viernes, 19 de junio de 2009

Pequeñeces

Dedicatoria:
para el querido amigo Gerardo Becker, gracias a él me senté a escribir hoy.

"Hace ya tiempo que el papel de cuerdo es peligroso entre los locos"
Diderot



Mi ex compañero de universidad, Gerardo Becker, siempre escribe estatus filosóficos y de gran profundidad de pensamiento en su Facebook. A mí me gusta leer sus estatus y siempre le dejo algún comentario; aunque hoy me quedó claro que su nivel de profundidad filosófica no da para captar el sarcasmo. Respondió algo muy serio a un comentario mío que se suponía que era gracioso.

Él escribió:
“La dispersión de la mente genera dolor.”

Y yo le contesté:
“No estoy tan segura, amigo, yo no vivo en el grito de dolor, ¡y mira que soy dispersa!, ¡eh!”

Para muestra, aquí van varios pequeños botones que llevo tiempo queriendo juntar y coser, poco a poco, a esta mente mía tan dispersa:

Lata de spray para “algo”, dentro de mi coche: 

Se sube la Hormiga a mi coche. 

- “Hormiga, ¿y esta lata de spray?”
- “¡Ah! No sé, me la dio Luis para... para... ¡Ay, Hormiga! No sé para qué me la dio, creo que tengo que empezar a ponerle atención a mi novio cuando me dice que no le hago caso”. 

La Hormiga reaccionó con una sonora carcajada y después acotó: 

-“¿Te das cuenta de lo que me acabas de decir? Tengo que empezar a hacerle caso a mi novio cuando me dice que no le hago caso”. Esto fue aproximadamente hace 7 años; a la fecha, no sé para qué era esa lata de spray, por qué la traía en mi coche y para qué me la había dado Luis, sí recuerdo que me había pedido que hiciera algo con ella, ¿o que se la entregara a alguien? En fin, espero que no haya sido nada importante porque estoy segura de que terminé tirándola.

La contestadora: 

Hace muchos años, cuando trabajaba en Reader’s Digest, la gerente de sorteos era una mujer llamada Elia Lechuga, célebre en la compañía por su poca paciencia, su alta eficacia y su necesidad de que todo estuviera listo en el momento en que lo necesitaba. Un día regresaba de comer y vi que tenía un mensaje en mi contestadora. Pit, pit, pit, marco para recuperar mensajes; pit, pit, pit, tecleo contraseñas y comienzo a escuchar el mensaje de Elia: “Alba, te comento que el para el Sorteo “El boleto dorado de tu suerte”, el permiso de la Secretaría de Gobernación...blah... blah...” A la mitad del mensaje, olvidé que era un mensaje y me creí en una conversación con Elia. 

- “No, Elia, es que lo que pasó fue que...”, le dije cordialmente a la grabación.

Evidentemente, la voz de Elia en mi contestadora seguía y seguía, mientras yo le decía cada vez en un tono un poco más elevado: 

- "Elia, perdón que te interrumpa"
- "Elia, déjame te explico" 
- "Elia, Elia, ¿me escuchas?" 

Para este momento, estaba anonadada y me sentía tremendamente ofendida, ¿por qué esta mujer no me respetaba y ni siquiera hacía una pausa para escucharme? 

- "Elia, Elia, por favor ESCÚCHAME (yo ya desesperada) Elia, POR FAVOR, déjame hablar"

De pronto escuché: “Bueno, Albita, muchas gracias. Te busco por la tarde y lo vemos”

... Beeep!

Me apené de mí misma, volté a revisar que no hubiera alguien cerca que hubiera escuchado mi desplante, colgué el teléfono y me fui a la oficina de Elia con mi libreta de anotaciones. 

Contacto para Leyla: 

Cuernavaca. Casa de un amigo de mi amiga May, novia de uno de mis mejores amigos: Alec, el hermano del novio con las Primaveras Extraviadas. Estábamos recluidos por la epidemia de influenza. May me presenta con todos sus amigos. 

-“Hola, gracias por invitarme, por favor, no se ofendan, es complicado que me aprenda sus nombres en un par de días, pero no es mala onda, me tardé cuatro años en aprenderme el de Alec”. 

Uno de los amigos, Juan Er, trabaja en alguna agencia de publicidad. Inmediatamente ofrecí los servicios de mi vendedora de música estrella, Leyla, y le pedí a Juan Er que me mandara un mail con sus datos de contacto. El lunes le reenvíe el correo a Leyla: 

Querida Ley, 
Antes de que se me olvide quién es este chavo, te mando sus datos, es un amigo de May que trabaja en blah y coordina el tema de clearence de derechos musicales.  

A los pocos días, Leyla me comenta: “Ya hablé con Juan Ernesto”. Silencio de mi parte. Mi mente en blanco total. Sé que debería saber quién es, pero no tengo la menor idea. Tengo que decir algo antes de que Leyla se dé cuenta.

—“¡Ah! ¡Qué bien! ¿Y qué te dijo?”

Me clava una mirada profunda, de esas que atraviesan el alma (y la amnesia).
—“No tienes ni idea de quién te hablo, ¿verdad?”

Nos reímos las dos. Me salva:
—“Es el amigo de May, el que me dijiste.”

—“¡Ah, claro! ¡Ese chico me cayó perfecto!” Aunque sigo sin saber a ciencia cierta cuál de todos los amigos de May que estuvieron ese fin de semana en Cuerna es, pero el entusiasmo ayuda a disimular.

Ese mismo día fuimos a comer Leyla y yo. Casualidades del universo: Juan Ernesto trabajaba cerca y, por supuesto, estaba comiendo en el mismo lugar. Justo cuando estábamos entrando, él ya se levantaba para irse. Lo vi. Su cara me sonaba. Claramente lo conocía… pero ¿de dónde?

Él me vio, me reconoció (él sí, porque no sufre de dispersión mental crónica) y se acercó con la cordialidad de quien ha compartido cinco días desayunando, comiendo, cenando y bebiendo contigo en Cuernavaca.

Justo antes de que hablara, ¡milagro!: lo ubiqué. ¡Era ese Juan Ernesto! Pero, claro, pretender que además recordara su nombre era ya ciencia ficción. Así que opté por la solución universal:

Lo señalé con emoción y dije:
—“¡Ah! ¡Eres tú!”

Luego señalé a Leyla y le dije a él:
—“¡Es ella!”

Y otra vez, señalándolo a él, le dije a Leyla:
—“¡Es él!”

Juan Ernesto sonrió, venía con su novia de la mano y ella ya empezaba a poner cara de: ¿Quién es esta mujer que lo señala con tanto entusiasmo?¿Quién es esa otra "ella es ella" y "él es él"? ¿Debo preocuparme?

Leyla, como buena vendedora profesional y experta en salvar momentos socialmente incómodos, se levantó con una sonrisa y le dijo a él, mirando a la novia:

—“¡Ah! ¿Juan Ernesto? Mucho gusto, soy Leyla de EMI, hablamos hace un momento por teléfono.”

Y así salvó el honor de mis neuronas danzarinas, de Juan Ernesto y la estabilidad de su relación. 

Alec y el hospital

Alec estaba gravísimo en el hospital. A punto de perder una pierna. Hago énfasis: uno de mis mejores amigos en la vida. Yo, en mi casa, en shock absoluto, dando vueltas sobre mi propio eje, incapaz de pensar con claridad.

Mi amiga Lorena, siempre sensata, me dice:

—“Cálmate, por favor. El papá de Oliver es ortopedista. ¿Quieres que le llame para que vea a Alec?”

—“Sí, amiga, por favor, te lo agradecería.” Le contesté con la voz entrecortada por el llanto y una ansiedad que ya rayaba en ataque de pánico.

El suegro de Lore, muy buena onda, accedió sin dudar. Iba a ir al hospital a ver al mejor amigo de la amiga de su nuera. 

—“Claro,” preguntó, “¿cómo se llama el paciente?”

Y yo, con la certeza de quien no duda ni por un segundo, solté:
—“Alberto Chávez Servín.”

Minutos después, el doctor llegó al hospital y preguntó por Alberto, que obviamente no estaba internado.

—“Ah, doctor… no tenemos a ningún Alberto, pero hay un Alejandro Chávez Servín…”

Ups.

Más tarde, ya por la noche, Lorena me llamó: Alec estaba estable. Aún no se podía saber si lograrían salvarle la pierna, pero al menos estaba fuera de peligro inmediato. Justo cuando estábamos por colgar, me lanza la estocada final con voz cargada de suspicacia:

—“Por cierto, dice mi suegro que no te preocupes por tu mejor amigo… que seguro lo quieres muchísimo, aunque no sepas cómo se llama.”

Mucho gusto, mi novio Alejandro: 

Sigamos con la adorable familia Chávez Servín. En varias ocasiones, al presentar a Albert, el novio de las Primaveras Extraviadas: 

- “¡Hola! Te presento a Alec, mi novio”. 

