viernes, 13 de marzo de 2009

Morir en la piel

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad. J. Sabines

Hace tiempo que quería ordenar el pensamiento para contarles lo que muchos de ustedes, y yo misma, se preguntaron (o se preguntan) sobre mi relación con ese personaje bastante extraordinario que trabajaba conmigo en la Editora. Recuerdo que me había autoimpuesto un gran reto que era escribir el texto con puras preguntas. El texto se titularía: “¿Por qué?” Y, entre otras miles de preguntas, empezaría con la siguiente: “¿Por qué después de tantos meses de conquista sin resultados decidió que era buena idea emborracharse y besar a mi mejor amiga?” “¿Por qué, cuando le dije que yo no iría con él, se le ocurrió llevarse a otra de mis amigas a pasar un puente a Cocoyoc?” Y de las últimas serían: “¿Por qué cuando salimos por primera vez, después de un rompimiento que nos había dejado a ambos el corazón roto, habiendo tomado la decisión de que sí estaríamos juntos, cuando llegó la cuenta dijo atentamente: ‘míos son 200 pesos’ y me dejó a mí pagar el resto?” “¿Por qué se metió a mi oficina exclusivamente para echarme la culpa de haber vuelto con su novia?” “¿Por qué claramente esa culpa era mía?” En fin, más que un ejercicio de catarsis, en realidad se me empezó a complicar un poco el ejercicio literario y, después de unos cuantos intentos, decidí dejarlo por la paz y limitarme a tener los cuestionamientos en mi cabeza. Después de tantos cuestionamientos a los que únicamente podía responderme “por pendeja”, decidí un día sentarme a reflexionar profundamente sobre el asunto. En mi reflexión recordé una frase muy linda que les escribí en una cotidianita de hace mucho tiempo que se llamó “Far away so close”: “la cercanía la llevamos en la piel”. Y fue así como comencé a recordar el poder y la magia de la piel. “Hay secretos en los poros para llenar muchas lunas”, dice uno de mis poemas favoritos, “(...) el cuerpo es carta astral en mensaje cifrado (...) aspira, suspira, muérete un poco, dulce... lentamente, muérete...” Sin duda, cuando la piel respira pero agoniza en un mismo espacio, uno acaba por morirse en su propia piel. Tal vez me tardé mucho tiempo en aprenderlo, pero haberlo vivido me ha permitido ahora reconocer ese roce de piel eléctrico que no sólo se llama deseo, se apellida pasión y cuando su segundo apellido es incompatibilidad de caracteres, podemos decir que entonces su seudónimo es tragedia inminente.

Hay sin duda una serie de reacciones químicas, mucha gente que sigue este pequeño foro nos podría dar miles de explicaciones y todos estaremos de acuerdo en ello: nuestra parte pensante puede entender perfectamente bien que en estas relaciones pasionales tormentosas lo único que sucede es que reaccionamos a una serie de estímulos químicos, nuestra parte sintiente está conciente de que se está yendo a la chingada sin boleto de regreso, pero nuestra maldita piel se empeña incluso hasta en buscar el conflicto y la tragedia, porque luego la piel sabe mejor con un dejo de conflicto y reconciliación. Entonces uno de pronto se ve envuelto en una serie de acciones y emociones que es incapaz de controlar y que van creciendo exponencialmente en la medida en que, curiosamente, va creciendo nuestro afán de separarnos. Así es, entre más conflictiva e incompatible sea la relación, más se enardece la piel y más se vuelve imposible salir del círculo vicioso del maltrato y el control. Finalmente uno se sale, bueno, yo me salí, algunos no se salen nunca, algunos aman este tipo de subeybaja de emociones encontradas, otros gozan maltratando o siendo maltratados, en fin, cada quien su patología y para que haya un tirano (en este caso se supone que ésa era yo) siempre tiene que haber un agachado. Pero bueno, me fui, con muchas creces.

Como recordarán de mi última cotidianita, mi último date me había hecho una “pequeña” escena después de que “lo confundí” en el teléfono con el Cronopio (como si a estas alturas del partido yo pudiera confundir al Cronopio con alguien). Después de esta escena siguieron un par más y la última fue de plano muy fuerte. Desde la segunda escena a mí me estaba empezando a quedar claro que este no era un date easy going y que finalmente acabaría por no divertirme y por estar estresada de todo en todo momento, a mí que ni me gusta estresarme. En alguna de las conversaciones profundas que tuvimos me di cuenta que mi date tomaba la vida muy a pecho: todo le generaba un conflicto. Elegir una película era labor titánica, planear ir a cenar con 4 días de anticipación era ridículo (para él) y mis amigos eran muchos, variados y yo tenía una vida social muy activa con la que él, definitivamente, no podía lidiar. “Ups, luz roja, pensé, ¡es que no es que no le guste el perfume que me pongo, es que no le gusta de plano mi esencia!” “Es que yo no voy a cambiar, le decía, la gente es como es porque le gusta como es. A mí me gusta salir, cenar en restaurantes, planear cenas románticas, amo el vino tinto y si de ahí me dicen reven (o viaje) yo ya estoy subida en el coche”. Él decía que eso era raro. “¿Raro?, pensaba yo, lo raro es que quieras seguir saliendo conmigo si claramente te desalinea el chakra el hecho de que me hablen 17 amigos en un día para ver qué plan en la noche”. Lo malo era que cuando este pensamiento invadía mi mente y mi clara y sensata reacción debía haber sido: “mi vida, mucho gusto en conocerte, ‘¡qué lástima pero no! Me despido de ti y me voy’”, en ese momento, justo después de la seria conversación o la ya acalorada discusión (¡a la tercera date, plis, ¿quién tiene discusiones acaloradas a la tercera date cuando todo debe ser rosa y miel?) tenía a bien tomarme entre sus brazos (sin importar el lugar en donde nos encontráramos, lo cual para mí era ya es demasiado osado, no soy mucho de manifestaciones de afecto, y menos de apasionamiento, el lugares públicos) y plantarme un beso de estos de película en los que la espalda casi rosa el suelo. Me empecé a dar cuenta que podía tener enfrente una nueva relación que me llevara otra vez a morir en mi piel, pero, tal cual, me resultó tremendamente atractiva. El fin de semana del 14 de febrero quise organizar algo para salir con mi date y con Nami (Tashi), día que ella y yo celebramos porque un 14 de febrero, de hace ocho años, nos hicimos abogadas. No hubo forma, no recuerdo por qué, lo único que recuerdo es que alguna complicación había surgido en su vida y, además, era muy pronto para planear qué hacer el 14 de febrero. Lo que siguió a ese fin de semana fue una semana muy trágica y muy triste para mí y para Tashi así que tuve que dejar por la paz el tema de la complicación de mi date. Para el viernes siguiente, mi date tuvo a bien quererme acompañar al cine. Yo tenía tres planes diferentes ese día: una cena que había querido organizar en mi casa (sin éxito), un cena en casa de mi vecino de abajo (somos cuatro departamentos que nos juntamos una vez por mes a cenar) y un karaoke en casa de Angie (una amiga de la Hormiga que nos cae muy bien y la queremos mucho). Cuando mi date llegó por mí yo estaba bipolar y disfuncional. El plan era ir al cine a ver una peli del FICCO y después, dependiendo de lo que mi bipolaridad determinara, podría ir a cenar a casa de mis vecinos. Justo cuando íbamos saliendo de mi casa me llamó el vecino anfitrión a mi celular. Le di las malas noticias de la triste semana de Nami y mía y le dije que me encontraba en una situación muy precaria y bipolar, que echar unos chupes en ese momento podía llevarme a la locura, o al baile, o al llanto, o a tantas cosas diferentes que desconocía mi posible reacción. Le pregunté si me aceptaba bipolar en su cena. Justo en este momento abrí la puerta de mi casa y él me dijo que acababa de oír mi puerta, él estaba llegando. Nos asomamos por la escalera: “Vecinita chula, sí claro que te acepto bipolar y a la hora que sea”. Volteé a ver a mi date y estaba ya subido en el elevador con cara de rottweiler. Me subí junto a él y le dije en tono de desesperación y con cara de tsunami: “¿¿¿¿¿¿Qué?????? ¿¿¿¿¿¿Ahora qué te pasa??????” Estuvimos todo el camino al cine y toda la cena antes de la película discutiendo. Yo ya estaba desesperada, había tenido un semana triste y dos días tétricos en el trabajo porque falté un día. En el mundo de mi date todo era un conflicto: su trabajo, su hija y sus clases de equinoterapia, su ex mujer, el cine, yo, mis amigos, mi vecino, mis tres planes en la noche que no le comuniqué y lo habían hecho sentir “mi tercera opción”. ¿Cómo? Yo no entendía nada, si yo tenía 3 planes y estaba con él en el cine eso quería decir que pese a mis tres planes ÉL era LA opción. Yo argumentaba que todos en esta vida tenemos trabajos y presiones en el trabajo (yo estoy a punto de firmar un contrato que lleva 3 años en negociación, cosa que no le dije, ¿cómo para qué?), que no entendía por qué le preocupaba la equinoterapia de la hija si a mí me parecía lindísimo ir a terapia con caballitos, hay niños que no tienen ni para comer y la de él va a terapia con caballos, ¿por qué le conflictuaba? Su ex mujer está loca, según él, yo nunca me he creído esta historia de las ex mujeres locas. Las mujeres somos locas por naturaleza, sí, pero los hombres nos enloquecen el triple. Detrás de cada ex mujer loca siempre hay un hombre capaz de sacar de sus casillas hasta al santo Papa. No logramos ponernos de acuerdo, la película estaba punto de empezar. Nos levantamos de la mesa y le dije que todavía quería comprar un té helado antes de entrar al cine. Para ser sinceros, estaba esperando ver una película en el silencio total y sin siquiera el roce las manos. Para mi sorpresa, en la fila de la dulcería, el cine a reventar, mi date me volvió a tomar en brazos, me abrazó con la fuerza de los caballos de la equinoterapia de la hija y me puso otro beso de antología erótica. No había duda: la piel estaba destinada a avivarse nuevamente, después de casi 8 meses de sueño profundo. Terminado la función me llamó el despistado de Jorge Aragón, quien nunca avisó si podía o no ir a la cena en mi casa que había resultado todo un fracaso. Yo estaba sentadita en la sala escuchando a una serie de adolescentes insurrectos que bombardeaban al director de la película con preguntas intrascendentes sobre los claroscuros. Le contesté a Jorge: “Chimbo, dijo, estoy abajo a tu casa, ¿qué depa es?” “¿Cómo que estás debajo de mi casa? Yo estoy en el cine, Chimbo, ¿por qué no me llamaste para confirmar o cancelar?” Finalmente nos reímos mucho y Chimbo se dispuso a agarrar su camino, solitario, vestido y alborotado, rumbo a algún bar de la ciudad. Yo colgué y miré a mi date... que nuevamente tenía cara de rottweiler. Todo el regreso a casa fue igual que la ida: discusión sobre qué hacía Jorge afuera de mi casa a las 11 de la noche. Es que yo ya no podía discutir ni un segundo más básicamente porque no encontraba una respuesta a todas sus interrogantes: “¿pues a qué hora empiezan las cenas en tu casa?”.... ¿Qué contestaba ante esto? ¿La verdad? “Pues mira, no sé, yo cito a las nueve, los más colgados han llegado a caer a las 4 de la mañana, o sea que el margen es amplio....” Iba a pensar que me estaba burlando de él y de verdad que no era mi intención, simplemente no entendía qué era lo que le había molestado en esa ocasión. Llegamos a mi casa y prácticamente le rogué que se quedara a echar unos drinks en casa del vecino, conmigo. Él me decía que no estaba preparado para conocer gente. “¡Ah, chingá! ¿Cómo se preparará uno para eso?” Yo estaba dispuesta a tomar un curso intensivo de empatía, todo en aras de la bendita magia de la piel, pero de verdad me iba a costar mucho trabajo porque no puede haber empatía entre las hadas y los centauros, son dos mundos diferentes. Finalmente nos bajamos del coche y nos dirigimos a la puerta de mi casa. En ese instante llegaba mi padre con la tía Esther y nos pusimos platicar unos minutos ahí en la puerta. Mi tía comentó que para el cumpleaños de mi primo K-Beto se irían todos a Xochimilco. Yo recuerdo haber comentado que no era mi hit ir a echar drinks a Xochimilco: “todo es muy complicado en la trajineras, tía, se te cae el drink, te mojas, chocas con otras trajineras que tienen la música a todo volumen, ir al baño es un conflicto, no falta el borracho que acaba en el agua y no sabe nadar...” Conclusión: yo no iría a las trajineras con el primo. Después de otro par de intercambios de ideas, nos disponíamos a subir a casa. Mi date se quedó cual estatua de marfil en la puerta. “¿Vienes?”, le pregunté con tonito de niña chiquita. “No, ya me voy a mi casa”. No entendí nada. Más tarde me enteré que el problema había sido que yo "ya estaba organizando plan para ir a las trajineras", ¿cuándo? No lo sé, yo recordaba perfecto haber dicho QUE NO QUERÍA IR A LAS TRAJINERAS. Me subí a mi casa, tomé una botella de vodka y me bajé a casa del vecino. Justo al llegar con el vecino recibí un mensajito de mi date: “Eres muy linda, me gustas mucho pero no puedo con tu ritmo de vida”. Sentí que la sangre me hervía en el cuerpo y estuve a punto de contestar el mensajito lanzando un poderoso: “¿¿¿¿¿¿Y AHORA QUÉ CHINGAOS HICE??????”.... cuando la memoria de mi piel se echó a andar: empecé a recordar todas y cada una de las discusiones acaloradas con aquel otro individuo, todos los argumentos sin pies ni cabeza ni lógica alguna que sólo me hacían desesperar más, todos los mensajitos mandándonos al demonio, todas las borracheras terminadas en dramas y TODOS Y CADA UNO DE LOS MALDITOS ROCES DE PIEL QUE ME HICIERON ESTAR AHÍ MÁS DE UN AÑO. Sentí el mismo impulso, la misma pasión mal encauzada, la misma frustración, el mismo coraje, la misma falta de entendimiento y el mismo ardor en la piel. No contesté nada. Una vez superado el movimiento armado encabezado por los poros de mi piel, contesté en buen tono, deseándole a mi date toda la luz dorada del mundo, todo el amor y todo el prana y me retiré a dormir en paz. Al día siguiente pasaron mil cosas más: fue a dejarme un cinturón mío que tenía y lo fue a botar en el cofre de la Mafalda, me llamó y me empezó a decir de cosas. Estuve a punto de engancharme soltando improperios y argumentando con toda la lógica que mi pensamiento me permitía cuando volví a sentir el llamado de la piel en las venas de mi cuello, el latir acelerado del corazón y todos los músculos de mis piernas tensarse poco a poco. Recordé otra vez, “la cercanía la llevamos en la piel”, imaginé el reencuentro y la apasionada reconciliación, los perdones, los juramentos... La piel tiene memoria, es lo bueno. Me detuve en seco: “¿sabes qué? Lo único que pretendí fue tener una relación contigo. No se puede, somos muy diferentes, me pareces una persona maravillosa, se feliz, te deseo amor y luz”. Se le acabaron los argumentos, dejó de engancharse, dejó de escuchar, supongo, el latido desesperado de su corazón, sus poros se empezaron a adormilar otra vez y con un tono de sorpresa me dijo adiós. Me llamó varias veces, se disculpó, me pidió 18 perdones diversos, me jura un enamoramiento eterno y desmesurado, me dice que no me quiere perder... y en cada palabra, en cada sílaba que leo en sus correos, siento la sangre a punto de ebullición, siento el estremecimiento sutil de mi pecho, leo en mis pensamientos el doloroso recuerdo de la magia negra de la piel, de la actitud servil que las neuronas demuestran ante la electricidad de un abrazo y de la involución del ser humano al contacto con la violencia de la pasión. Él es y existe en algún lado y en otras vidas fuimos algo que nuestra piel no olvida, pero yo no puedo, bajo ninguna circunstancia ni movida por ninugna pasión, someter a mi cuerpo a ese maltrato nuevamente, a ese dominio desmesurado de la insensatez, a esta lenta muerte en la piel: “aspira, suspira, muérete un poco, dulce... lentamente... muérete”.

