza de una Gerente Legal: 

—“¡Uy, no te preocupes! Hacemos catch up y te doy resumen ejecutivo más tarde. ¿A qué hora me dijiste que era el call?”

Emer me miró con esa mezcla de ternura e incredulidad, hizo una pausa, me estudió por un segundo y luego no pudo más que soltar la risa.

Ed Hardy vs. Ferragamo

Jueves, 7:30 a.m. “¿Qué me pongo?” Pienso rápido: hoy no tengo citas, ni reuniones, ni visitas. Día tranquilo en la oficina. Pero en la noche tengo la inauguración de un restaurante en la Condesa: vodka, amigos, algo flashy pero muy casual: jeans rotos; playera Ed Hardy entallada con alas gigantes bordadas en la espalda y una corona en el pecho, todo borado de brillitos muy plateados; cinturón de charol con estoperoles en forma de corona, para que combine con la playera, hebilla plateada enorme, muy llamativa; tennis tipo Converse de charol, bolsa de charol. 

11:00 a.m. – Oficina. Yo, trabajando a mil: cafeína, actas, contratos, llamadas, autores, regalías, Román preguntándome cosas, desparramada en mi silla, una Bratz ejecutiva.

Ring. Mary, al teléfono:

-"Albin, te llama la secretaria del Doctor Cárdeno". 

Ups, ¿José Ramón? Había quedado de verlo, el jueves me parece.

— "Mariposa, ¿qué día es hoy" 

— "Jueves, Albín, hasta las 12 de la noche". 

— "Pásamela, Mary."

— "¿Licenciada Hernández? Le aviso que el Doctor Cárdeno va retrasado, pero ya está en camino". 

— "Muchísimas gracias, Blanquita, aquí lo esperamos", claro, vestidas como Bratz. 

Outlook, oportunísimo suena, reminder: Junta con José Ramón Cárdeno. Revisión contractual. 

15 minutos después, llega José Ramón a mi oficina, impecable abogado de la vieja escuela: traje Hugo Boss, zapatos Ferragamo, corbata Hermès, ni un solo detalle fuera de lugar. 

— "Buenos días, mi querida licenciada". 

Me levanto de mi silla, noto que le cuesta mucho trabajo no hacer un comentario sobre mi atuendo y  yo, brillante como bola disco en lunes laboral, le contesto con una sonrisa desbordante:

— "Puedes reírte, olvidé que nos veíamos hoy; si no, me habría vestido a la altura, querido. 

José Ramón no pudo contener la risa. Aproveché el momento para aliviar un poco la incomodidad causada por mi falta total de tacto profesional en el vestuario, una elección que, evidentemente, gritaba irreverencia y mostraba un clarísimo desprecio involuntario por el decoro jurídico.

Así que, con la dignidad que aún me quedaba, me di la vuelta y le dije:
—“¡Y mira! ¿Te enseño mis alitas?”

El portavasos que no es espejo

Salía apresurada de la cocina de EMI, saboreando un totopo con frijoles delicioso. En la recepción me esperaba un pasante que venía con prisa para ver unos detalles sobre un procedimiento de Avenencia.

Me senté en mi escritorio y, mientras masticaba a velocidad ejecutiva, llamé a la recepcionista:
—“Kelly, dile a Juan Manuel que pase, por favor.”

No me daba tiempo de correr al baño a lavarme los dientes ni a revisar el daño frijoloso en un espejo.

En mi apuro, levanté la taza de café que estaba sobre mi portavasos y, con toda la lógica del mundo, me lo llevé a la cara para usarlo de espejo improvisado.

Lo puse frente a mi boca, intentando detectar el temido frijolazo. Pasaron unos segundos. Me desconcertó no ver nada. Parpadeé. Me acerqué más. Y fue entonces cuando mi cerebro, aún con cafeína pendiente, procesó el problema: no era un espejo.

Era mi portavasos.

Con un pececito azul.

Muy sonriente.

Pero cero útil para revisarme los dientes.

Yo, mientras tanto, seguía tratando de explicarme por qué, en lugar de mis dientes, veía al pececito mirándome con cara de: It's taking you a while to figure it out.

Tashi: One Love, One Life (Y un poco de caos mental)

La canción que tengo asignada a Tashi en mi celular cuando me llama es “One”, de U2. Dramática, épica, cargada de emoción. Básicamente, la banda sonora de nuestro vínculo místico.

Un día, veníamos en su coche, yo de copiloto, Tashi manejando como si llevara la paz mundial en el volante, y de pronto suenan las primeras notas en el estéreo: "Is it getting better..."