Albert contestaba: 
- “Mucho gusto, en realidad me llamo Albert, Alec es mi hermano". 

Más de una vez nos dirigieron una mirada muy extraña. 

Mafalda, mi Honda Fit hermoso, en el estacionamiento de algún centro comercial, perdida, olvidada, a veces a punto de ser reportada como robada ¿Qué les puedo decir?  Consuetudinariamente, sin duda.

Emer, estoico como siempre, me dice con su serenidad habitual:

—“Alba, creo que no voy a poder estar en el call de mañana. Déjame lo checo y te aviso. ¿Me puedes confirmar la hora, por favor?”

Mi mente, en pánico silencioso: ¿Call? ¿Mañana? ¿Qué día es mañana? ¿Había un call mañana? ¿Dónde estoy? 

Necesito contestar algo ya, antes de que Emer note que no tengo idea de qué está hablando. Así que lanzo, con toda la confianza de una Gerente Legal: 

—“¡Uy, no te preocupes! Hacemos catch up y te doy resumen ejecutivo más tarde. ¿A qué hora me dijiste que era el call?”

Emer me miró con esa mezcla de ternura e incredulidad, hizo una pausa, me estudió por un segundo y luego no pudo más que soltar la risa.

Ed Hardy vs. Ferragamo

Jueves, 7:30 a.m. “¿Qué me pongo?” Pienso rápido: hoy no tengo citas, ni reuniones, ni visitas. Día tranquilo en la oficina. Pero en la noche tengo la inauguración de un restaurante en la Condesa: vodka, amigos, algo flashy pero muy casual: jeans rotos; playera Ed Hardy entallada con alas gigantes bordadas en la espalda y una corona en el pecho, todo borado de brillitos muy plateados; cinturón de charol con estoperoles en forma de corona, para que combine con la playera, hebilla plateada enorme, muy llamativa; tennis tipo Converse de charol, bolsa de charol. 

11:00 a.m. – Oficina. Yo, trabajando a mil: cafeína, actas, contratos, llamadas, autores, regalías, Román preguntándome cosas, desparramada en mi silla, una Bratz ejecutiva.

Ring. Mary, al teléfono:

-"Albin, te llama la secretaria del Doctor Cárdeno". 

Ups, ¿José Ramón? Había quedado de verlo, el jueves me parece.

— "Mariposa, ¿qué día es hoy" 

— "Jueves, Albín, hasta las 12 de la noche". 

— "Pásamela, Mary."

— "¿Licenciada Hernández? Le aviso que el Doctor Cárdeno va retrasado, pero ya está en camino". 

— "Muchísimas gracias, Blanquita, aquí lo esperamos", claro, vestidas como Bratz. 

Outlook, oportunísimo suena, reminder: Junta con José Ramón Cárdeno. Revisión contractual. 

15 minutos después, llega José Ramón a mi oficina, impecable abogado de la vieja escuela: traje Hugo Boss, zapatos Ferragamo, corbata Hermès, ni un solo detalle fuera de lugar. 

— "Buenos días, mi querida licenciada". 

Me levanto de mi silla, noto que le cuesta mucho trabajo no hacer un comentario sobre mi atuendo y  yo, brillante como bola disco en lunes laboral, le contesto con una sonrisa desbordante:

— "Puedes reírte, olvidé que nos veíamos hoy; si no, me habría vestido a la altura, querido. 

José Ramón no pudo contener la risa. Aproveché el momento para aliviar un poco la incomodidad causada por mi falta total de tacto profesional en el vestuario, una elección que, evidentemente, gritaba irreverencia y mostraba un clarísimo desprecio involuntario por el decoro jurídico.

Así que, con la dignidad que aún me quedaba, me di la vuelta y le dije:
—“¡Y mira! ¿Te enseño mis alitas?”

El portavasos que no es espejo

Salía apresurada de la cocina de EMI, saboreando un totopo con frijoles delicioso. En la recepción me esperaba un pasante que venía con prisa para ver unos detalles sobre un procedimiento de Avenencia.

Me senté en mi escritorio y, mientras masticaba a velocidad ejecutiva, llamé a la recepcionista:
—“Kelly, dile a Juan Manuel que pase, por favor.”

No me daba tiempo de correr al baño a lavarme los dientes ni a revisar el daño frijoloso en un espejo.

En mi apuro, levanté la taza de café que estaba sobre mi portavasos y, con toda la lógica del mundo, me lo llevé a la cara para usarlo de espejo improvisado.

Lo puse frente a mi boca, intentando detectar el temido frijolazo. Pasaron unos segundos. Me desconcertó no ver nada. Parpadeé. Me acerqué más. Y fue entonces cuando mi cerebro, aún con cafeína pendiente, procesó el problema: no era un espejo.

Era mi portavasos.

Con un pececito azul.

Muy sonriente.

Pero cero útil para revisarme los dientes.

Yo, mientras tanto, seguía tratando de explicarme por qué, en lugar de mis dientes, veía al pececito mirándome con cara de: It's taking you a while to figure it out.

Tashi: One Love, One Life (Y un poco de caos mental)

La canción que tengo asignada a Tashi en mi celular cuando me llama es “One”, de U2. Dramática, épica, cargada de emoción. Básicamente, la banda sonora de nuestro vínculo místico.

Un día, veníamos en su coche, yo de copiloto, Tashi manejando como si llevara la paz mundial en el volante, y de pronto suenan las primeras notas en el estéreo: "Is it getting better..."

Inmediatamente, entré en modo alerta. Primera reacción: sacar el Blackberry como si fuera una bomba a punto de explotar. Segunda: mirar a Tashi con ojos desorbitados ¿Me está llamando desde su propio coche, mientras maneja, para que escuchemos juntas nuestra canción en altavoz cósmico?

Pero Tashi, con cierta paz tibetana que había decidido adoptar para sobrevivir el tráfico de Viaducto, no decía nada. Solo me lanzó una mirada que mezclaba confusión, ligera alarma… y un toque de ¿qué está haciendo esta mujer?, para posteriormente interrumpir el espiral espacio temporal de mi mente y decir: 

—“No, babas. No es tu cel… ES EL RADIO.”

Me hundí en el asiento con dignidad cero, mientras Bono seguía cantando, como si nada hubiera pasado. Y yo, en silencio, considerando seriamente investigar de qué lado de la familia puedo tener herencia de demencia. 

¿Y qué decir? Es de familia.

El viernes pasado fui a casa de mi abuela, después de la misa por el aniversario luctuoso de mi abuelo. Al llegar, empezaban a servir la cena, y mi mamá, con todo su amor y cero memoria gustativa, me pregunta:

—“Tú, Princesa, ¿quieres un tamalito?”

Respiro. Sonrío. Y le recuerdo, como cada año desde que aprendí a hablar:

—“Ma… tengo 33 años. Desde hace 33 años soy tu hija. NUNCA me han gustado los tamales. Y SIEMPRE me quieres dar tamales.”

Salgo al patio a admirar la hora azul que empieza. Me ve mi abuela desde su silla, con esa mirada que todo lo ve, todo lo sabe, todo lo ofrece y ahora está sola:

—“Gordita, ¿no quieres un tamalito?”

¿cómo te explico, abuela…?

Me acerqué, me senté en el brazo de su silla, la abracé y le dije:

—“Sí, abuela. Ya me comí dos.”

Porque hay cosas que se heredan, entre ellas el amor, la insistencia y la dispersión. 

Converesación esotérica sin pies ni cabeza: 

Una tarde, hice una reunión en mi departamento con mis tías. Estábamos platicando de todo y de nada, como siempre. Mi tío Haled había trascendido hacía unos meses, así que el tono se fue poniendo un poco más esotérico, digamos. 

Mi tía Kena, hija de Haled, que además estaba recién separada de su esposo, me empezó a contar, preocupadísima, que su hija Andrea (mi prima, hija de Kena, nieta de Haled, por si alguien ya se perdió) estaba pasando por un momento muy difícil.

—“¡Ay, Gordita!”, me decía Kena, “es que con este asunto del papá… yo veo muy mal a mi Andrea.”

—“¡Uy tía! ¡Qué fuerte! ¿Está muy triste?”

—“Pues es que además… no lo quiere ver.”

Yo, claro, me fui directo al plano astral.

—“¡Claro, tía! Es normal. No todos quieren ver. A veces ver puede ser muy fuerte, hasta aterrador, aunque sepamos que ellos siguen ahí…”

—“Sí, reinita… pero a él le duele.”

—“Bueno, tía… ya no tanto, ¿no? Digo, él también va a entender que ella no lo quiera ver. Tarda, pero pasa.”

—“No, Gordita… ¿cómo crees? ¡Lo tiene que ver! Si éste le llama y le llama.”