viernes, 27 de febrero de 2009

Sex and the City en EMI

"A man on a date wonders if he'll get lucky. The woman already knows."
Monica Piper

La semana pasada, en alguna de mis noches de insomnio, me topé con un maratón de Sex and the City y me di a la tarea de verlo hasta las 2.00 am. Tengo siempre ciertos sentimientos encontrados con esta serie: la mayoría de las veces me hace reír, otras tantas me deprime un poco y algunas veces me da un poquito de esperanza. En el último capítulo que vi, Adan le va a proponer matrimonio a Carrie y ella lo descubre porque encuentra el anillo de compromiso en su maleta. Su primera reacción es ir a vomitar al baño. Luego se junta a comer con sus inseparables amigas (yo siempre me he preguntando, ¿a qué hora trabajan estas viejas?) y les cuenta que, además de que no está segura de quererse casar con él, el anillo es CERO ella y entonces se pierde en mil cuestionamientos sobre qué tan adecuado resultaría casarse con un hombre que ni siquiera sabe qué tipo de anillo comprarte. En realidad pensé: “en qué se fija esta mujer, ¡por Dios! El novio es monísimo y le tolera todas las locuras de este mundo”. Luego me puse a pensar, “¿cómo que en qué se fija?, no te hagas mensa, Albita”... y empecé a recordar todas las veces que el Santi se iba a algún lugar y me traía ropa. Me traía las cosas más extrañas de este mundo: camisas con cuellos muy altos, playeras, sacos horribles.... Nada, absolutamente nada tenía que ver conmigo. Las dos primeras veces no dije nada, pero, como en todo matrimonio, una vez superada la etapa de la miel, primero me enojaba tremendamente y luego me sentaba a reflexionar sobre lo poco que me conocía mi marido o lo poco que me ponía atención. ¿Por qué regalarme algo que de plano va gritando a los 4 vientos: yo no soy una prenda para Alba. Al final del capítulo, el galán, asesorado por una de las amigas, le compra otro anillo y entonces ella, disipadas TODAS sus dudas gracias al cambio de anillo (¡Dios! ¡Qué mal comienzo!), acepta feliz. En esta última escena fue donde me sentí un poco optimista: “bueno, puede que, después de todo, sí me vuelva a casar con alguien que cuando me compre ropa yo me enloquezca y la quiera estrenar en ese momento”.