Inmediatamente, entré en modo alerta. Primera reacción: sacar el Blackberry como si fuera una bomba a punto de explotar. Segunda: mirar a Tashi con ojos desorbitados ¿Me está llamando desde su propio coche, mientras maneja, para que escuchemos juntas nuestra canción en altavoz cósmico?

Pero Tashi, con cierta paz tibetana que había decidido adoptar para sobrevivir el tráfico de Viaducto, no decía nada. Solo me lanzó una mirada que mezclaba confusión, ligera alarma… y un toque de ¿qué está haciendo esta mujer?, para posteriormente interrumpir el espiral espacio temporal de mi mente y decir: 

—“No, babas. No es tu cel… ES EL RADIO.”

Me hundí en el asiento con dignidad cero, mientras Bono seguía cantando, como si nada hubiera pasado. Y yo, en silencio, considerando seriamente investigar de qué lado de la familia puedo tener herencia de demencia. 

¿Y qué decir? Es de familia.

El viernes pasado fui a casa de mi abuela, después de la misa por el aniversario luctuoso de mi abuelo. Al llegar, empezaban a servir la cena, y mi mamá, con todo su amor y cero memoria gustativa, me pregunta:

—“Tú, Princesa, ¿quieres un tamalito?”

Respiro. Sonrío. Y le recuerdo, como cada año desde que aprendí a hablar:

—“Ma… tengo 33 años. Desde hace 33 años soy tu hija. NUNCA me han gustado los tamales. Y SIEMPRE me quieres dar tamales.”

Salgo al patio a admirar la hora azul que empieza. Me ve mi abuela desde su silla, con esa mirada que todo lo ve, todo lo sabe, todo lo ofrece y ahora está sola:

—“Gordita, ¿no quieres un tamalito?”

¿cómo te explico, abuela…?

Me acerqué, me senté en el brazo de su silla, la abracé y le dije:

—“Sí, abuela. Ya me comí dos.”

Porque hay cosas que se heredan, entre ellas el amor, la insistencia y la dispersión. 

Converesación esotérica sin pies ni cabeza: 

Una tarde, hice una reunión en mi departamento con mis tías. Estábamos platicando de todo y de nada, como siempre. Mi tío Haled había trascendido hacía unos meses, así que el tono se fue poniendo un poco más esotérico, digamos. 

Mi tía Kena, hija de Haled, que además estaba recién separada de su esposo, me empezó a contar, preocupadísima, que su hija Andrea (mi prima, hija de Kena, nieta de Haled, por si alguien ya se perdió) estaba pasando por un momento muy difícil.

—“¡Ay, Gordita!”, me decía Kena, “es que con este asunto del papá… yo veo muy mal a mi Andrea.”

—“¡Uy tía! ¡Qué fuerte! ¿Está muy triste?”

—“Pues es que además… no lo quiere ver.”

Yo, claro, me fui directo al plano astral.

—“¡Claro, tía! Es normal. No todos quieren ver. A veces ver puede ser muy fuerte, hasta aterrador, aunque sepamos que ellos siguen ahí…”

—“Sí, reinita… pero a él le duele.”

—“Bueno, tía… ya no tanto, ¿no? Digo, él también va a entender que ella no lo quiera ver. Tarda, pero pasa.”

—“No, Gordita… ¿cómo crees? ¡Lo tiene que ver! Si éste le llama y le llama.”

—“¿Le llama? ¿Pero cómo? ¿En las noches cuando ella está dormida?”

—“No, a veces sigue despierta. Pero ella dice que no quiere hablar con él.”

Yo ya estaba por sacar el péndulo y unas velitas blancas cuando le pregunto a Kena:

—“¿Y tú? ¿Tú lo ves? ¿Sientes que te llama también?”

—“¡Pues claro, Gordita! Tenemos mil cosas pendientes: el divorcio, la pensión de los niños...”

Y ahí me cayó el veinte como balde de agua fría.

—“¡Ahhh! ¡Entendí! ¿Andrés? ¡No mi tío Haled!”

Y las dos estallamos en risa.

—“¡Pero qué bárbara, Gordita!”

Mientras tanto, yo, durante la conversación, ya estaba internamente haciendo todo un análisis transgeneracional:

Esa prima Andrea, ¡pero qué calladito se tenía lo de hablar con los trascendidos! Digo, yo sabía que eso corría en el linaje femenil de la familia, pero negarse a hablar con él así de plano... ¡Es su abuelo, por Dios santo! Un poco de respeto. Que le tome la llamada desde el más allá, que esas comunicaciones deben salir carísimas. El pobre tío gastando toda su dosis mensual de ectoplasma para contactarla… ¡y ella sin contestar!

Y así la vida, queridos lectores, "la dispersión mental general dolor" o altas dosis de humor y sanos momentos de entretenimiento, al menos todavía. 

Besos y estrellas, 

Aura