—“¿Le llama? ¿Pero cómo? ¿En las noches cuando ella está dormida?”

—“No, a veces sigue despierta. Pero ella dice que no quiere hablar con él.”

Yo ya estaba por sacar el péndulo y unas velitas blancas cuando le pregunto a Kena:

—“¿Y tú? ¿Tú lo ves? ¿Sientes que te llama también?”

—“¡Pues claro, Gordita! Tenemos mil cosas pendientes: el divorcio, la pensión de los niños...”

Y ahí me cayó el veinte como balde de agua fría.

—“¡Ahhh! ¡Entendí! ¿Andrés? ¡No mi tío Haled!”

Y las dos estallamos en risa.

—“¡Pero qué bárbara, Gordita!”

Mientras tanto, yo, durante la conversación, ya estaba internamente haciendo todo un análisis transgeneracional:

Esa prima Andrea, ¡pero qué calladito se tenía lo de hablar con los trascendidos! Digo, yo sabía que eso corría en el linaje femenil de la familia, pero negarse a hablar con él así de plano... ¡Es su abuelo, por Dios santo! Un poco de respeto. Que le tome la llamada desde el más allá, que esas comunicaciones deben salir carísimas. El pobre tío gastando toda su dosis mensual de ectoplasma para contactarla… ¡y ella sin contestar!

Y así la vida, queridos lectores, "la dispersión mental general dolor" o altas dosis de humor y sanos momentos de entretenimiento, al menos todavía. 

Besos y estrellas, 

Aura


lunes, 18 de mayo de 2009

Pequeño homenaje, desde la trinchera Cotidianita: "Porque te tengo y no"

Cotidianita tropezada porque tengo poco tiempo, llena de nostalgia... por todos los recuerdos.
¿A qué te sabe Mario Benedetti?

“sobremuriente no / sobreviviente
desde el carajo al cielo / sin escalas”

Esta mañana Nami entró a mi cuarto y me dijo, con voz apagada:

— "Te tengo una muy mala noticia... se murió Benedetti". 

No me sorprendió del todo. La semana antepasada había escuchado en la radio que lo habían hospitalizado por alguna complicación, a esas alturas de la vida todo se complica. Luego supe que había salido y quise creer que se recuperaba, no sé por qué, como por sentir mi juventud recuperada de una convalencia en el hospital. Recordé aquella lectura en Plaza Loreto: lo vi arrastrando los pies, frágil, pero con los labios bien encendidos de palabras. Éramos tantos que no alcanzó a firmar libros, así que nos leyó. Fue mejor así.

Busqué un moñito negro para anudármelo en el brazo, pero el único que tenía era demasiado grande, parecía más adorno que duelo y no quise parecer regalo gótico. Entonces guardé el moñito y cambié mi blusa colorida por un suéter negro, como una señal pequeña, íntima, de luto. Sí, fue triste. Triste de esa forma callada, la que te deja el recuerdo un poco hueco, la que sabe a proximidad, porque casi todos los autores que había leído hasta ese momento habían muerto, algunos hace varios siglos. 

Salí corriendo, tarde como siempre, y me subí a la poderosísima Mafalda para surcar las calles de la Narvarte y el océano infinito de coches de Reforma-Lomas. Buscaba en el radio alguna voz compasiva que me dijera por dónde agarrar Viaducto y de pronto escuché:

"... mi táctica es mirarte, aprender cómo sos, quererte como sos...", me quedé inmóvil, corrió la primera lágrima. "Táctica y estrategia": me quedé escuchando como si fuera la primera vez que la oía. Era  Plaza Pública, con Granados Chapa, un homenaje a Mario Benedetti. Decían que no había sido uno de los diez mejores escritores latinoamericanos, que quizás estaba entre los veinte más conocidos. Aquello me irritó un poco, lo confieso. Luego añadieron que no tenía la maestría de Cortázar, ni el dominio del idioma de García Márquez, ni la precisión de Vargas Llosa, ni la hondura de Onetti. Nada que discutir, pensé, pero dolía escucharlo tan seco, tan definitivo.

El programa terminó y mientras el tráfico hervía sobre Viaducto, empecé a buscar otra estación.  Curiosamente, aunque no estuviera entre los diez mejores, en todas las frecuencias se escuchaban homenajes a Benedetti. Entonces hablaron de "La Tregua" y el recuerdo me llevó de golpe al estudio de casa de mi mamá: el olor del papel de todos esos libros, el rincón donde lo leí por primera vez. Allí, íntimamente me hice amiga de Laura Avellaneda y me imaginé cómo sería amar sin remedio. Allí, a los diecisiete, encontré palabras para cosas que todavía no sabía decir. Me di cuenta de que en mis años de Liceo y Universidad yo a Benedetti no sólo lo leía, lo sentía, lo olía, lo saboreaba como si me acompañara en mi jornada. No importaba si había ganado o no un Nobel; lo importante era eso, ¿a qué me sabía Benedetti?

Mientras escuchaba la radio, las respuestas llegaron una tras otra. “Resumiendo, estoy jodido, y radiante, quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa”: me sabía a cigarros Gratos, que compartí con Cristina en los pasillos del Liceo. Recordé que desde entonces siempre he querido tener un perro que se llame Sarcasmo, como el de Beatriz.

"Primavera con una Esquina Rota" me sabía a chocolatines acompañados con ese mal café del Liceo,  que me compartía Daniela, antes de entrar a clase. Ella le quitaba la parte de arriba al chocolatín, porque a mí no me gustaba el chocolate, y me la daba porque a mí me gustaba la mantequilla, ¿Benedetti sabe a mantequilla? También estaba ese aroma de promesas adolescentes y cartas de amor escritas en hojas cuadriculadas, donde Marc había escrito “TE AMO” con esfuerzo en cada uno de los diminutos cuadritos. 

A Marc le escribí sin dudarlo: "Todas las parcelas de mi vida tienen algo tuyo", con la certeza de que a mis 18 años él estaba abrazando mi madurez. También tenía un aroma a papelito arrancado de un cuaderno, cómplice de mis coqueterías universitarias. En uno de ellos le escribí a Eddy, aquel chico de ojos miel que me enloquecía: "Te propongo construir un nuevo canal sin esclusas ni excusas que comunique por fin tu mirada atlántica con mi natural pacífico". 

Me llegaba por ahí el olor a playa y a libro húmedo tirado por error en la alberca, cuando me llevé el Inventario a Acapulco para llorar todas las noches después de terminar con Luis. Él, tan correcto y abrazando su madurez, me devolvió por correo una de mis cartas, en la que le había regalado: "Hagamos un trato". Me sabía a lágrimas frescas, a aquella tarde en que me volé una clase con Cynthia para ir a escucharlo a Plaza Loreto. No alcanzó a firmar mi Inventario, ni el de nadie, éramos demasiados, pero nos leyó. Yo lloré desde que lo vi entrar al foro y más aún cuando dijo: “Porque te tengo y no, porque te pienso, porque la noche está de ojos abiertos...”

Me sabía también a resaca de tequila, esta tiene apenas unas semanas, cuando le dije al amigo de mi vecina, ese que tiene novia, que “ningún padre de la Iglesia ha sabido explicar por qué no existe un mandamiento once que ordene a la mujer no codiciar al hombre de su prójima”. Me sabía a haber crecido sin olvidarme de mí misma. A faldas largas y amigos “revolucionarios” cuyas manos sabían gritar rebeldía. A compartir esa sensación extraña en la clase de Historia, cuando repasas la Segunda Guerra Mundial, de entender el dulce sabor “de la sutilísima, la dulce venganza de Hiroshima”, cuando los japoneses compraron el Rockefeller Center.

Me sabía a puro dolor sincero, de ese que sólo se siente en los primeros desamores. A adolescencia, a poemas (míos y ajenos), a estrellas, a “noches que están de ojos abiertos”, a tentempiés antes de asomar la naricita, a Menganos y Sutanos que se van, a amores largos y fáciles, a bodas de perlas y a los lados oscuros del corazón.

Y ahí, entre el tráfico y la nostalgia, con la radio llena de sus palabras, comprendí que Benedetti había muerto, pero lo que realmente me dolía era todo lo que se había ido con él: la Alba de veintisiete años que todavía llora con un poema, que cree que el amor puede explicarse con palabras prestadas, que sabe que el desamor es una Esquina Rota, que entiende que "nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos", entendí también que lo que reverbera en la ausencia es la permanencia de las palabras, Benedetti iba a seguir en mis palabras, en la forma en que aún busco (y buscaré) la ternura en lo cotidiano, en mi necesidad de creer que los poemas todavía pueden salvarnos un poco, al menos del tráfico incesante de esta ciudad. Ahí, dentro de la fiel corcel Mafalda, con el estrés a punto de aflorar por ir tarde al trabajo una vez más, subí el volumen de la radio y lloré. 