Con esta idea tranquilizante por fin me dormí. La cuestión aquí es que Sex and the City es claramente una serie, y si bien el (o la) guionista es una maravilla y ha podido entender bien la psique de las mujeres en sus treintas, solteras, independientes, exitosas, no deja de ser una ficción que estas mujeres sean, además, sumamente atractivas y tengan dinero suficiente para estar siempre vestidas de diseñador y comprarse 18 millones de zapatos lindísimos. Yo, en cambio, tengo mi propio Sex and the City y es muy de la vida real, sin guionista, y no se parece tanto a la serie. Tengo muy buenas amigas en EMI y, gracias a Dios y a toda su corte celestial, nuestro trabajo es sumamente entretenido y nos permite el desayuno, el cafecito, el chisme en cualquiera de las oficinas, la comida, el after office, la actualización de nuestras historias cada 10 minutos y una convivencia tan íntima como aquélla que se muestra en dicha serie. Desde la mañana nos empezamos a mensajear para monitorear nuestra ubicación, el estatus de nuestro cuerpo y el de nuestro jefe: “¿Ya llegaste?” “No, sigo en el pinche tráfico”. “Estoy crudísima”. “No he desayunado”. “Me estoy muriendooooooooo“¿Ya llegó el jefe?”. Una vez que hemos puesto un pie en la oficina la siguiente parada obligada es la cocina (o Starbucks, en su defecto) en donde nos sentamos tranquilamente a picar la fruta, preparar café, servir té, sacar las gorditas de chicharrón y ponerlas en platitos, lo que sea, dependiendo del día. Posteriormente nos sentamos y entonces damos rienda suelta a la actualización. Justo esta mañana recordé ese capítulo de Sex and the City mientras Natalia me contaba su date de ayer. La serie se queda corta con la realidad de lo que nos estresa. Natalia se quejaba amargamente de que durante su ida al cine, sala Platinum, surgieron 18 cosas por las que ella no volvería a salir con el galán en cuestión. Primero, llegó con una polo que a ella le pareció ochenterísima y ya, desde ahí, las cosas no iban bien. “Aja, exacto, comenté, mi hindú un día salió con unos tenis muy blancos y muy grandes y yo estaba en shock porque iba a caminar junto a él por las calles”. “¿Cómo que unos tenis muy blancos?”, preguntó Natalia. “Pues sí, así como... pues como MUY blancos, ¿ves?”. Entre mujeres es muy fácil entender este tipo de explicaciones sin pies ni cabeza. Ante esta respuesta mía, mi amigo Milín hubiera contestado: “No, no te entiendo”. Pero no, Natalia contestó: “¡Ah! Sí, como tenis Panam de uniforme de deportes”. “¡EXACTO!”, contesté emocionada, le había dado al clavo. Un chico hindú con el que salí dos veces fue borrado de mi lista de posibles prospectos por haberse atrevido a ponerse unos tenis tan pasados de moda. Así es como una mujer declina la invitación formal y seria de un hombre bondadoso, espiritual, atento y con muchas ganas de salir con ella, por unos tenis (ni hablar del anillo de compromiso, ¿verdad?). Después de que Natalia se subió al coche, y no podía pensar en otra cosa que la polo ochentera, llegó al cine y se sentó en su amplio reposet de la sala platino con un smootie en la mano. Su smootie no tenía frapé; su smootie, palabras de ella, era una especie de sopa con la que ella no estaba a gusto. Le externó el disgusto al galán y el galán no hizo nada. Ella esperaba que él saliera corriendo a cambiar el smootie por uno que fuera de su agrado, y, a decir verdad, eso es lo que esperamos todas. No que se trate de un smootie, si licenciamos música, obvio podemos resolver el problema del smootie, pero es esta cosa de dejar que te solucionen la vida. De sentir que, por dos horas, eres una perfecta inútil a merced de tu galán que va a resolverte TODA la existencia. Además del smootie, el reposet de él no se hacia para atrás. Natalia reclinó su reposet y le dijo: “¿Qué onda? ¿No vas a ir a ver si te arreglan el asiento?”. “Sí”, contestó él sin inmutarse y sin prestar atención al caso del smootie, que, para estos momentos ya se estaba complicando más. La película estaba a punto de empezar y el galán no se inmutaba. Finalmente, Natalia se paró, ya enojada (el hombre ni se enteró que ella estaba enojada), fue directamente a quejarse (seguro de mala manera) con una pobre chica del cine que, sin deberla ni temerla, lo único que le dijo es que su smootie se lo cambiaban en la dulcería. Para estas alturas, y estando en sala VIP en donde te esperas una buena atención, Natalia lo único que quería era que alguien le solucionara la vida, ya que el galán claramente no lo iba a hacer. Le dio el smootie a la chica y la mandó a la dulcería a que se lo cambiara. Regresó con alguna persona del cine y arregló el reposet (hasta ahora no entiendo por qué le molestaba que su reposet, suyo de él, no funcionara si el de ella se reclinaba perfectamente bien). Seguíamos la conversación en la cocina y yo comenté que si no le había solucionado lo del smootie, ni pensara en que el día de mañana le iba a solucionar la descompostura del boiler o del refri (Natalia tiende a descomponer electrodomésticos). Salió del cine y se dijo a ella misma que tenía que relajarse y ser un poco más tolerante. Con esta mentalidad, le ofreció caminar por el parque, con todo y la polo ochentera. Caminando se toparon con un coche estacionado en batería sobre la banqueta, dejando un espacio muy pequeño para que pasaran. ¡Él se adelantó para pasar delante de ella! En este momento, Ale y yo sí pegamos un grito: “Nooooooo”. Una conducta así sí es para no volver a salir con el galán. Su date pasó sin pena ni gloria. Después me preguntaron cómo me había ido en mis últimas dates con el último galán. La verdad que a mí me había ido bastante bien en mis tres primeras citas con el último galán, hasta que de pronto, de la nada, el galán se me enloqueció y no hubo manera de regresarlo a la cordura. Todo empezó porque un lunes le mandé un mailcito tempranero para darle los buenos días y para sugerirle que hiciéramos algún plan de cenita romántica el viernes. Me preguntó un sin fin de cosas sobre mi plan romántico: que como a qué hora, que como dónde, que era vísperas del 14 de febrero y todo iba a estar hasta el gorro, que cómo qué tipo de restaurante. Después de tantas preguntas terminó contestando que luego veríamos, que faltaba mucho para el viernes y que él no estaba acostumbrado a planear con tanta anticipación y que planear no estaba padre porque qué tal que uno no llega al viernes y entonces se esfumó el plan. “Aja, ¿tanta anticipación?, pensé, si supiera que tengo planeados mis próximos 4 jueves...” Contesté que ese argumento me parecía carente de fundamento y de lógica. Si uno se va a morir, se va a morir igual, con o sin planes y que, incluso, en este momento de la vida, si me tocara morirme, me moriría tranquila porque habría gozado de la compañía de todos mis seres queridos precisamente por planear mis encuentros con tanta anticipación. Me contestó: “ok”. Asumí que no estaba muy interesado en mí y, pues, ni modo, no siempre todo mundo está interesado en una. Volvimos a hablar el jueves para ponernos de acuerdo para ir al cine. Coordinarnos para el cine fue tarea complicada que duró TODA la tarde del jueves vía mensajito. Yo quería ir a ver Inframundo y él ya la había visto y no tenía ni la menor intención de volverla a ver. “¿Por?, pensé, si estoy saliendo con alguien QUE ME INTERESA y me dice: reinita, vamos a ver The Fast and The Furious 43, pues ni modo, me voy a verla, ¿no?”.... Al parecer mi date opinó que no. Ale y Natalia opinaron que sí, mientras nos tomábamos un tecito verde en la oficina de Natalia, después de la comida, durante la cual también analizábamos igualmente la conducta de mi date y, una vez más, la del date de Natalia y su apatía por los reposets. Sugerí a mi date ir a ver Cementerio de Papel. “No veo películas mexicanas”, fue la respuesta. Entonces finalmente decidimos que nos encontraríamos en mi casa y de ahí veríamos qué podríamos ir a ver. Antes de salir de la oficina convoqué una reunión extraordinaria: Ale y Natalia llegaron corriendo. Les enseñé la cadena de mensajitos: “¿Estoy ya muy neurótica, soy muy picky o de verdad a este chavo le da exactamente lo mismo si sigue o no saliendo conmigo?” Después de analizar la conducta por unos cuantos minutos, llegamos a la conclusión de que en realidad era muy extraño el galán y que no podíamos emitir una opinión tan apresurada sobre su interés en mí. Mientras manejaba rumbo a mi casa quería descifrar MI interés en salir con un chico que demostraba TAN poco interés en mí, y entonces mi mente viajó a todas las situaciones posibles en las que mi date iba a demostrar apatía. Entre las situaciones que me imaginé, imaginé algo relacionado con un concierto y recordé que tenía que llamarle al Cronopio para decirle que no iba a poder irme a Querétaro al día siguiente para acompañarlo, a él a y su hermana, al concierto de Emanuel. En mi atarante constante y perenne, le marqué a mi date sin querer. Mi date se estaba lavando los dientes y sólo podía contestar “aja” “mmju”. Entonces yo empecé a soltar la perorata y las explicaciones de por qué no podía irme a Querétaro al concierto de Emanuel. A todas mis explicaciones, el date contestaba: “aja”, “mjum”... Y yo seguía diciendo: “es que Cronopio, también se me había olvidado lo del concierto, ahorita ya no pudo pedir permiso para faltar el viernes a la oficina y además tengo una junta...” Finalmente, terminó de lavarse los dientes y me dijo: “ok. Yo creo que no vamos a ir al cine hoy”. ¿? Primero me sorprendí porque obviamente esa no era la voz de mi Cronopio. Después no supe quién era y pensé que tal vez alguien había contestado el celular del Cronopio. Entonces, para dejar de hacer elucubraciones idiotas me fijé en la pantalla de mi celular y entonces vi el nombre de mi date. “¡Ah! Hola”, dije melodiosamente mientras soltaba una carcajada. A mi date no le pareció nada pero nada gracioso que me hubiera equivocado de teléfono y sin siquiera preguntar qué onda, qué había pasado, quién era el Cronopio, por qué me iba a un concierto en Querétaro, decidió colgarme el teléfono. “¿¿¿¿¿Por??????”, comentó Natalia al día siguiente, mientras preparábamos galletas con mermelada en la cocina. “No sé, nunca entendí. Después le marqué como 3 veces y no me contestó el celular”. Obvio no llegó a mi casa, nunca entendí por qué. “¡Ay, no, Albita! De verdad que tenemos ya muchas cosas de qué preocuparnos como para además andar de dates de alguien que nos preocupe más”, dijo Natalia. “No, esperen, eso no fue lo más raro, continué, lo más raro fue que me llamó como a las 10.00 pm. y su frase de saludo fue: hola, dramática”. “O sea, ¿cómo? Dramática, ¿tú?”, casi escupe la galleta Ale. “Sí, claro, la dramática era yo”. Durante una conversación de casi una hora mi date trataba de explicarme, sin mucho éxito, que había tenido un ataque de celos porque yo lo había confundido. “No, no te confundí, contesté, ¡no puedo confundirte si lo único que escucho del otro lado del teléfono son puros ajases!” Entre otros argumentos me dijo: “yo no sé a ti, Alba, pero a mí me han puesto el cuerno varias veces y no quiero que me vuelva a suceder”. “A ver, primera cosa: obvio me han puesto el cuerno, ¿qué esperabas? Si no vivo en un pinche tupper. PERO, segunda cosa: ¿qué tiene esto que ver con un cuerno si ni siquiera andamos? Hemos salido 4 veces y de pronto ya estamos en los cuernos. Mira, date, si tú me llamas por teléfono y me comienzas a decir: hola, Brendita, ¿cómo tas? Oye, fíjate que mañana no vamos a poder ir a echarnos el cafecito porque bla bla bla... Primero me voto de la risa, luego te digo: no, corazón, no soy Brendita, soy Albita y tan tan”. Se acabó, no hay lío, no hay: “quién chingaos es Brendita” y muchos menos, 2¿por qué me estás poniendo en cuerno con la pinche Brendita”. ¿No? ... Esta historia podría continuar, por hoy, hemos terminado. Sex and the City en EMI se traslada en este instante a El León de Oro a celebrar los 33 años de esta nada humilde servidora. Besos y estrellas.

martes, 10 de febrero de 2009

La guerra mundial, en el Conejo Blanco

“I loved the taste of blood since I tasted yours”
M. Duras
Hiroshima, mon amour


Hace un tiempo leía en Chilango una nota que llevaba por título “Mi autor me mima”. Se trataba de unos eventos que me parecieron muy atractivos: círculos de lectura en diferentes librerías de la ciudad; al final de éstos, los participantes se juntan en una de las sedes para tener un coctel con el autor. El artículo mencionaba que la velada con Ruy Sánchez se había alargado hasta que habían tenido que correr a los comensales y que no sé qué otro autor se había llevado a sus lectores a su casa a seguir con la velada. En ese momento me dio una envida de la mala (yo siempre he insistido en que no existe tal cosa como una “envidia de la buena”) por todas aquellas mujeres que lograron oír de labios de Ruy Sánchez cómo se definen Los Sonámbulos y qué pasa en los Jardines Secretos del Mogador. Me imaginé que tal vez hubiera una tenue luz en esa velada mientras alguien leía pausadamente: "(...) soñé que dormías desnuda a mi lado y que aun antes de despertar completamente yo levantaba mi mano hacia ti para acariciarte. Tocaba tu piel alrededor de los pezones embriagándome en su textura. Me acercaba en círculos a la parte más dura y mis dedos lentamente enloquecían. La memoria, reina caprichosa del cuerpo, me hacía tener por la mano las sensaciones de mi boca". Aunque tal vez nadie en esa velada leyó nada de Los Labios del Agua y la noche transcurrió entre vino tinto y anécdotas de cualquier especie. Pero igual yo sentía envida. La semana pasada la Hormiga me dijo que había leído una cita que hizo suya, misma que yo también adopté: “La envidia es el tributo que la mediocridad le rinde al talento”. Tal cual, yo me moría de envidia tanto del desmesurado talento erótico de Ruy Sánchez, como de quien hubiese tenido la idea de organizar estos círculos de lectura tan íntimos y personales. Decidí que llamaría a los teléfonos que aparecían en la revista y me inscribiría al siguiente círculo, no fuera a ser que me perdiera otra velada sensual y literaria.

Otro día venía en mi Mafalda escuchando mi estación favorita: el scan de mi radio, Santi decía que ésa era mi estación favorita. De pronto escuché: “...Joaquín Lavado, mejor conocido como Quino...” y en ese instante detuve el scan para escuchar la nota completa. Debo confesar que lo primero que me vino a la mete es que tal vez estaban anunciando su muerte, y me pasó algo muy curioso, igual que me pasó cuando me enteré que Benedetti estaba en el hospital muy grave, pensé que mientras yo dormía profundamente la noche anterior, un genio se debatía entre la vida y la muerte para, como siempre, al final del debate, abrirle paso a aquélla que nunca pierde un debate. Escuché con atención y para mi gran sorpresa Quino no sólo estaba muy vivo, sino que esperaría a sus lectores en Plaza Loreto ese mismo día a las 5.00 pm. para firmar autógrafos. Acto seguido, enloquecí. Llamé primero a la Hormiga, que enloqueció conmigo pero que no podía acompañarme a la firma de autógrafos, a la cual yo no quería ir sola por esto de mi demofobia. Recordaba que en la firma de autógrafos precisamente de Benedetti habíamos sido tantos que Benedetti no pudo firmar nada, yo me quedé con mi Inventario arrugado debajo de mi brazo mientras lloraba a lágrima tendida escuchando como el señor Benedetti leía “Bodas de Perla”. Luego le llamé a Tashi, no porque ella sea la más fan de Quino, sino porque estaba muy emocionada y no sabía a quién más hablarle para contarles que, a como diera lugar, yo iría a esa firma de autógrafos. Después de hablar con la mitad de mis amigos, encontré a un alma caritativa que se apiadó de mi demofobia y, pese a que no es nada fan, aceptó ir conmigo a tan magno evento: Elka. Llegué a mi oficina y mientras contestaba mis mails de chamba, le escribía a Kuki y a Gaby para ponernos de acuerdo para el brindis de fin de año. En uno de esos mails que iban y venían comenté que iría a la firma de autógrafos de Quino esa tarde. A mi comentario siguió un mail de Gaby contestando algo así como: “¿¿¿¿¿¿¿EN DÓNDE?????? Voy contigo”. Yo no sabía que Gaby era fan también, en realidad hay muchas cosas que no sé de Gaby, siendo ella una amiga originalmente de Kuki, pero parece que compartimos varios gustos y, también, según me di cuenta ayer, muchos gustos culposos como RBD y Fernando Colunga. Finalmente Gaby se unió a la firma de autógrafos y nos fuimos las tres. Estuvimos horas esperando un autógrafo, que hasta lo tengo escaneado, se los podría mandar por mail a solicitud de parte. Durante estas horas de espera aprovechamos para ponernos al día de la vida de Gaby, Elka y yo nos vemos bastante seguido y nuestras vidas están muy al día. Aproveché para comentarle a Gaby de estos círculos de lectura que había encontrado en Chilango y le emocionó enormemente el asunto. Nos inscribimos. Ayer fue nuestra primera sesión en la librería Conejo Blanco, con el grupo de lectura de la Condesa que, según me comenta el coordinador de proyectos, es un grupo muy establecido y muy integrado.