Hasta siempre, Mario Benedetti, "Gracias por el Fuego". 




viernes, 13 de marzo de 2009

Morir en la piel

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad. J. Sabines

Hace tiempo que quería ordenar el pensamiento para contarles lo que muchos de ustedes, y yo misma, se preguntaron (o se preguntan) sobre mi relación con ese personaje bastante extraordinario que trabajaba conmigo en la Editora. Recuerdo que me había autoimpuesto un gran reto que era escribir el texto con puras preguntas. El texto se titularía: “¿Por qué?” Y, entre otras miles de preguntas, empezaría con la siguiente: “¿Por qué después de tantos meses de conquista sin resultados decidió que era buena idea emborracharse y besar a mi mejor amiga?” “¿Por qué, cuando le dije que yo no iría con él, se le ocurrió llevarse a otra de mis amigas a pasar un puente a Cocoyoc?” Y de las últimas serían: “¿Por qué cuando salimos por primera vez, después de un rompimiento que nos había dejado a ambos el corazón roto, habiendo tomado la decisión de que sí estaríamos juntos, cuando llegó la cuenta dijo atentamente: ‘míos son 200 pesos’ y me dejó a mí pagar el resto?” “¿Por qué se metió a mi oficina exclusivamente para echarme la culpa de haber vuelto con su novia?” “¿Por qué claramente esa culpa era mía?” En fin, más que un ejercicio de catarsis, en realidad se me empezó a complicar un poco el ejercicio literario y, después de unos cuantos intentos, decidí dejarlo por la paz y limitarme a tener los cuestionamientos en mi cabeza. Después de tantos cuestionamientos a los que únicamente podía responderme “por pendeja”, decidí un día sentarme a reflexionar profundamente sobre el asunto. En mi reflexión recordé una frase muy linda que les escribí en una cotidianita de hace mucho tiempo que se llamó “Far away so close”: “la cercanía la llevamos en la piel”. Y fue así como comencé a recordar el poder y la magia de la piel. “Hay secretos en los poros para llenar muchas lunas”, dice uno de mis poemas favoritos, “(...) el cuerpo es carta astral en mensaje cifrado (...) aspira, suspira, muérete un poco, dulce... lentamente, muérete...” Sin duda, cuando la piel respira pero agoniza en un mismo espacio, uno acaba por morirse en su propia piel. Tal vez me tardé mucho tiempo en aprenderlo, pero haberlo vivido me ha permitido ahora reconocer ese roce de piel eléctrico que no sólo se llama deseo, se apellida pasión y cuando su segundo apellido es incompatibilidad de caracteres, podemos decir que entonces su seudónimo es tragedia inminente.

Hay sin duda una serie de reacciones químicas, mucha gente que sigue este pequeño foro nos podría dar miles de explicaciones y todos estaremos de acuerdo en ello: nuestra parte pensante puede entender perfectamente bien que en estas relaciones pasionales tormentosas lo único que sucede es que reaccionamos a una serie de estímulos químicos, nuestra parte sintiente está conciente de que se está yendo a la chingada sin boleto de regreso, pero nuestra maldita piel se empeña incluso hasta en buscar el conflicto y la tragedia, porque luego la piel sabe mejor con un dejo de conflicto y reconciliación. Entonces uno de pronto se ve envuelto en una serie de acciones y emociones que es incapaz de controlar y que van creciendo exponencialmente en la medida en que, curiosamente, va creciendo nuestro afán de separarnos. Así es, entre más conflictiva e incompatible sea la relación, más se enardece la piel y más se vuelve imposible salir del círculo vicioso del maltrato y el control. Finalmente uno se sale, bueno, yo me salí, algunos no se salen nunca, algunos aman este tipo de subeybaja de emociones encontradas, otros gozan maltratando o siendo maltratados, en fin, cada quien su patología y para que haya un tirano (en este caso se supone que ésa era yo) siempre tiene que haber un agachado. Pero bueno, me fui, con muchas creces.

Como recordarán de mi última cotidianita, mi último date me había hecho una “pequeña” escena después de que “lo confundí” en el teléfono con el Cronopio (como si a estas alturas del partido yo pudiera confundir al Cronopio con alguien). Después de esta escena siguieron un par más y la última fue de plano muy fuerte. Desde la segunda escena a mí me estaba empezando a quedar claro que este no era un date easy going y que finalmente acabaría por no divertirme y por estar estresada de todo en todo momento, a mí que ni me gusta estresarme. En alguna de las conversaciones profundas que tuvimos me di cuenta que mi date tomaba la vida muy a pecho: todo le generaba un conflicto. Elegir una película era labor titánica, planear ir a cenar con 4 días de anticipación era ridículo (para él) y mis amigos eran muchos, variados y yo tenía una vida social muy activa con la que él, definitivamente, no podía lidiar. “Ups, luz roja, pensé, ¡es que no es que no le guste el perfume que me pongo, es que no le gusta de plano mi esencia!” “Es que yo no voy a cambiar, le decía, la gente es como es porque le gusta como es. A mí me gusta salir, cenar en restaurantes, planear cenas románticas, amo el vino tinto y si de ahí me dicen reven (o viaje) yo ya estoy subida en el coche”. Él decía que eso era raro. “¿Raro?, pensaba yo, lo raro es que quieras seguir saliendo conmigo si claramente te desalinea el chakra el hecho de que me hablen 17 amigos en un día para ver qué plan en la noche”. Lo malo era que cuando este pensamiento invadía mi mente y mi clara y sensata reacción debía haber sido: “mi vida, mucho gusto en conocerte, ‘¡qué lástima pero no! Me despido de ti y me voy’”, en ese momento, justo después de la seria conversación o la ya acalorada discusión (¡a la tercera date, plis, ¿quién tiene discusiones acaloradas a la tercera date cuando todo debe ser rosa y miel?) tenía a bien tomarme entre sus brazos (sin importar el lugar en donde nos encontráramos, lo cual para mí era ya es demasiado osado, no soy mucho de manifestaciones de afecto, y menos de apasionamiento, el lugares públicos) y plantarme un beso de estos de película en los que la espalda casi rosa el suelo. Me empecé a dar cuenta que podía tener enfrente una nueva relación que me llevara otra vez a morir en mi piel, pero, tal cual, me resultó tremendamente atractiva. El fin de semana del 14 de febrero quise organizar algo para salir con mi date y con Nami (Tashi), día que ella y yo celebramos porque un 14 de febrero, de hace ocho años, nos hicimos abogadas. No hubo forma, no recuerdo por qué, lo único que recuerdo es que alguna complicación había surgido en su vida y, además, era muy pronto para planear qué hacer el 14 de febrero. Lo que siguió a ese fin de semana fue una semana muy trágica y muy triste para mí y para Tashi así que tuve que dejar por la paz el tema de la complicación de mi date. Para el viernes siguiente, mi date tuvo a bien quererme acompañar al cine. Yo tenía tres planes diferentes ese día: una cena que había querido organizar en mi casa (sin éxito), un cena en casa de mi vecino de abajo (somos cuatro departamentos que nos juntamos una vez por mes a cenar) y un karaoke en casa de Angie (una amiga de la Hormiga que nos cae muy bien y la queremos mucho). Cuando mi date llegó por mí yo estaba bipolar y disfuncional. El plan era ir al cine a ver una peli del FICCO y después, dependiendo de lo que mi bipolaridad determinara, podría ir a cenar a casa de mis vecinos. Justo cuando íbamos saliendo de mi casa me llamó el vecino anfitrión a mi celular. Le di las malas noticias de la triste semana de Nami y mía y le dije que me encontraba en una situación muy precaria y bipolar, que echar unos chupes en ese momento podía llevarme a la locura, o al baile, o al llanto, o a tantas cosas diferentes que desconocía mi posible reacción. Le pregunté si me aceptaba bipolar en su cena. Justo en este momento abrí la puerta de mi casa y él me dijo que acababa de oír mi puerta, él estaba llegando. Nos asomamos por la escalera: “Vecinita chula, sí claro que te acepto bipolar y a la hora que sea”. Volteé a ver a mi date y estaba ya subido en el elevador con cara de rottweiler. Me subí junto a él y le dije en tono de desesperación y con cara de tsunami: “¿¿¿¿¿¿Qué?????? ¿¿¿¿¿¿Ahora qué te pasa??????” Estuvimos todo el camino al cine y toda la cena antes de la película discutiendo. Yo ya estaba desesperada, había tenido un semana triste y dos días tétricos en el trabajo porque falté un día. En el mundo de mi date todo era un conflicto: su trabajo, su hija y sus clases de equinoterapia, su ex mujer, el cine, yo, mis amigos, mi vecino, mis tres planes en la noche que no le comuniqué y lo habían hecho sentir “mi tercera opción”. ¿Cómo? Yo no entendía nada, si yo tenía 3 planes y estaba con él en el cine eso quería decir que pese a mis tres planes ÉL era LA opción. Yo argumentaba que todos en esta vida tenemos trabajos y presiones en el trabajo (yo estoy a punto de firmar un contrato que lleva 3 años en negociación, cosa que no le dije, ¿cómo para qué?), que no entendía por qué le preocupaba la equinoterapia de la hija si a mí me parecía lindísimo ir a terapia con caballitos, hay niños que no tienen ni para comer y la de él va a terapia con caballos, ¿por qué le conflictuaba? Su ex mujer está loca, según él, yo nunca me he creído esta historia de las ex mujeres locas. Las mujeres somos locas por naturaleza, sí, pero los hombres nos enloquecen el triple. Detrás de cada ex mujer loca siempre hay un hombre capaz de sacar de sus casillas hasta al santo Papa. No logramos ponernos de acuerdo, la película estaba punto de empezar. Nos levantamos de la mesa y le dije que todavía quería comprar un té helado antes de entrar al cine. Para ser sinceros, estaba esperando ver una película en el silencio total y sin siquiera el roce las manos. Para mi sorpresa, en la fila de la dulcería, el cine a reventar, mi date me volvió a tomar en brazos, me abrazó con la fuerza de los caballos de la equinoterapia de la hija y me puso otro beso de antología erótica. No había duda: la piel estaba destinada a avivarse nuevamente, después de casi 8 meses de sueño profundo. Terminado la función me llamó el despistado de Jorge Aragón, quien nunca avisó si podía o no ir a la cena en mi casa que había resultado todo un fracaso. Yo estaba sentadita en la sala escuchando a una serie de adolescentes insurrectos que bombardeaban al director de la película con preguntas intrascendentes sobre los claroscuros. Le contesté a Jorge: “Chimbo, dijo, estoy abajo a tu casa, ¿qué depa es?” “¿Cómo que estás debajo de mi casa? Yo estoy en el cine, Chimbo, ¿por qué no me llamaste para confirmar o cancelar?” Finalmente nos reímos mucho y Chimbo se dispuso a agarrar su camino, solitario, vestido y alborotado, rumbo a algún bar de la ciudad. Yo colgué y miré a mi date... que nuevamente tenía cara de rottweiler. Todo el regreso a casa fue igual que la ida: discusión sobre qué hacía Jorge afuera de mi casa a las 11 de la noche. Es que yo ya no podía discutir ni un segundo más básicamente porque no encontraba una respuesta a todas sus interrogantes: “¿pues a qué hora empiezan las cenas en tu casa?”.... ¿Qué contestaba ante esto? ¿La verdad? “Pues mira, no sé, yo cito a las nueve, los más colgados han llegado a caer a las 4 de la mañana, o sea que el margen es amplio....” Iba a pensar que me estaba burlando de él y de verdad que no era mi intención, simplemente no entendía qué era lo que le había molestado en esa ocasión. Llegamos a mi casa y prácticamente le rogué que se quedara a echar unos drinks en casa del vecino, conmigo. Él me decía que no estaba preparado para conocer gente. “¡Ah, chingá! ¿Cómo se preparará uno para eso?” Yo estaba dispuesta a tomar un curso intensivo de empatía, todo en aras de la bendita magia de la piel, pero de verdad me iba a costar mucho trabajo porque no puede haber empatía entre las hadas y los centauros, son dos mundos diferentes. Finalmente nos bajamos del coche y nos dirigimos a la puerta de mi casa. En ese instante llegaba mi padre con la tía Esther y nos pusimos platicar unos minutos ahí en la puerta. Mi tía comentó que para el cumpleaños de mi primo K-Beto se irían todos a Xochimilco. Yo recuerdo haber comentado que no era mi hit ir a echar drinks a Xochimilco: “todo es muy complicado en la trajineras, tía, se te cae el drink, te mojas, chocas con otras trajineras que tienen la música a todo volumen, ir al baño es un conflicto, no falta el borracho que acaba en el agua y no sabe nadar...” Conclusión: yo no iría a las trajineras con el primo. Después de otro par de intercambios de ideas, nos disponíamos a subir a casa. Mi date se quedó cual estatua de marfil en la puerta. “¿Vienes?”, le pregunté con tonito de niña chiquita. “No, ya me voy a mi casa”. No entendí nada. Más tarde me enteré que el problema había sido que yo "ya estaba organizando plan para ir a las trajineras", ¿cuándo? No lo sé, yo recordaba perfecto haber dicho QUE NO QUERÍA IR A LAS TRAJINERAS. Me subí a mi casa, tomé una botella de vodka y me bajé a casa del vecino. Justo al llegar con el vecino recibí un mensajito de mi date: “Eres muy linda, me gustas mucho pero no puedo con tu ritmo de vida”. Sentí que la sangre me hervía en el cuerpo y estuve a punto de contestar el mensajito lanzando un poderoso: “¿¿¿¿¿¿Y AHORA QUÉ CHINGAOS HICE??????”.... cuando la memoria de mi piel se echó a andar: empecé a recordar todas y cada una de las discusiones acaloradas con aquel otro individuo, todos los argumentos sin pies ni cabeza ni lógica alguna que sólo me hacían desesperar más, todos los mensajitos mandándonos al demonio, todas las borracheras terminadas en dramas y TODOS Y CADA UNO DE LOS MALDITOS ROCES DE PIEL QUE ME HICIERON ESTAR AHÍ MÁS DE UN AÑO. Sentí el mismo impulso, la misma pasión mal encauzada, la misma frustración, el mismo coraje, la misma falta de entendimiento y el mismo ardor en la piel. No contesté nada. Una vez superado el movimiento armado encabezado por los poros de mi piel, contesté en buen tono, deseándole a mi date toda la luz dorada del mundo, todo el amor y todo el prana y me retiré a dormir en paz. Al día siguiente pasaron mil cosas más: fue a dejarme un cinturón mío que tenía y lo fue a botar en el cofre de la Mafalda, me llamó y me empezó a decir de cosas. Estuve a punto de engancharme soltando improperios y argumentando con toda la lógica que mi pensamiento me permitía cuando volví a sentir el llamado de la piel en las venas de mi cuello, el latir acelerado del corazón y todos los músculos de mis piernas tensarse poco a poco. Recordé otra vez, “la cercanía la llevamos en la piel”, imaginé el reencuentro y la apasionada reconciliación, los perdones, los juramentos... La piel tiene memoria, es lo bueno. Me detuve en seco: “¿sabes qué? Lo único que pretendí fue tener una relación contigo. No se puede, somos muy diferentes, me pareces una persona maravillosa, se feliz, te deseo amor y luz”. Se le acabaron los argumentos, dejó de engancharse, dejó de escuchar, supongo, el latido desesperado de su corazón, sus poros se empezaron a adormilar otra vez y con un tono de sorpresa me dijo adiós. Me llamó varias veces, se disculpó, me pidió 18 perdones diversos, me jura un enamoramiento eterno y desmesurado, me dice que no me quiere perder... y en cada palabra, en cada sílaba que leo en sus correos, siento la sangre a punto de ebullición, siento el estremecimiento sutil de mi pecho, leo en mis pensamientos el doloroso recuerdo de la magia negra de la piel, de la actitud servil que las neuronas demuestran ante la electricidad de un abrazo y de la involución del ser humano al contacto con la violencia de la pasión. Él es y existe en algún lado y en otras vidas fuimos algo que nuestra piel no olvida, pero yo no puedo, bajo ninguna circunstancia ni movida por ninugna pasión, someter a mi cuerpo a ese maltrato nuevamente, a ese dominio desmesurado de la insensatez, a esta lenta muerte en la piel: “aspira, suspira, muérete un poco, dulce... lentamente... muérete”.

viernes, 27 de febrero de 2009

Sex and the City en EMI

"A man on a date wonders if he'll get lucky. The woman already knows."
Monica Piper

La semana pasada, en alguna de mis noches de insomnio, me topé con un maratón de Sex and the City y me di a la tarea de verlo hasta las 2.00 am. Tengo siempre ciertos sentimientos encontrados con esta serie: la mayoría de las veces me hace reír, otras tantas me deprime un poco y algunas veces me da un poquito de esperanza. En el último capítulo que vi, Adan le va a proponer matrimonio a Carrie y ella lo descubre porque encuentra el anillo de compromiso en su maleta. Su primera reacción es ir a vomitar al baño. Luego se junta a comer con sus inseparables amigas (yo siempre me he preguntando, ¿a qué hora trabajan estas viejas?) y les cuenta que, además de que no está segura de quererse casar con él, el anillo es CERO ella y entonces se pierde en mil cuestionamientos sobre qué tan adecuado resultaría casarse con un hombre que ni siquiera sabe qué tipo de anillo comprarte. En realidad pensé: “en qué se fija esta mujer, ¡por Dios! El novio es monísimo y le tolera todas las locuras de este mundo”. Luego me puse a pensar, “¿cómo que en qué se fija?, no te hagas mensa, Albita”... y empecé a recordar todas las veces que el Santi se iba a algún lugar y me traía ropa. Me traía las cosas más extrañas de este mundo: camisas con cuellos muy altos, playeras, sacos horribles.... Nada, absolutamente nada tenía que ver conmigo. Las dos primeras veces no dije nada, pero, como en todo matrimonio, una vez superada la etapa de la miel, primero me enojaba tremendamente y luego me sentaba a reflexionar sobre lo poco que me conocía mi marido o lo poco que me ponía atención. ¿Por qué regalarme algo que de plano va gritando a los 4 vientos: yo no soy una prenda para Alba. Al final del capítulo, el galán, asesorado por una de las amigas, le compra otro anillo y entonces ella, disipadas TODAS sus dudas gracias al cambio de anillo (¡Dios! ¡Qué mal comienzo!), acepta feliz. En esta última escena fue donde me sentí un poco optimista: “bueno, puede que, después de todo, sí me vuelva a casar con alguien que cuando me compre ropa yo me enloquezca y la quiera estrenar en ese momento”.