Llegué muy temprano, fui la primera y el único que estaba ahí era el coordinador, Pepe. Luego llegó una señora Shoshana (no sé cómo se escribe su nombre, pero ahora sé que significa Rosa en hebreo) y luego un señor Martín. Después llegaron Gaby y Evelyn, Evelyn es la moderadora del grupo y Gaby trabaja haciendo algo también en Letras Voladoras. Al final llegó Gaby, mi amiga Gaby, no la otra Gaby, y tres chicas más: una médico y dos chicas que trabajan en IBM, cuyos nombres ahora se me escapan. Ayer fue noche de presentaciones, cada quien dijo qué hacía de su vida, en dónde trabajaba, si era soltero o casado, si tenía perros o gatos, cuál era su comida favorita, su programa de tele favorito y su música favorita. Yo tuve muchos problemas, como siempre, para contestar las preguntas relativas a la música y la comida favorita. De música acabé confesando que este trabajo me tiene a veces aturdida con la música y que ya no sé qué me gusta y que no. Conté mi terrible anécdota del miércoles pasado que fui a cenar con Memo Gil. Estaba felicitando a Memo por los 3 Grammies que se sacó y se me ocurrió preguntar de qué eran los Grammies, a lo que me contestó que los obtuvo por Kany García. Mi siguiente comentario fue: “mmm... Memo, ¿Kany es una él o una ella?”. Memo me dijo que yo no era posible en esta vida, sobre todo porque en esto trabajo. Comenté que tenía toda la razón del mundo pero que en verdad me había esmerado en el último año en estar al tanto de la música, lo cual no era nada fácil para alguien que escucha arpas celtas y discos de Buddha Bar. Entonces se reían mucho de mí en el círculo de lectura y mi amiga Gaby empezó a cantarme lo que supongo que es una canción de Kany García (que sí es una ella). Luego confesé los gustos culposos: “Inalcanzable” de RBG, Gee y el nuevo sencillo de Paty Cantú (todo EMI, sino, ¿de dónde hubiera tenido yo acceso a esta música tan culta y elevada?), y Gaby cantó algo de RBD, aunque no hizo comentario sobre Paty Cantú a quien, asumo, nadie la conoce mas que todo EMI. De comida nunca sé qué contestar y opto por decir siempre que depende del ánimo, cuando en realidad lo de la comida depende: del ánimo, de la zona de la ciudad en la que uno se encuentra, del clima, de la situación, de quién va a pagar la cuenta, de si se está a dieta o no, de si va con las amigas o con una date (y, en este caso, depende si es la primera, la segunda, la tercera...), de si se está dispuesto a sacrificar lugar por calidad... Entonces, para que no se empezaran a dar cuenta, desde nuestro primer encuentro, cuán complicada soy para la comida (y para la vida, en general), decidí contestar que dependía del ánimo, que era muy muy fan de la comida y recuerdo que comenté que no me gustaban las berenjenas mas que en Musaka. Finalmente empezó la introducción al círculo. Evelyn dijo que para entender un libro hay que entender primero a su autor, y empezamos leyendo una biografía de Jorge Volpi. Yo nunca he leído nada de Jorge Volpi, pero sé, porque me lo dijo mi amiga Pili, que es un gran escritor, que ha ganado varios premios y que en algún momento de la vida salió con mi amiga Pili. Yo estaba emocionada porque iba a leer algo de Jorge Volpi. Para sorpresa de todos, el libro que teníamos en nuestras manos es el tercero de una tetralogía que comenzó con un libro titulado “En Busca de Klingsor”, siguió con “El Fin de la Locura” y éste se llama “No será la Tierra”. Ya veremos después cómo se llama el cuarto. Mi amiga Gaby comentó: “Pregunta, ¿por qué no empezamos por el principio?” A lo que Evelyn le informó que Alfaguara, como una especie de patrocinador, les da los libros y entonces tenía que ser ése. Evelyn había preparado un resumen de los dos libros anteriores para que no estuviéramos tan ignorantes del tema. Hasta este punto yo seguía muy emocionada con el círculo de lectura: el lugar es muy agradable, tomé una copa de buen vino, la plática de mis compañeritos era sumamente interesante, culta y elevada, y dentro de la biografía de Vopli se leía un bullet que a continuación transcribo: “ Jorge Volpi es un escritor atípico en la esfera cultural mexicana. Se documenta a fondo antes de escribir y siente una gran pasión por el mundo de la ciencia y sus implicaciones y por la política y el pensamiento actual. Sus novelas van dirigidas a un lector culto, inquieto e inteligente, a fin de inducirlo a una reflexión en el fondo ética”. Al leer esto me emocioné: me habían llamado culta, inquieta e inteligente porque, aunque nunca he leído nada de este autor, estaba yo en un círculo de lectura en donde leeríamos un libro de él, ¿qué no? Y, además, al finalizarlo me iría a un coctel con él, lo cual me hacía más culta, inquieta e inteligente. Me sentí feliz por estar haciendo por fin este año lo que he olvidado en dos años y medio de trabajar en EMI: alguna actividad que alimente mi espíritu y mi intelecto, que está ya tan atrofiado que le gusta RBD.

Todo cambió cuando empezamos a leer la reseña de las dos precuelas de “No será la tierra”: “Hacia 1944 el mundo está en guerra, declarada por Adolfo Hitler a la cabeza del Estado alemán...” En ese momento me tomé la molestia de leer la contraportada de libro que tenía en las manos: “La bióloga soviética Irina Gránina contempla el derrumbe del comunismo...” Entré en pánico. Hay varios libros en esta vida con temas diversos que me matan de flojera, como las matemáticas, los códigos fiscales, los libros de biología y los tratados de política. No obstante, si tengo que leerlos por alguna circunstancia, los leo y me callo la boca. PERO si hay un tema que me pone los pelos de punta, no me gusta, no lo tolero, me produce náuseas y lo evito a toda costa es el tema de la segunda guerra mundial y el holocausto. Vaya, me salí del cine en “La lista de Schindler” y lloré tres días seguidos cuando un novio (muy malo) me obligó a ver “La vida es bella”. Después de eso, me batí a duelo limpio con Santiago por no ir a ver “El Pianista” y vivo muy tranquila sin recordar que alguna vez hubo un hombre tan macabro que seguro está sentado tomando el té con Satanás. Casi lloro. ¿Por qué, por qué, por qué a mí que me encanta el Mogador, que me emociono tremendamente con las Primaveras que tienen una esquina rota, que no me enamoro de Edward pero sí de Lestat, que me imagino perfectamente cómo entraba y salía Aura del cuerpo de aquel gato y que disfruté cada olor percibido por la fina nariz de Grenouille, por qué me tenía que tocar en mi primer círculo de lectura aprender sobre el comunismo y los nazis? Ah, y también viene un capítulo sobre la bomba atómica, por si no me basta la caída del muro de Berlín. Pero yo ya leí “Hiroshima, mon amour”, ¿no es suficiente? Finalmente me tranquilicé un poco cuando leí: “En el vértigo de la historia, tres mujeres entrecruzan sus destinos”. Tal vez voy a leer una novela mujeril que tiene como fondo la pos guerra. No está tan mal, finalmente en las historias donde hay mujeres, sean pos guerras o pos hecatombes nucleares, siempre habrá un tinte de romance y complejidad. Así pues, pasaré los siguientes lunes de mi vida, de 8.00 a 9.30 pm., en la librería “Conejo Blanco”.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Crepúsculo

“When one creates phantoms for oneself, one puts vampires into the world, and one must nourish these children of a voluntary nightmare with one's blood, one's life, one's intelligence, and one's reason, without ever satisfying them”
Eliphas Levi

Acabo de entrar a la página de Cinemex a ver si encontraba algo entretenido que me pudiera escapar a ver esta tarde. También mientras veía la página de Cinemex, bien multitask, planeaba detenidamente los orgasmos del 22 de diciembre (ver invitación en facebook). Mientras revisaba la página de Cinemex vi que en la parte de arriba siguen anunciando Crepúsculo. “¿Cómo es posible que siga en cartelera una película tan mala?”, pensé mientras mandaba un mensaje para no olvidar el tema orgásmico. Entonces recordé todo el proceso de la dichosa película y me reí mucho de mí misma.

Todo empezó hace bastantes meses, no recuerdo cuándo, que estaba en mi casita de ociosa navegando. Entré a una página gótica de algo y se desplegó una pantalla negra que tenía del lado derecho unas manos muy blancas sosteniendo una manzana muy roja. Me llamó la atención y la abrí para leer lo siguiente:

“Hay tres cosas de las que estoy completamente segura.
Primera, Edward es un vampiro.
Segunda, una parte de él se muere por beber mi sangre.
Y tercera, estoy total y perdidamente enamorada de él”.

La verdad es que ahí se me rompió el encanto, la contraportada me pareció poco inspiradora y supuse que sería una historia más de vampiros tipo Carlos Trejo pero con un toque muy femenino y bastante cursi que ya, de entrada, me estaba sacando urticaria. Pasó el tiempo y nunca me interesé por saber más sobre el libro. Un día fui a buscar a Asunción, mi querida Sensei y amiga, para invitarla a cenar. Llegué a su casa y como no conocía su nuevo depa vino el obligado tour de reconocimiento. En su recámara me llamó la atención la mesita de noche: entre otros libros estaba Crepúsculo. Pregunté por el libro y Asun me comentó que la tenía atrapada: “está muy bueno. Yo lo empecé a leer porque a mis hijas les encantó y yo ya estoy enamorada del vampiro”. Le comenté que al leer la contraportada me había desilusionado tremendamente y que, además, estando acostumbrada a los vampiros de Anne Rice, esta cosa pueril y cursilienta no me llamaba tanto la atención. Me lo recomendó ampliamente y entonces, teniendo ya una recomendación de un lector habitual, que además es licenciada en Literatura, el fin de semana siguiente corrí a la librería del Fondo de Cultura en la Condesa y me compré los tres primeros libros, Amanecer todavía no les llegaba. Esa misma noche llegué a mi casa y retiré con desesperación el plástico de Crepúsculo y comencé a leer. Era domingo y yo comencé como a las 8.00 pm. Decidí cerrarlo a las 2.00 am del lunes. En efecto, el libro me tenía atrapada. Atrapada por la simplicidad de la historia, por la naturalidad del lenguaje, por lo predecible que podría resultar una protagonista torpe e introvertida. A los pocos días estaba comenzando Eclipse, igual de atrapada que al principio. Le di a Nami Crepúsculo y lo recomendé con todas las chicas de la oficina. Al poco tiempo ya lo estaban leyendo Ale, Estela, Verónica y Carmen. Me sorprendió darme cuenta del magnetismo del protagonista, Edward, y más me sorprendió ver cómo iba generando reacciones extrañamente intensas en mis amigas: Nami estaba ya verdaderamente enamorada de Edward y se cuestionaba el amor como hasta ahora lo ha conocido; Estela, cuando comenzó a leer Crepúsculo, se preguntaba por qué Edward era malo con Bella y venía a mi lugar a preguntarme qué pasaba con Edward; Ale se indignaba tremendamente de que Bella dudara entre Edward y Jacob. En un par de meses me vi envuelta en una serie de polémicas entre mujeres adultas que peleaban intensamente por describir a Edward, por imaginar qué actor quedaría bien en su papel, y yo creo que hasta por imaginarse en brazos del vampiro DE 16 AÑOS. Esto era lo que me tenía sorprendida: estábamos inmersas y vueltas unas locas con una novela para chavitas de 16 a 20 años ¿¿¿¿Por???? No hay que negar que la autora de verdad se anotó un 10. Logró atrapar en las páginas de su libro a mujeres de 15 a 70 años, todas, absolutamente todas embebidas de amor adolescente, de amor sin límites. No cabe duda de que las mujeres, hasta las más amargueitors como yo, seguimos y seguiremos sucumbiendo ante los juramentos de amor eterno.