Con esta idea tranquilizante por fin me dormí. La cuestión aquí es que Sex and the City es claramente una serie, y si bien el (o la) guionista es una maravilla y ha podido entender bien la psique de las mujeres en sus treintas, solteras, independientes, exitosas, no deja de ser una ficción que estas mujeres sean, además, sumamente atractivas y tengan dinero suficiente para estar siempre vestidas de diseñador y comprarse 18 millones de zapatos lindísimos. Yo, en cambio, tengo mi propio Sex and the City y es muy de la vida real, sin guionista, y no se parece tanto a la serie. Tengo muy buenas amigas en EMI y, gracias a Dios y a toda su corte celestial, nuestro trabajo es sumamente entretenido y nos permite el desayuno, el cafecito, el chisme en cualquiera de las oficinas, la comida, el after office, la actualización de nuestras historias cada 10 minutos y una convivencia tan íntima como aquélla que se muestra en dicha serie. Desde la mañana nos empezamos a mensajear para monitorear nuestra ubicación, el estatus de nuestro cuerpo y el de nuestro jefe: “¿Ya llegaste?” “No, sigo en el pinche tráfico”. “Estoy crudísima”. “No he desayunado”. “Me estoy muriendooooooooo“¿Ya llegó el jefe?”. Una vez que hemos puesto un pie en la oficina la siguiente parada obligada es la cocina (o Starbucks, en su defecto) en donde nos sentamos tranquilamente a picar la fruta, preparar café, servir té, sacar las gorditas de chicharrón y ponerlas en platitos, lo que sea, dependiendo del día. Posteriormente nos sentamos y entonces damos rienda suelta a la actualización. Justo esta mañana recordé ese capítulo de Sex and the City mientras Natalia me contaba su date de ayer. La serie se queda corta con la realidad de lo que nos estresa. Natalia se quejaba amargamente de que durante su ida al cine, sala Platinum, surgieron 18 cosas por las que ella no volvería a salir con el galán en cuestión. Primero, llegó con una polo que a ella le pareció ochenterísima y ya, desde ahí, las cosas no iban bien. “Aja, exacto, comenté, mi hindú un día salió con unos tenis muy blancos y muy grandes y yo estaba en shock porque iba a caminar junto a él por las calles”. “¿Cómo que unos tenis muy blancos?”, preguntó Natalia. “Pues sí, así como... pues como MUY blancos, ¿ves?”. Entre mujeres es muy fácil entender este tipo de explicaciones sin pies ni cabeza. Ante esta respuesta mía, mi amigo Milín hubiera contestado: “No, no te entiendo”. Pero no, Natalia contestó: “¡Ah! Sí, como tenis Panam de uniforme de deportes”. “¡EXACTO!”, contesté emocionada, le había dado al clavo. Un chico hindú con el que salí dos veces fue borrado de mi lista de posibles prospectos por haberse atrevido a ponerse unos tenis tan pasados de moda. Así es como una mujer declina la invitación formal y seria de un hombre bondadoso, espiritual, atento y con muchas ganas de salir con ella, por unos tenis (ni hablar del anillo de compromiso, ¿verdad?). Después de que Natalia se subió al coche, y no podía pensar en otra cosa que la polo ochentera, llegó al cine y se sentó en su amplio reposet de la sala platino con un smootie en la mano. Su smootie no tenía frapé; su smootie, palabras de ella, era una especie de sopa con la que ella no estaba a gusto. Le externó el disgusto al galán y el galán no hizo nada. Ella esperaba que él saliera corriendo a cambiar el smootie por uno que fuera de su agrado, y, a decir verdad, eso es lo que esperamos todas. No que se trate de un smootie, si licenciamos música, obvio podemos resolver el problema del smootie, pero es esta cosa de dejar que te solucionen la vida. De sentir que, por dos horas, eres una perfecta inútil a merced de tu galán que va a resolverte TODA la existencia. Además del smootie, el reposet de él no se hacia para atrás. Natalia reclinó su reposet y le dijo: “¿Qué onda? ¿No vas a ir a ver si te arreglan el asiento?”. “Sí”, contestó él sin inmutarse y sin prestar atención al caso del smootie, que, para estos momentos ya se estaba complicando más. La película estaba a punto de empezar y el galán no se inmutaba. Finalmente, Natalia se paró, ya enojada (el hombre ni se enteró que ella estaba enojada), fue directamente a quejarse (seguro de mala manera) con una pobre chica del cine que, sin deberla ni temerla, lo único que le dijo es que su smootie se lo cambiaban en la dulcería. Para estas alturas, y estando en sala VIP en donde te esperas una buena atención, Natalia lo único que quería era que alguien le solucionara la vida, ya que el galán claramente no lo iba a hacer. Le dio el smootie a la chica y la mandó a la dulcería a que se lo cambiara. Regresó con alguna persona del cine y arregló el reposet (hasta ahora no entiendo por qué le molestaba que su reposet, suyo de él, no funcionara si el de ella se reclinaba perfectamente bien). Seguíamos la conversación en la cocina y yo comenté que si no le había solucionado lo del smootie, ni pensara en que el día de mañana le iba a solucionar la descompostura del boiler o del refri (Natalia tiende a descomponer electrodomésticos). Salió del cine y se dijo a ella misma que tenía que relajarse y ser un poco más tolerante. Con esta mentalidad, le ofreció caminar por el parque, con todo y la polo ochentera. Caminando se toparon con un coche estacionado en batería sobre la banqueta, dejando un espacio muy pequeño para que pasaran. ¡Él se adelantó para pasar delante de ella! En este momento, Ale y yo sí pegamos un grito: “Nooooooo”. Una conducta así sí es para no volver a salir con el galán. Su date pasó sin pena ni gloria. Después me preguntaron cómo me había ido en mis últimas dates con el último galán. La verdad que a mí me había ido bastante bien en mis tres primeras citas con el último galán, hasta que de pronto, de la nada, el galán se me enloqueció y no hubo manera de regresarlo a la cordura. Todo empezó porque un lunes le mandé un mailcito tempranero para darle los buenos días y para sugerirle que hiciéramos algún plan de cenita romántica el viernes. Me preguntó un sin fin de cosas sobre mi plan romántico: que como a qué hora, que como dónde, que era vísperas del 14 de febrero y todo iba a estar hasta el gorro, que cómo qué tipo de restaurante. Después de tantas preguntas terminó contestando que luego veríamos, que faltaba mucho para el viernes y que él no estaba acostumbrado a planear con tanta anticipación y que planear no estaba padre porque qué tal que uno no llega al viernes y entonces se esfumó el plan. “Aja, ¿tanta anticipación?, pensé, si supiera que tengo planeados mis próximos 4 jueves...” Contesté que ese argumento me parecía carente de fundamento y de lógica. Si uno se va a morir, se va a morir igual, con o sin planes y que, incluso, en este momento de la vida, si me tocara morirme, me moriría tranquila porque habría gozado de la compañía de todos mis seres queridos precisamente por planear mis encuentros con tanta anticipación. Me contestó: “ok”. Asumí que no estaba muy interesado en mí y, pues, ni modo, no siempre todo mundo está interesado en una. Volvimos a hablar el jueves para ponernos de acuerdo para ir al cine. Coordinarnos para el cine fue tarea complicada que duró TODA la tarde del jueves vía mensajito. Yo quería ir a ver Inframundo y él ya la había visto y no tenía ni la menor intención de volverla a ver. “¿Por?, pensé, si estoy saliendo con alguien QUE ME INTERESA y me dice: reinita, vamos a ver The Fast and The Furious 43, pues ni modo, me voy a verla, ¿no?”.... Al parecer mi date opinó que no. Ale y Natalia opinaron que sí, mientras nos tomábamos un tecito verde en la oficina de Natalia, después de la comida, durante la cual también analizábamos igualmente la conducta de mi date y, una vez más, la del date de Natalia y su apatía por los reposets. Sugerí a mi date ir a ver Cementerio de Papel. “No veo películas mexicanas”, fue la respuesta. Entonces finalmente decidimos que nos encontraríamos en mi casa y de ahí veríamos qué podríamos ir a ver. Antes de salir de la oficina convoqué una reunión extraordinaria: Ale y Natalia llegaron corriendo. Les enseñé la cadena de mensajitos: “¿Estoy ya muy neurótica, soy muy picky o de verdad a este chavo le da exactamente lo mismo si sigue o no saliendo conmigo?” Después de analizar la conducta por unos cuantos minutos, llegamos a la conclusión de que en realidad era muy extraño el galán y que no podíamos emitir una opinión tan apresurada sobre su interés en mí. Mientras manejaba rumbo a mi casa quería descifrar MI interés en salir con un chico que demostraba TAN poco interés en mí, y entonces mi mente viajó a todas las situaciones posibles en las que mi date iba a demostrar apatía. Entre las situaciones que me imaginé, imaginé algo relacionado con un concierto y recordé que tenía que llamarle al Cronopio para decirle que no iba a poder irme a Querétaro al día siguiente para acompañarlo, a él a y su hermana, al concierto de Emanuel. En mi atarante constante y perenne, le marqué a mi date sin querer. Mi date se estaba lavando los dientes y sólo podía contestar “aja” “mmju”. Entonces yo empecé a soltar la perorata y las explicaciones de por qué no podía irme a Querétaro al concierto de Emanuel. A todas mis explicaciones, el date contestaba: “aja”, “mjum”... Y yo seguía diciendo: “es que Cronopio, también se me había olvidado lo del concierto, ahorita ya no pudo pedir permiso para faltar el viernes a la oficina y además tengo una junta...” Finalmente, terminó de lavarse los dientes y me dijo: “ok. Yo creo que no vamos a ir al cine hoy”. ¿? Primero me sorprendí porque obviamente esa no era la voz de mi Cronopio. Después no supe quién era y pensé que tal vez alguien había contestado el celular del Cronopio. Entonces, para dejar de hacer elucubraciones idiotas me fijé en la pantalla de mi celular y entonces vi el nombre de mi date. “¡Ah! Hola”, dije melodiosamente mientras soltaba una carcajada. A mi date no le pareció nada pero nada gracioso que me hubiera equivocado de teléfono y sin siquiera preguntar qué onda, qué había pasado, quién era el Cronopio, por qué me iba a un concierto en Querétaro, decidió colgarme el teléfono. “¿¿¿¿¿Por??????”, comentó Natalia al día siguiente, mientras preparábamos galletas con mermelada en la cocina. “No sé, nunca entendí. Después le marqué como 3 veces y no me contestó el celular”. Obvio no llegó a mi casa, nunca entendí por qué. “¡Ay, no, Albita! De verdad que tenemos ya muchas cosas de qué preocuparnos como para además andar de dates de alguien que nos preocupe más”, dijo Natalia. “No, esperen, eso no fue lo más raro, continué, lo más raro fue que me llamó como a las 10.00 pm. y su frase de saludo fue: hola, dramática”. “O sea, ¿cómo? Dramática, ¿tú?”, casi escupe la galleta Ale. “Sí, claro, la dramática era yo”. Durante una conversación de casi una hora mi date trataba de explicarme, sin mucho éxito, que había tenido un ataque de celos porque yo lo había confundido. “No, no te confundí, contesté, ¡no puedo confundirte si lo único que escucho del otro lado del teléfono son puros ajases!” Entre otros argumentos me dijo: “yo no sé a ti, Alba, pero a mí me han puesto el cuerno varias veces y no quiero que me vuelva a suceder”. “A ver, primera cosa: obvio me han puesto el cuerno, ¿qué esperabas? Si no vivo en un pinche tupper. PERO, segunda cosa: ¿qué tiene esto que ver con un cuerno si ni siquiera andamos? Hemos salido 4 veces y de pronto ya estamos en los cuernos. Mira, date, si tú me llamas por teléfono y me comienzas a decir: hola, Brendita, ¿cómo tas? Oye, fíjate que mañana no vamos a poder ir a echarnos el cafecito porque bla bla bla... Primero me voto de la risa, luego te digo: no, corazón, no soy Brendita, soy Albita y tan tan”. Se acabó, no hay lío, no hay: “quién chingaos es Brendita” y muchos menos, 2¿por qué me estás poniendo en cuerno con la pinche Brendita”. ¿No? ... Esta historia podría continuar, por hoy, hemos terminado. Sex and the City en EMI se traslada en este instante a El León de Oro a celebrar los 33 años de esta nada humilde servidora. Besos y estrellas.