Cuando llegué al tercer libro, Luna Nueva, ya estaba un poco harta de amor pueril y adolescente. Ya me caía en el hígado la estúpida de Bella con su mal genio y con su rechazo violento a todo: no le gustan las fiestas, no le gustan los regalos, no le gusta que la gente la mire, no le gusta que Edward le preste tanta atención, no le gusta que Jacob la acose, no le gusta que Alice le organice la boda, no se quiere casar con Edward (pero no le importa que la convierta en vampiresa y pasar el resto de sus días con él. ¿Así o más incoherente la chavita?), no quiere nada de nada y todo el tercer libro es una gancho al hígado la pinche escuincla, y el otro, Edward, la tolera porque, extrañamente, está locamente enamorado de ella. ¿Por? Él es un vampiro de 100 años de edad, quien además quiere salvar su alma (si es que tiene) y entonces no la quiere convertir. PERO, está dispuesto a pasar su vida con ella. Yo me pregunto, ¿qué pasaría cuando Bella tuviera 40 años y Edward siguiera teniendo 16? ¿Juzgarían a Bella por estupro? ¿Edward seguiría teniendo ganas de hacerle el amor? (¡Ey! Los orgasmos son para el día 22 de diciembre, no lo olviden). En fin, la historia comenzaba a hartarme y ya tampoco era tan proactiva en las conversaciones en la oficina ni en la fijación de Nami por Edward, al final de cuentas, Edward también ya me estaba cayendo mal por ilógico. Lo malo es que ya me había comprado el cuarto libro: Breaking Dawn, y no quería desperdiciar $160.00 pesos. Cuando justo iba a empezar a leer Breaking Dawn se estaba estrenado la película. La película sí me daba emoción, como todas las películas basadas en libros. Me encanta ir a ver si el Director se imaginó lo mismo que yo y me encanta ver cómo se hizo la adaptación a cine. Prometí que llevaría a mis primitas al estreno. El viernes 22 de noviembre me dirigí a casa del tío Felipe a recoger a Gaby y a Anick para ver tan esperada película. Mis primitas son pequeñas ellas, son precisamente el target de los libros: 20 y 17 años. Anick había terminado de leer Crepúsculo ese mismo día y tenía la historia muy fresca. Yo recordaba muy bien la historia pero ya no recordaba qué pasaba en qué libro. Recordaba que estaba muy emocionada por ver a quién habían escogido para personificar a Alice, el personaje del libro con quien me sentía identificada, una vampiresa medio despistada que andaba por la vida caminando de puntitas, dando saltos de baile, organizando fiestas, comprándose ropa, queriendo hacer algo por las tremendas fachas en las que siempre se encontraba Bella y que tenía ciertas premoniciones que a veces no sabía cómo interpretar. Yo me siento Alice cada vez que trato de convencer a Nami de que se ponga el cinturón plateado en lugar del negro y cada vez que le brincoteo en la cabeza para que me haga caso de algo, lo que sea, y ella me contesta con algún tono de fastidio: “No Albita, no”. Entonces yo me regreso saltando a mi cuarto, en puntitas, conciente de que me ha mandado al cuerno por vigésima cuarta vez, pero con la certeza de que esa tarde, o al día siguiente, entrará a mi cuarto para decirme: “Esta bien Albita, vamos”.

Regresando a la premier. Mi prima Gaby ya se había aventado la película en la tarde y me afirmaba que la película había “superado todas sus expectativas”. Anick estaba segura de que Edward estaba guapo. Yo fui ya con bastante escepticismo. Eran las 10.30 pm. y mis primas no querían palomitas, así que ahí me encontraba yo, en Santa Fe (far away, beyond my lands) sin palomitas, dispuesta ver la película del libro que más me había entretenido en los últimos meses. Cuando salió Edward mi prima Anick me dijo: “¿No está guapísimo?”, “No, contesté indignada, no está guapísimo y se ve putísimo con la boca rosa”. Al poco rato Gaby me dijo: “¡Wow! Rosalie está súper guapa”. “No, volví a contestar, Rosalie debería ser alta y rubia, hermosa y grácil, la mujer más bella de la película. No una gorda odiosa con pelos pintados”. A media noche prendieron las luces y yo quería llorar. Claro que iba con dos primitas a quienes les vale un pepino si la película estaba buena no, a ellas lo único que les interesa es que Edward sí estaba guapo. La verdad es que es una película más que mediocre. La adaptación es mala. El casting es de terror: Edward de verdad parece gay; Carlisle está tan maquillado que parece mimo; Rosalie es gorda; Charlie, que debería ser serio y taciturno, hasta simpático resulta; Victoria no es esta pelirroja sensual y violenta sino mas bien una pelirrojita pecosa que hasta ternura inspira. La música es pésima, seguro no quisieron gastar ni un peso en música, lo cual además a mí me afecta particularmente, je je, y pusieron por ahí a un par de becarios a hacer el score. Es una película de bajo presupuesto con los efectos más mediocres que he visto. Hay una escena en particular en la que solté una carcajada muy estridente: cuando están jugando béisbol en el bosque y llegan los vampiros “malos” y quieren atacar a Bella y toda la familia de Edward se pone en guardia para protegerla. ¡No! ¿Cómo les explico que parecía un enfrentamiento de El Santo contra las Momias de Guanajuato? Malísimo de verdad muy muy malo. Espero que la autora haya cobrado una buena lana por la adaptación a cine porque seguro cuando vio la película le quiso dar un infarto al miocardio.

Salí del cine con mis primitas súper emocionadas y yo despotricando. Mientras ellas me decían que toda la película era maravillosa, yo pensaba en todos los errores de dirección, en la pésima adaptación, en una Bella con cara de idiota, en un Edward maquillado y con movimientos femeninos. Pensé que tal vez estaba exagerando un poco y que tenía que mantenerme en la línea de que siempre que uno lee primero el libro y luego ve la película, ésta siempre resulta ser desilusionante; pero entonces también pensaba que de no haber leído el libro la película me hubiera parecido igual de mala. Dejé a mis primitas en su casa y me comenzó a dar vueltas en la cabeza una idea trillada que seguro a todos se les ha ocurrido: entre más crece uno, entre más sabe uno de algo, más insatisfecho vive uno. Ya no se puede ir al cine con la misma inconciencia de antes, ¿no? Salvo que uno esté perfectamente seguro de que va a ir a ver un reverendo churro y aun así se disponga a comprar el boleto. En la mañana me desperté y mientras me lavaba los dientes Nami entró a mi cuarto y dijo: “¿Qué onda con la película tan mala?” Yo casi me atraganto con la pasta de dientes y la risa. “¿Verdad que sí?”, contesté emocionada. “Sí, ¡claro! Pinche película de bajo presupuesto”. Claro, pensé, es la edad.

miércoles, 15 de octubre de 2008

La lluvia y El Cronopio

Las gotas de lluvia besan la tierra murmurándole:
"Somos tus pequeños que te añoramos madre, y volvemos a ti desde el cielo".
Rabindranath Tagore


Siempre me ha dado terror hacer maletas, además de que siempre he sido muy mala para hacerlas. Hace mucho tiempo, cuando estaba en la universidad, oí que era mejor viajar ligero de equipaje, precepto que apliqué durante muchos años. No obstante, en aquel entonces era fácil viajar ligero de equipaje, porque uno se iba de mochilero a todos lados y no le importaba nada de nada. Yo llegué a pasar 15 días en La Barrita (una playa desierta y virgen que se encuentra en el kilómetro 187 de la autopista Acapulco-Ixtapa) con un backpack, en el que, además de ropa, metía dos botellas de tinto y una toalla de playa. Cuando dejé atrás esa etapa, entré en la de María Felix: viajaba con 2 maletas y dos bolsas de mano y regresaba del viaje con más de la mitad de la ropa sin usar. Es evidente que a esta edad una ya no puede viajar con tres trapos y dos botellas de vino. Los lugares ya no son aquéllos a los que se puede entrar de chancla oaxaqueña y sin peinar. Ahora una debe llevar de menos dos cambios para cada día de las vacaciones: uno para pasear en las mañanas y otro para salir a cenar en las noches y tal vez un tercero para después ir a bailar. Esto sin contar con los 18 productos para embellecer: el contorno de ojos, el exfoliante, la crema de día, la de noche, los perfumes (dos aromas diferentes: para día y para noche), el shampoo, el tratamiento capilar, el pañito para lavar la cara, la piedrita para lavar los pies... En verdad viajar se empieza a complicar mucho a partir de los treinta, y mucho más si es un viaje de trabajo, en el que, además de lo antes mencionado, hay que cargar con los trajes sastre. En fin, volvamos al pánico de empacar.

Siempre que tengo que empacar logro engatusar a alguien que se vaya a mi casa, ya sea a hacer la maleta, o bien a hacerme el trago amargo un poco menos amargo. Como parte de mi engatusamiento ofrezco siempre cena y vino. Cuando me fui a Suecia Lore me hizo la maleta completa, no me faltó nada en Suecia. El año pasado que me fui a Buenos Aires, a Montevideo y finalmente a un congreso en Punta del Este, la Hormiga me ayudó a clasificar los cambios de ropa con agenda en mano: 2 trajes sastres para el congreso, un vestido para el cocktail de inauguración, otro para la cena de clausura, dos cambios de ropa para las cenas de honor... Y así, he aprendido a combinar entre la soltura y desfachatez universitaria y la sofisticación María Felix de los treinta y tantos. Ayer engatusé a Alec y a la Hormiga, otra vez. Me voy a Buenos Aires mañana en la tarde y me voy por varios días, en uno de esos viajes en los que necesitaré el atuendo cuco para cenar, la blusa sexy para salir, el pantalón de diario para pasear y los 50 accesorios que van con todo lo anterior. Así pues, la Hormiga y Alec se instalaron en mi cuarto, vino en mano y previa degustación de pizzas Domino’s, a ayudarme a hacer maleta. Fue así como, mientras contaba anécdotas de viajes y Alec me comentaba que no entendía por qué lo había requerido a él, quien no era precisamente el amigo gay para opinar sobre el atuendo cuco para la cena y la blusa sexy para el antro, recordé una anécdota maravillosa que, por falta de tiempo y desidia, no les había contado. Como nunca es tarde, les contaré lo que me sucedió en Xilitla en abril del año pasado.

El Cronopio y yo habíamos decidido hacer un viaje de una semana completa en el que nos pasaríamos el tiempo puebleando y conociendo lugares extraordinarios. Organizamos un viaje que comenzaba en Xilitla, pasaba por Real de Catorce y terminaba en Querétaro, en casa de su hermana, en total eran como siete días. Este sería un viaje más parecido a los viajes universitarios que a los sofisticados con miles de cambios de ropa. Por tal motivo, no convoqué ayuda y sólo engatusé a Nami, a quien no le queda de otra porque vive conmigo y pues es la cláusula trigésima octava del contrato de “mejores amigas”. Justo ese día habíamos invitado a Elka a tomar un vinito a la casa, así que la preparación de la maleta se llevó a cabo en medio de queso, pan y vino. Yo iba y venía de mi cuarto a la sala mientras les preguntaba a Elka y Nami qué me llevaba de ropa. Después de 2 botellas de vino, ni ellas me contestaban ni yo prestaba atención a las respuestas. Empaqué lo que pude y como pude: trajes de baño, un par de jeans, una pijama con la que me moría de frío, unas chanclas que se me rompieron en el viaje y dos pants. Al día siguiente me fui temprano, o tarde, no recuerdo.

Llegamos a nuestro primer destino: Xilitla. Después de pasear por el parque de sir Edward James y subirnos a todas la esculturas y tomar muchas fotos, cenamos en un lindo lugar y nos fuimos a dormir. Al día siguiente fuimos al Sótano de las Golondrinas, un lugar bellísimo en un pueblo que se llama Aquismón. Es una cueva, un abismo a la mitad de la nada con no sé cuántos metros subterráneos. Por las tardes, a partir de las 6.00 pm., comienzan a resguardarse ahí cientos de golondrinas y periquitos que llegan en parvadas y de pronto, en un brusco vuelo a pique, se sumergen hacia la cueva. Regresábamos de ese hermosísimo espectáculo y todo era bello: amábamos la naturaleza, estábamos agradecidos por haber presenciado aquello y todo era magia. Regresamos en la caja de una camioneta pick up, que tenía un techito mal puesto sobre unos soportes de metal oxidado y un asiento todo destartalado que nos hacía rebotar peor que reces, pero no importaba porque TODO era mágico, parecíamos drogados. En ese momento comenzó a diluviar. Al principio el diluvio era también obra de Dios y la naturaleza y agradecíamos y celebrábamos la lluvia, pero después de 20 minutos de viaje bajo el diluvio, tan fuerte que teníamos que gritar para escucharnos, parados y sosteniéndonos del techito oxidado, saltando para todos lados y muertos de frío, el diluvio comenzó a no ser tan atractivo y la naturaleza no tan benévola. Finalmente llegamos al hotel empapados de pies a cabeza y muertos de frío. En la recepción pregunté si tenían servicio de lavandería, como si me encontrara yo en el Sheraton o algo parecido, y evidentemente me mandaron mucho al carajo. De nada servía enojarme, aunque me acababa de quedar sin uno de los dos únicos jeans que llevaba y el viaje apenas comenzaba. “Bueno, es parte de la magia”, pensaba, y el siempre buen humor del Cronopio me alentaba a no enojarme: ya me pondría mis jeans sucios y lodosos y de, todas formas, él me veía linda, o al menos eso decía. Llegando a la habitación nos metimos a bañar. Yo intenté enjuagar los jeans y la playera para que de menos no estuvieran lodosos. Salí de bañarme y comencé a caminar por el cuarto, de pronto... me mojé los pies. ¿Por? ¿Qué pasa? Y comencé a darme cuenta de que el cuarto se había inundado completamente por la lluvia. La ventana del balcón no estaba bien sellada y por ahí había entrado agua. Busqué mi diminuta back pack universitaria y la levanté del suelo chorreando, mientras veía que la maleta del Cronopio estaba delicadamente subida en una mesita, totalmente seca. Comencé a sacar mi ropa absolutamente mojada y, mientras exprimía la pijamita que no me tapaba nada, pegaba de gritos y lanzaba improperios. El Cronopio, sereno como siempre, me preguntaba desde la regadera que qué me pasaba, y yo seguía gritando como loca.

Me amarré la toalla, era lo único seco que poseía en ese momento, y bajé hecha una pantera a la recepción. Argumenté que como la ventana del cuarto no estaba sellada de la parte de abajo, ellos eran responsables de toda mi ropa mojada y se las tenían que arreglar para que yo tuviera ropa seca. El tipo de la recepción me miraba con asombro y con cierto dejo de incredulidad, mientras yo seguía desviviéndome en argumentos retóricos para hacer valer mis violados derechos de huésped. Finalmente, dejé de gritonear y me subí al cuarto, en donde yacía el Cronopio con sus pants limpios y calientitos, tirado en la cama, fumando. Al entrar le provoqué un ataque de risa, mismo que hizo que mi furia aumentara. Le conté lo sucedido, vio toda mi ropa empapada, exprimida y extendida en todos los rincones del diminuto cuarto y mi tragedia le parecía muy cómica. ¡Claro que es muy cómica! Pero en ese momento ERA una tragedia y el Cronopio se reía de mí y me repetía acariciándome el pelo: “No te preocupes, Albititita, ahorita lo solucionamos, déjame terminar mi cigarro y lo solucionamos”. Debo aceptar que cuando el Cronopio dice “lo solucionamos” es porque lo va a solucionar y siempre lo soluciona. Así que se me relajé y me tiré en la cama... a seguir pensando en mi ropa mojada y, obvio, mal oliente. Tocaron a la puerta. No recuerdo si el Cronopio abrió o abrí yo con mi atuendo de toalla amarrada. La cosa es que, de pronto, de estar tirada en la cama tratando de relajarme, me encontraba en la puerta del cuarto, cubierta por el cuerpo del Cronopio que se interponía entre el hombre que tocó a la puerta y yo y que hacía ademán de detenerme para que no le saltara a la yugular al chico de la recepción, que me había dicho, muy quitado de la pena: “Usté es a la que se le mojó la ropa”. “Sí”, respondí muy enojada con mi toallita amarrada. “¡Ah!, y qué no era usté la que quería que se le secaran los jeans porque se mojó en la lluvia”. “Sí”, respondí sin saber a qué se debía este interrogatorio. “¡Ah! Y no será que usté solita mojó toda su ropa para que se la secáramos”.... ¡O sea! ¿Cómo? En este momento fue cuando el Cronopio tuvo que ponerse entre el hombre y yo, supongo que cuidado la vida del hombre. No recuerdo qué tantas cosas le dije al hombre, sólo recuerdo que finalmente se llevaron mi ropa y mi back pack, después de revisar detenidamente, y con mirada sospechosa, el hecho de que la maleta del Cronopio estuviera completamente seca.

El Cronopio me prestó una camiseta para dormir y al día siguiente me puse lo primero que se secó: unos pants delgaditos y una blusita. “Menos mal que, gracias a las botellitas de vino, empaqué pants a lo loco”. Me entregaron mi ropa, mal oliente pero seca. Me volví a enojar, quería empezar a gritar otra vez pero, una vez más, el estoico Cronopio me subió al coche y me metió una paleta en la boca. “Te van a boletinar en todo San Luis Potosí, Albititia, se reía, van a decir de ti: ‘Miren, ahí viene la señora que moja la ropa a propósito para que se la sequen’”, decía muerto de la risa. Manejábamos rumbo a Real de Catorce cuando retomé el tema de la ropa mojada y la lluvia. Le venía diciendo al Cronopio que a mí me gusta la lluvia para verla y para escucharla, desde una cabaña con chimenea y envuelta en una manta con un té caliente. Que no me gustaba mojarme y que incluso de niña me escapaba como podía de las guerritas de globos con agua. El Cronopio se reía cada vez más de mí. La carretera era muy linda y el Cronopio abrió el quemacocos para disfrutar el aire y el bosque. Al poco rato empezó a llover. El Cronopio no movía un dedo para cerrar el quemacocos y entonces lo quise cerrar yo, pero él lo abría, practicando su tan adorable pasatiempo: fastidiar gente neurótica, o sea, yo. En el pleito de abrir y cerrar el quemacoco, el Cronopio dijo entre risas: “No, Albititita, este debe ser tu viaje de aprendizaje y tolerancia. Tienes que aprender a mojarte y no encabronarte. Entre más te encabrones, más te vas a mojar”.

Besos y estrellas,

miércoles, 23 de abril de 2008

El erizo y yo somos uno mismo


"En calma el mar no creas, por sereno que lo veas”
(Anónimo)


Hace tiempo que quería contarles el acercamiento con el erizo, pero regresé de vacaciones y mi mail se desbordaba, al igual que mi escritorio y las llamadas pendientes. Ahora estoy un poco como “de pinta intelectual”, mi correo sigue desbordándose y mi escritorio está peor, porque ayer me entró la neurosis y decidí ponerme a archivar todos los papeles que nunca sé dónde guardar, razón por la cual llevaban unos seis meses en mi escritorio. En este momento siguen en mi escritorio, sin lugar, pero ahora están todos desperdigados y además hay folders, etiquetas, engrapadoras, diurex, tijeras y todos los menesteres necesarios para archivar. No obstante mi buena voluntad de archivar, esta mañana que llegué a mi oficina me encontré con que mis creativos están escuchando, a todo volumen, el próximo disco de La Quinta Estación. Como a mí se me dificulta mucho trabajar con ruido, mmm, perdón, música, decidí que me iría de “pinta intelectual”. O sea, no trabajo hasta que terminen de escuchar el disco. Así pues, mi escritorio seguirá en ese estado de desorden hasta que la voz de Natalia deje de sonar en la oficina. Entonces decidí que era el momento de contar la historia del erizo, aunque ahora tal vez ya no me parezca tan simpática como en las vacaciones. De cualquier forma, aquí va el relato de lo que he titulado: “El erizo y yo somos uno mismo, uh oh uh oh” (¡y bueno!, no me pidan mucho, tanto trabajar aquí ya me volví Totalmente Palacio ¡hasta para poner títulos!)

Resulta que en semana santa me fui de vacaciones a la playa, y a las ruinas y a Mérida y a no sé qué tantos lugares. Me confabulé con mi amiga Ale (amiguita de la oficina, para quienes no la conocen) para planear unas vacaciones, planeación que había comenzando en Egipto, de hecho. Ya estábamos armando un “paquete” para irnos a Egipto y yo ya estaba por entregar mis finanzas a Ale (que es rete ordenada con la lana y siempre tiene dinero) para ahorrar e ir a visitar LA única maravilla del mundo antiguo que sigue en pie. Cuando nos mandaron el itinerario y vimos que eran 9 días hábiles, nos dimos cuenta que era prácticamente imposible ausentarnos tantos días de la oficina, ambas, por lo que declinamos dicho plan y nos concentramos en organizar algo más factible y más cercano. Así fue como del sueño guajiro de Egipto terminamos en Cancún, pequeña diferencia. Se nos ocurrió contratar uno de esos tours en los que te traen en chinga todo el viaje. Diario nos levantábamos entre 6.30 y 7.30 am para que nos diera tiempo de desayunar y luego treparnos a un camioncito que nos llevaba a diez lugares por día, con guías sumamente interesantes que nos explicaban cosas importantísimas sobre los lugares visitados (favor de leer lo siguiente con tono de Boxito, ¡bomba!): “Del lado derecho se encuentra la Comercial Mexicana. Ahí podrán ver el pelícano que es el símbolo de la Comercial. Esta Comercial es conocida como ‘Comercial Terrazas’ porque... tiene terrazas. Ahí pueden encontrar de todo: jabón, frutas...” ¡SE LOS JURO DE VERDAD! Nuestro maravilloso guía comenzó a enumerar las cosas que se podían comprar en el súper. Miren que tener que ir hasta Mérida para que alguien me proporcionara información tan valiosa y tan desconocida para mí.