martes, 10 de febrero de 2009

La guerra mundial, en el Conejo Blanco

“I loved the taste of blood since I tasted yours”
M. Duras
Hiroshima, mon amour


Hace un tiempo leía en Chilango una nota que llevaba por título “Mi autor me mima”. Se trataba de unos eventos que me parecieron muy atractivos: círculos de lectura en diferentes librerías de la ciudad; al final de éstos, los participantes se juntan en una de las sedes para tener un coctel con el autor. El artículo mencionaba que la velada con Ruy Sánchez se había alargado hasta que habían tenido que correr a los comensales y que no sé qué otro autor se había llevado a sus lectores a su casa a seguir con la velada. En ese momento me dio una envida de la mala (yo siempre he insistido en que no existe tal cosa como una “envidia de la buena”) por todas aquellas mujeres que lograron oír de labios de Ruy Sánchez cómo se definen Los Sonámbulos y qué pasa en los Jardines Secretos del Mogador. Me imaginé que tal vez hubiera una tenue luz en esa velada mientras alguien leía pausadamente: "(...) soñé que dormías desnuda a mi lado y que aun antes de despertar completamente yo levantaba mi mano hacia ti para acariciarte. Tocaba tu piel alrededor de los pezones embriagándome en su textura. Me acercaba en círculos a la parte más dura y mis dedos lentamente enloquecían. La memoria, reina caprichosa del cuerpo, me hacía tener por la mano las sensaciones de mi boca". Aunque tal vez nadie en esa velada leyó nada de Los Labios del Agua y la noche transcurrió entre vino tinto y anécdotas de cualquier especie. Pero igual yo sentía envida. La semana pasada la Hormiga me dijo que había leído una cita que hizo suya, misma que yo también adopté: “La envidia es el tributo que la mediocridad le rinde al talento”. Tal cual, yo me moría de envidia tanto del desmesurado talento erótico de Ruy Sánchez, como de quien hubiese tenido la idea de organizar estos círculos de lectura tan íntimos y personales. Decidí que llamaría a los teléfonos que aparecían en la revista y me inscribiría al siguiente círculo, no fuera a ser que me perdiera otra velada sensual y literaria.

Otro día venía en mi Mafalda escuchando mi estación favorita: el scan de mi radio, Santi decía que ésa era mi estación favorita. De pronto escuché: “...Joaquín Lavado, mejor conocido como Quino...” y en ese instante detuve el scan para escuchar la nota completa. Debo confesar que lo primero que me vino a la mete es que tal vez estaban anunciando su muerte, y me pasó algo muy curioso, igual que me pasó cuando me enteré que Benedetti estaba en el hospital muy grave, pensé que mientras yo dormía profundamente la noche anterior, un genio se debatía entre la vida y la muerte para, como siempre, al final del debate, abrirle paso a aquélla que nunca pierde un debate. Escuché con atención y para mi gran sorpresa Quino no sólo estaba muy vivo, sino que esperaría a sus lectores en Plaza Loreto ese mismo día a las 5.00 pm. para firmar autógrafos. Acto seguido, enloquecí. Llamé primero a la Hormiga, que enloqueció conmigo pero que no podía acompañarme a la firma de autógrafos, a la cual yo no quería ir sola por esto de mi demofobia. Recordaba que en la firma de autógrafos precisamente de Benedetti habíamos sido tantos que Benedetti no pudo firmar nada, yo me quedé con mi Inventario arrugado debajo de mi brazo mientras lloraba a lágrima tendida escuchando como el señor Benedetti leía “Bodas de Perla”. Luego le llamé a Tashi, no porque ella sea la más fan de Quino, sino porque estaba muy emocionada y no sabía a quién más hablarle para contarles que, a como diera lugar, yo iría a esa firma de autógrafos. Después de hablar con la mitad de mis amigos, encontré a un alma caritativa que se apiadó de mi demofobia y, pese a que no es nada fan, aceptó ir conmigo a tan magno evento: Elka. Llegué a mi oficina y mientras contestaba mis mails de chamba, le escribía a Kuki y a Gaby para ponernos de acuerdo para el brindis de fin de año. En uno de esos mails que iban y venían comenté que iría a la firma de autógrafos de Quino esa tarde. A mi comentario siguió un mail de Gaby contestando algo así como: “¿¿¿¿¿¿¿EN DÓNDE?????? Voy contigo”. Yo no sabía que Gaby era fan también, en realidad hay muchas cosas que no sé de Gaby, siendo ella una amiga originalmente de Kuki, pero parece que compartimos varios gustos y, también, según me di cuenta ayer, muchos gustos culposos como RBD y Fernando Colunga. Finalmente Gaby se unió a la firma de autógrafos y nos fuimos las tres. Estuvimos horas esperando un autógrafo, que hasta lo tengo escaneado, se los podría mandar por mail a solicitud de parte. Durante estas horas de espera aprovechamos para ponernos al día de la vida de Gaby, Elka y yo nos vemos bastante seguido y nuestras vidas están muy al día. Aproveché para comentarle a Gaby de estos círculos de lectura que había encontrado en Chilango y le emocionó enormemente el asunto. Nos inscribimos. Ayer fue nuestra primera sesión en la librería Conejo Blanco, con el grupo de lectura de la Condesa que, según me comenta el coordinador de proyectos, es un grupo muy establecido y muy integrado.