Sigamos con el erizo. Sólo teníamos un par de días libres en todo el tour. El tour empezó en Cozumel y ahí tuvimos el primero. A sabiendas que no tendríamos muchos, decidimos quedarnos ese día en el hotel a gozar del mar, el sol y la playa prácticamente inexistente: el mar comenzaba directamente en los cimientos del hotel, literalmente. No había forma de caminar rumbo al mar, mojarse los piecitos y jugar con las olas. No, el asunto era mucho más radical: te aventabas al agua o de plano no tocabas el mar. Las aguas cristalinas del Caribe Mexicano invitaban al snorkel, y, yo tan intrépida, apoyé la moción de ir a rentar el equipo y aventarnos al mar que tan tranquilito se veía. Rentamos las aletas, los visores y, como excelentes nadadores que somos, no rentamos chaleco salvavidas. El mar comenzaba, como se los he dicho, al borde del hotel. Es decir, uno caminaba un par de pasos desde la alberca y había unas tres escaleras que bajaban directo al mar. En el último escalón había una de esas escaleritas metálicas de alberca, cuyos peldaños, al estar sumergidos en el mar, estaban evidentemente cubiertos de moho y algas, lo cual hacía la escalera un lugar no atractivo para posar los piecitos. Al lado de la escalera mohosa habían muchas rocas. Yo, gran conocedora de la flora y fauna acuática, advertí a mis acompañantes de la enorme posibilidad de que en las rocas hubiera erizos, y de lo doloroso que podría resultar un piquete de tan lindo animalito, de tal suerte que mi sugerencia era permanecer alejados de las rocas. Finalmente nos metimos al agua a ver pececitos de colores. El mar estaba tranquilo, sin oleaje. No obstante, la ligera corriente lograba que la ausencia del chaleco salvavidas comenzara a sentirse. El novio de Ale fue el único que no se consideró acuaman y tenía su chalequito, mientras que Ale, Felipe y yo nos cansábamos cada vez más tratando de flotar. Las aletas pesaban y decidimos que era mejor quitárnoslas para flotar mejor. Fuimos a botar las aletas a las escaleras, cerca de las rocas. Estando ahí, noté que mi visor se empañaba y me instalé en la terca labor de limpiarlo, justo al lado de las rocas. En el momento en que yo tenía mis dos manos ocupadas en limpiar el visor, y mis pies desprovistos de aletas, se dejaron venir las únicas cuatro olas extraviadas de aquel maravilloso mar, mismas que decidieron jugar un rato conmigo y mis manos ocupadas.

La primera me dio un ligero aventón contra la escalera mohosa, misma que yo no iba a tocar ni borracha y modorra, antes perder la vida que la pulcritud. Ante mi negativa de sujetar la escalera, la siguiente ola volvió a darme un empujoncito juguetón como diciendo: “anda, anda, dale un abracito a la escalera, tan solita ella”. Y yo, volví a negarme, negación que realizaba únicamente con mis pies desnudos, porque mi labor era limpiar el visor. Finalmente, el mar decidió dejarse de arrumacos sutiles y me lanzó un buen empujón hacia la mugrosa escalera. Esta vez no iba a poder esquivar el moho y ante la incertidumbre de la que era presa mi mente (¿el moho o las rocas?) decidí desviarme hacia las rocas, en donde, ¿qué creen que hay? ERIZOS. Bastó un roce de mi pie para que el erizo se sintiera agredido, por mí que soy tan pacifista, ¡caray! ¿Por qué la agresión a ese punto? Me preguntaba en el segundo mismo en que sentí el tremendo dolor en el pie. Supongo que el erizo, con su diminuto cerebro de erizo, no entiende que la fortaleza de los intelectuales es el diálogo, no la agresión. Cuando me recuperé del juego maldoso de las olas, nadé para alejarme de las rocas y de la escalera culpable de mi desgracia. Con el visor en la mano y sin chaleco salvavidas, tomaba mi pie para sacarlo del agua lo suficiente para ver qué había pasado, la cosa es que cuando lograba sacar el pie, mi cabeza se hundía y se me metía el agua a la nariz. Volvía a sacar la cabeza, estornudaba y me volvía a agarrar el pie. Esta operación la repetí unas cuatro veces, hasta que entendí que sería imposible lograr un diagnóstico adecuado de mi pie si continuaba dentro del agua. Nadé a la orilla, y no me quedó otra que subir por la escalera que tanto había evitado. Ya afuera, vi mi pie sangrando y tres puntos negros que, según yo, eran las espinas del erizo clavadas en mi pie. Procedí a hacer lo que me dictó la lógica: presionar los puntos negros hacia fuera, como quien quiere sacar una astilla. Mucha gente me empezó a dar consejos: que me hiciera pipí (¡qué gente tan rara! Eso es para las aguamalas y ahora resulta que todo lo quieren solucionar con pipí), que me pusiera vinagre, que pusiera el pie en agua caliente. Yo lo que necesitaba era un médico, no remedios caseros. Me dirigí al lobby a buscar al médico del hotel, que obvio debería de estar en su oficina trabajando en domingo de semana santa.

Por supuesto no había doctor, pero el señor de la recepción ofreció localizarlo por teléfono. Mientras, yo estaba en bikini, toda mojada y con el pie sangrando en el lobby del hotel. La gente que seguía pasando a mi lado volvía a hacerme las mismas recomendaciones: agua caliente, vinagre o pipí. ¿Qué parte no entienden de que yo lo que tengo que hacer es sacarme las espinas del pie?, me preguntaba viendo a los ojos a la gente con cara de: “o sea, ¿¿de verdad piensas que con eso se me van a salir estas pinches espinas???” Hasta que no me aguanté más y se lo exterioricé al titular de la recomendación número vigésima segunda. Ante esto, él contestó muy seguro: “Es que ésas no son espinas. Esas se van a ir disolviendo poco a poco”. “Ah, ajá, perfecto. Ahora resulta que yo estoy tarada y no sé que los erizos TIENEN ESPINAS”. Obvio hice caso omiso del ignorante ese que me aseguraba que lo que yo tenía dentro no eran espinas de erizo. Finalmente Felipe tuvo en el teléfono al doctor, con quien yo no quería hablar porque ya estaba de por sí bastante contrariada, mojada y semi encuerada en un lobby por el que circulaba mucha gente. ¡Ah! y, para colmo, con la panza de fuera, ya que tanta contrariedad me distraía de esta tarea que tan bien nos sale a las mujeres de estar constantemente “metiendo la panza”. O sea que, por si fuera poco, gorda, ¿no?

“¿Quieres que te pase al doctor?”, me pregunta Felipe con ojitos de preocupación. “NO”, fue mi monosilábica y contundente respuesta. Entonces Felipe le contó al doctor la triste historia del piquete de erizo. Después de escucharlo, Felipe me cuenta:

F:“¡Ah!, dice que no pasa nada”
Yo: “¿Qué? ¿Cómo que no pasa nada? Tengo la chingada espina ahí metida.”
F: (al teléfono) “¿Que cómo que no pasa nada si tiene las ... espinas en el pie?”
.... silencio
F: “Que no, que no pasa nada. Que si quieres ir a consulta vayas, pero que no pasa nada, que ésas no son las espinas y que se te van a ir disolviendo solitas”.
Yo: (No manches, el doctor también es imbécil) “¿Cómo que ésas no son las espinas? Entonces ¿qué hago?, ¿me tomo algo o qué?”
F: (al teléfono) “¿Que qué se puede tomar?”
... silencio
F: “Que te tomes lo que quieras, o que no te tomes nada, o que vayas a consulta si quieres pero que no tienes nada, no te pasa nada y eso se va a disolver solito”.

En el inter, David, el novio de Ale, estaba hincado en el suelo del lobby, también mojado y semi encuerado, y con panza de fuera y todo, aunque creo que eso a él no le importaba tanto, y observaba detenidamente mi pie. “Es que, Alba, no creo que sean las espinas” (¡chale con esta gente! ¿¿¿¿¿¿¿CÓMO NO VAN A SER LAS ESPINAS CARAJO SI LAS ESTOY VIENDO Y ME ESTÁN DOLIENDO??????) “No, David, claro que son las espinas”, contesté con cariño porque pues al David si lo quiero, no era los dieciocho meseros que pasaron insistiendo en que Felipe se hiciera pipí sobre mi pie. Entonces le dije a Felipe que subiría al cuarto a llamar a mi tío Felipe (que sí es médico) y que él me diría qué hacer. Subimos todos al cuarto y, mientras yo hablaba con el tío Felipe, el otro Felipe se dedicaba a torturarme sumergiendo mi pie en una hielera con agua caliente. El tío Felipe me dijo que no sabía mucho de erizos ni de piquetes de erizos, pero que le quedaba claro que me tenían que sacar las espinas porque sino luego hacían unos abscesos tremendos. Miré al Felipe torturador con cara de “¿ya ves? El otro médico era un inepto y un negligente, mi pobre pie se engangrenaría si yo le hacía caso a un doctor tan poco preparado”. El tío Felipe me dio los teléfonos de unos médicos que viven en Cancún para que fuera a consulta con alguno de ellos, PERO al parecer los médicos son todos una bola de negligentes que se les ocurre irse de vacaciones en semana santa.

Como no encontré a los médicos recomendados por el tío Felipe, le dije al otro Felipe que yo me iba a sacar las espinas como pudiera, que por favor me mandara pedir a recepción uno de esos costureritos que traen dos botones y un par de agujas, que consiguiera un par de curitas y un encendedor para esterilizar la aguja. Yo era muy docta en la extirpación de espinas, como se podrán dar cuenta, igual de docta como para saber que en las piedras puede haber erizos y, por ende, acercarme directamente a ellas. Saqué el pie de la tortura caliente y David comentó: “¿Ves? Ya se te está quitando”. Mmmm... Ok. Tenía un punto, en realidad las tres espinas estaban empezando a disolverse y ahora se veían como tres moretones negros con un puntito en medio. Comencé a dudar un poco sobre la “negligencia” del doctor vía telefónica y examinaba detenidamente el pie, junto con David. Felipe estaba buscando los elementos necesarios para la cirugía menor que yo iba a practicar en mi pie. Entonces David me explicaba cómo y por qué a él le parecía lógica la explicación de los “lugareños”. Empecé a dudar. Recordé lo que había dicho el tío Felipe “yo no soy especialista en erizos, gordita”. Entonces, alguien debe ser especialista en erizos, ¿no? (Sí, por supuesto, EL doctor del hotel que habló por teléfono con Felipe y que desde un principio le dijo que no pasaba nada). No obstante, yo quería una opinión de alguien que, a mi parecer, supiera de erizos. Entonces le llamé a tío Beto, que es nutriólogo, y pues seguro algo tiene que saber de erizos, yo sé que en la carrera de nutrición llevan un semestre de erizología. Pues el tío Beto, negligente como todos, de vacaciones también. En lo que continuaba pensando a quien llamar, las para estas alturas manchas, ya no espinas, realmente estaban desapareciendo. De pronto, me llegó la iluminación: el papá de Nami seguro sabe de erizos. ¿Por qué? Pues porque es médico (proctólogo, médicos con amplia experiencia en el campo de la erizología); es japonés (nació en México y creo que nunca ha pisado Japón) y en Japón hay mar, y seguro erizos; es acupunturista, o sea que sabe de agujas (que son como las primas hermanas de las espinas de los erizos) y, por último, conoce de medicina alternativa, así que si no me sacaba las “manchas”, seguro me recetaba un mantra para que me tranquilizara. ¡Ah! Se me olvidaba, mientras, Felipe me toma fotos ¿?

Con todo este sesudo razonamiento por delante, le llamé al papá de Nami, Mr. Miyaghi, pa los cuates. La verdad es que cada vez que cuento mi razonamiento, por supuesto que la gente se ríe de mí, incluyendo al papá de Nami. PERO, él fue el único que me explicó qué pasaba, qué podía pasar, por qué no eran las espinas sino un recubrimiento que tienen las espinas (que es como un arma blanca que usan los erizos antes de soltar completamente toda su agresividad contra el sujeto pasivo, o sea, yo), por qué se iban a disolver y cómo y, como método preventivo, me dijo que me tomara un dolac por si las dudas. También me recomendó preguntar a los lugareños qué hacer, “a veces esa gente, que ve esto a diario, tienen remedios caseros como vinagre para quitar los síntomas”. (¡Ah!, sí, claro, me lo dijeron dieciocho meseros y un doctor).