Llegué muy temprano, fui la primera y el único que estaba ahí era el coordinador, Pepe. Luego llegó una señora Shoshana (no sé cómo se escribe su nombre, pero ahora sé que significa Rosa en hebreo) y luego un señor Martín. Después llegaron Gaby y Evelyn, Evelyn es la moderadora del grupo y Gaby trabaja haciendo algo también en Letras Voladoras. Al final llegó Gaby, mi amiga Gaby, no la otra Gaby, y tres chicas más: una médico y dos chicas que trabajan en IBM, cuyos nombres ahora se me escapan. Ayer fue noche de presentaciones, cada quien dijo qué hacía de su vida, en dónde trabajaba, si era soltero o casado, si tenía perros o gatos, cuál era su comida favorita, su programa de tele favorito y su música favorita. Yo tuve muchos problemas, como siempre, para contestar las preguntas relativas a la música y la comida favorita. De música acabé confesando que este trabajo me tiene a veces aturdida con la música y que ya no sé qué me gusta y que no. Conté mi terrible anécdota del miércoles pasado que fui a cenar con Memo Gil. Estaba felicitando a Memo por los 3 Grammies que se sacó y se me ocurrió preguntar de qué eran los Grammies, a lo que me contestó que los obtuvo por Kany García. Mi siguiente comentario fue: “mmm... Memo, ¿Kany es una él o una ella?”. Memo me dijo que yo no era posible en esta vida, sobre todo porque en esto trabajo. Comenté que tenía toda la razón del mundo pero que en verdad me había esmerado en el último año en estar al tanto de la música, lo cual no era nada fácil para alguien que escucha arpas celtas y discos de Buddha Bar. Entonces se reían mucho de mí en el círculo de lectura y mi amiga Gaby empezó a cantarme lo que supongo que es una canción de Kany García (que sí es una ella). Luego confesé los gustos culposos: “Inalcanzable” de RBG, Gee y el nuevo sencillo de Paty Cantú (todo EMI, sino, ¿de dónde hubiera tenido yo acceso a esta música tan culta y elevada?), y Gaby cantó algo de RBD, aunque no hizo comentario sobre Paty Cantú a quien, asumo, nadie la conoce mas que todo EMI. De comida nunca sé qué contestar y opto por decir siempre que depende del ánimo, cuando en realidad lo de la comida depende: del ánimo, de la zona de la ciudad en la que uno se encuentra, del clima, de la situación, de quién va a pagar la cuenta, de si se está a dieta o no, de si va con las amigas o con una date (y, en este caso, depende si es la primera, la segunda, la tercera...), de si se está dispuesto a sacrificar lugar por calidad... Entonces, para que no se empezaran a dar cuenta, desde nuestro primer encuentro, cuán complicada soy para la comida (y para la vida, en general), decidí contestar que dependía del ánimo, que era muy muy fan de la comida y recuerdo que comenté que no me gustaban las berenjenas mas que en Musaka. Finalmente empezó la introducción al círculo. Evelyn dijo que para entender un libro hay que entender primero a su autor, y empezamos leyendo una biografía de Jorge Volpi. Yo nunca he leído nada de Jorge Volpi, pero sé, porque me lo dijo mi amiga Pili, que es un gran escritor, que ha ganado varios premios y que en algún momento de la vida salió con mi amiga Pili. Yo estaba emocionada porque iba a leer algo de Jorge Volpi. Para sorpresa de todos, el libro que teníamos en nuestras manos es el tercero de una tetralogía que comenzó con un libro titulado “En Busca de Klingsor”, siguió con “El Fin de la Locura” y éste se llama “No será la Tierra”. Ya veremos después cómo se llama el cuarto. Mi amiga Gaby comentó: “Pregunta, ¿por qué no empezamos por el principio?” A lo que Evelyn le informó que Alfaguara, como una especie de patrocinador, les da los libros y entonces tenía que ser ése. Evelyn había preparado un resumen de los dos libros anteriores para que no estuviéramos tan ignorantes del tema. Hasta este punto yo seguía muy emocionada con el círculo de lectura: el lugar es muy agradable, tomé una copa de buen vino, la plática de mis compañeritos era sumamente interesante, culta y elevada, y dentro de la biografía de Vopli se leía un bullet que a continuación transcribo: “ Jorge Volpi es un escritor atípico en la esfera cultural mexicana. Se documenta a fondo antes de escribir y siente una gran pasión por el mundo de la ciencia y sus implicaciones y por la política y el pensamiento actual. Sus novelas van dirigidas a un lector culto, inquieto e inteligente, a fin de inducirlo a una reflexión en el fondo ética”. Al leer esto me emocioné: me habían llamado culta, inquieta e inteligente porque, aunque nunca he leído nada de este autor, estaba yo en un círculo de lectura en donde leeríamos un libro de él, ¿qué no? Y, además, al finalizarlo me iría a un coctel con él, lo cual me hacía más culta, inquieta e inteligente. Me sentí feliz por estar haciendo por fin este año lo que he olvidado en dos años y medio de trabajar en EMI: alguna actividad que alimente mi espíritu y mi intelecto, que está ya tan atrofiado que le gusta RBD.

Todo cambió cuando empezamos a leer la reseña de las dos precuelas de “No será la tierra”: “Hacia 1944 el mundo está en guerra, declarada por Adolfo Hitler a la cabeza del Estado alemán...” En ese momento me tomé la molestia de leer la contraportada de libro que tenía en las manos: “La bióloga soviética Irina Gránina contempla el derrumbe del comunismo...” Entré en pánico. Hay varios libros en esta vida con temas diversos que me matan de flojera, como las matemáticas, los códigos fiscales, los libros de biología y los tratados de política. No obstante, si tengo que leerlos por alguna circunstancia, los leo y me callo la boca. PERO si hay un tema que me pone los pelos de punta, no me gusta, no lo tolero, me produce náuseas y lo evito a toda costa es el tema de la segunda guerra mundial y el holocausto. Vaya, me salí del cine en “La lista de Schindler” y lloré tres días seguidos cuando un novio (muy malo) me obligó a ver “La vida es bella”. Después de eso, me batí a duelo limpio con Santiago por no ir a ver “El Pianista” y vivo muy tranquila sin recordar que alguna vez hubo un hombre tan macabro que seguro está sentado tomando el té con Satanás. Casi lloro. ¿Por qué, por qué, por qué a mí que me encanta el Mogador, que me emociono tremendamente con las Primaveras que tienen una esquina rota, que no me enamoro de Edward pero sí de Lestat, que me imagino perfectamente cómo entraba y salía Aura del cuerpo de aquel gato y que disfruté cada olor percibido por la fina nariz de Grenouille, por qué me tenía que tocar en mi primer círculo de lectura aprender sobre el comunismo y los nazis? Ah, y también viene un capítulo sobre la bomba atómica, por si no me basta la caída del muro de Berlín. Pero yo ya leí “Hiroshima, mon amour”, ¿no es suficiente? Finalmente me tranquilicé un poco cuando leí: “En el vértigo de la historia, tres mujeres entrecruzan sus destinos”. Tal vez voy a leer una novela mujeril que tiene como fondo la pos guerra. No está tan mal, finalmente en las historias donde hay mujeres, sean pos guerras o pos hecatombes nucleares, siempre habrá un tinte de romance y complejidad. Así pues, pasaré los siguientes lunes de mi vida, de 8.00 a 9.30 pm., en la librería “Conejo Blanco”.