Finalmente bajé del cuarto, con el pie hinchado pero las manchas a punto de desaparecer. Me tiré un rato al sol al lado de Ale, mientras me ponía vinagre en los piquetes, y Felipe y David se fueron por el mejor remedio casero: unos vodkitas con jugo de arándano. Le mandé un mensajito a mi madre para advertirle sobre el piquete de erizo, ya que para obtener el celular del tío Beto, le llamé a la tía Alicia y le conté la aventura. Así que supuse: mi tía se lo comentaría a mi madre y mi madre, como buena madre, tomaría un avión a Cozumel para cuidar a su hijita y se encargaría de contratar un asesino a sueldo para matar al erizo, porque ella al mar no le entra, sino, lo mataría ella misma, me queda clarísimo. Entonces, para evitar asesinatos a mano armada de la pobre fauna marina, mejor le informé lo siguiente: “Ma, me picó un chingado erizo. Estoy bien”. A lo que mi madre contestó: “Mi vida, TE DIJE QUE TE CUIDARAS”, mensaje que provocó muchas carcajadas de Ale y mías.

Al poco rato, un par de horas después, mi pie estaba como nuevo. El mar volvía a estar tranquilo y el equipo de snorkel estaba ahí tirado, junto a nosotros. Así que, tomamos los visores, las aletas, UNOS CHALECOS SALVAVIDAS, y nos dispusimos a entrar al agua otra vez. Mientras me ponía las aletas en mi pie medio hinchado todavía, pasó un gringo y preguntó por mi pie (cosa que sucedió toda la tarde y al día siguiente. La gente me veía pasar e inquiría por la salud de mi pie, hasta una niña de unos 6 años preguntó por mi pie. Supongo que la gente decía: “Mira, ahí va la señora panzona a quien picó el erizo”). Después de contestarle al gringo que mi pie estaba recuperándose y enseñarle que ya casi no se notaba, me preguntó: “Y... ¿de verdad te vas a volver a meter?”, a lo que contesté: “Oh, yeah! We are friends, the urchin and I”... O bien “El erizo y yo somos uno mismo... uh oh uh uh oh”

miércoles, 12 de marzo de 2008

Extravagancia

“El traje denota muchas veces al hombre”
Shakespeare


Querida mini audiencia, 

Primeramente quiero agradecer enormemente los buenos comentarios que he recibido sobre mi moquienta asistencia al Congreso y la propagación impune de mi virus. Ahora procedo a compartirles otra reflexión, en esta ocasión sobre mi gusto por los eventos con alfombra roja, en los que puedo lucir mis escandalosas ropas, que compro muy a pesar de ser abogada y de tener consciente el hecho de que eso debería llevarme a usar exclusivamente trajes sastres de colores oscuros, collares sencillos de perlas y, con mucha suerte, little black dresses en los eventos de alfombra roja. 

La última vez que me llevaron a un evento de alfombra roja usé unas botas rosas de gamuza que tienen unas estrellas color rosa mexicano a los lados y un peluche igual de rosado alrededor de la bota, en la pantorrilla. Las botas las compré en la Zona Rosa (¿Dónde si no?) y siempre las combino con una chamarra de piel de conejo, igual de rosa y una bolsa, muy rosa, también de peluche, ambas compradas en Argentina. Yo simplemente soy muy feliz con este atuendo rosa rosa, pero ese no es el punto. El punto es que precisamente por esto es que mi amigo Ro decidió no invitarme al evento de Argos de alfombra roja y yo simplemente me lamento de ese suceso, no por otra cosa sino porque pierdo oportunidad de usar las botas rosas. Ahora que lo recuerdo, en diciembre pasado ocurrió un suceso muy simpático relacionado con mi atuendo escandaloso y, aunque ese tampoco era el punto, voy a referírselos sólo para que se den cuenta de que esas botas rosas, al día de hoy, son mi versión discreta. 

Resulta que era mediados de diciembre y yo me encontraba con un millón de compromisos, con y sin alfombras rojas. Como siempre he gustado de ser ajonjolí de todos los moles, me las ingeniaba para asistir de menos a dos de los compromisos del día. Así pues, ese día tuve una comida y en la noche una posada en casa de mi amiga Isabel. Como es de suponerse, para agregar más complejidad a la época decembrina, la comida era en Altavista y la posada en Satélite. A sabiendas de que la posada sería en el jardín y de que corría el riesgo de congelarme, pasé a mi casa a cambiar mi sexy blusita por un suéter de cuello de tortuga y una chamarra. Aproveché para pasar a cenar unos taquitos en lo que esperaba a Cristina. Cristina llegó y yo procedí a mostrarle mi casa; ella vive en España y hace mucho tiempo que no le enseñaba mi casa: los nuevos baños, la puerta pintada por la tía Karima, la gata azul salvaje, pintada por Gwenn-älle en la barra oculta de mi cocina, el piso nuevo, la alfombra, las piedras de río en los pisos de los baños, todo muy original y muy artístico. De ahí nos fuimos al súper a comprar una botella de ron y, cuando me di cuenta que llevábamos casi tres horas de retraso, y yo llevaba los dulces para la piñata, le llamé a Isabel para comentarle que ya íbamos para allá. Isabel me dijo que me apurara mucho porque ahí había una “personita” que tenía muchas ganas de verme y que sólo se estaba esperando un rato más para verme. Ante tal amenaza, Cristina y yo aceleramos el paso y montamos en la rauda y veloz Mafalda rumbo a Satélite. Por fin llegamos a casa de Isabel, casi tres horas después. La “personita” era una chica que se llama Erika, misma a quien yo, evidentemente, no recordaba. Cuando me vio, me abrazó mostrando una sincera emoción, mientras yo escudriñaba los recuerdos de mi adolescencia para ubicar su cara, su nombre, su timbre de voz, algo, algo que me llevara a mostrar la misma emoción. Al no encontrar nada, me limité a contestar: “¡Ay! ¡Qué gusto!” Y ella procedió a hacer el siguiente comentario: 

- “¡No!, pero, ¡no puede ser! ¿Qué te pasó? ¿Qué le pasó a tu ropa? ¡Estás muy seria! Si eras mi ídolo por vestirte como te vestías”. 

Yo traía unos jeans ajustados, un suéter azul celeste y una chamarra de piel color hueso, corta, ceñida, con cuello de conejo, atuendo que no se me hacía del todo discreto. Es más, la primera vez que llegué con esa chamarra a la oficina, Mari adoptó mi apodo de Bratz. Yo seguía intrigada, pero ahora por dos cosas: ¿Quién era esa chica? Y ¿De qué ropa estaba hablando?

Nos sentamos a degustar un ponche con ron, y ella, con mirada escrutadora y copa en mano, no dejaba de preguntarme por mi atuendo actual. Insistía mucho en lo “seria” que me había vuelto. Luego volteaba a ver a su esposo con aire teatral y decía:

—“Mi amor, ¡es que tenías que verla! Usaba unas mallas negras con símbolos de amor y paz en blanco… ¡y encima se ponía shorts de mezclilla!”

—“Ah, claro…” pensé. “¿Cómo olvidarlas?”

Aunque, honestamente, mi mente las tenía cuidadosamente archivadas en lo más oscuro del subconsciente, justo al lado de la identidad de esta mujer que parecía recordarlo todo de mí, mejor que yo misma.

—“Pero, ¿por qué tanta seriedad?” Otra vez la pregunta. Otra vez el ponche. Yo solo atiné a decir:

—“Es que me hice abogada.”

Pero por dentro pensaba: y soy probablemente la abogada con el guardarropa más insurrecto sobre la faz de la Tierra.

Y entonces, otra bomba:

—“¿Y el abrigo largo de pelos?”

Cristina, que ya estaba tomando su ponche tranquilamente, casi lo escupe y suelta una carcajada digna de ceremonia de premiación.

—“¡Claro, güey! ¡Ese abrigo espantoso que tenías! De esos de oveja, con pelos en las mangas y en el cuello.”

—“¡Bueno! Primero que nada: era de mi mamá. Y además, ¡muy calientito!”, respondí con dignidad herida. ¡Tan lindo que era! ¡Herencia de mi madre! Mi papá se lo trajo de París, para que luego mi madre se lo prestara a una novia de él (sí, de mi papá), cuando se fue con ella a París, para que no se muriera de frío. ¿Ven? En mi familia, la inclusión es parte del sistema operativo.

Un rato después llegó Isabel a la mesa. Y Cristina, con la eficiencia de un noticiero sensacionalista, la recibió con:

—“¿Te acuerdas del abrigo horrible de esta vieja? Ese lleno de pelos por todos lados.”

Isabel no tardó ni medio segundo en soltar otra carcajada:

—“¡Claro! Pero, ¿qué tal las botas de Pretty Woman?”

Todos rieron. Yo pensé: Divinas, mis botas de Pretty Woman. ¿Qué tanto escándalo? Y si les impresionaban esas, ¡mejor ni les cuento de las que tengo ahora de pelos rosas! Mucho más bonitas, si me permiten decirlo.

Y así fue como, de pronto, la conversación de una mesa de seis exliceos giró alrededor de mis “exóticos atuendos”. Lo curioso: ¡todos los recordaban mejor que yo! Me divertí muchísimo y agradecí además haber dejado huella, aunque fuera por atuendos poco ordinarios. Recordé las famosas mallas  y otras que tenía, unas psicodélicas de mil colores, que me ponía con unos shorts rotos justo de atrás para que lucieran mejor las mallas, una falda larga color hueso con campanitas cosidas a mano, que usaba mientras cantaba el coro de Ojalá con pose de trovadora urbana.

Luego de una hora entre ponche, nostalgia y burlas estilísticas, volteé a ver a Erika y, con mi habitual falta de filtro, le solté:

—“¡Ya me acordé perfecto de ti! Es que en el liceo pesabas como 10 kilos más.”

Yo, sinceramente, lo dije como piropo. Le estaba diciendo que ahora estaba delgada. Pero, al parecer, el resto de los exliceos no lo percibió igual. Todos rieron a carcajadas y alguien gritó:

—“¡Hay cosas que nunca cambian! ¡Qué onda con tu tacto de elefante!”

Y, honestamente, no entendí nada. Si alguien me dijera: “Oye, no te reconocí, ¡estás 10 kilos más delgada!”,  lo invitaría a cenar donde quisiera. Aunque, claro, nadie me va a decir eso, porque peso exactamente 7 kilos más que cuando salí del liceo. Y aún así, cuando alguien me dice que estoy "repuestita" o que he "embarnecido" o incluso los más aventados comentan sobre el "crecimiento desmedido de mis atributos",  lejos de ofenderme, ¡me da mucha risa! No me queda otra mas que contestar que sí, que no hago dietas todo el tiempo, que la gula es uno de mis pecados favoritos. Que mis 7 kilos son cortesía de los buenos restaurantes, los bares más hot del momento y de los mejores puestos de sopes y quesadillas que frecuento con más regularidad de la que mi querido amigo Ro pisa las alfombras rojas, todo él sofisticación.

Así las cosas, amigos. Yo venía con la intención de hacerles una reflexión profunda sobre los nuevos siete pecados capitales (tema que me ha causado una fascinación reciente porque me pregunto mucho el proceso legislativo para incorporar pecados al catálogo bíblico) pero bueno, una se distrae con lo que sea: ¡miren, un coche rojo!

Y es que sí: por más rebelde que me considere ahora con mis botas rosas, blusas chinas, palitos en el pelo y minifaldas, antaño lo fui aún más. No por seguir una moda, ¡sino porque la moda es expresión! La moda está viva, sirve para confirmar quién eres, a qué tribu urbana perteneces, en dónde pones tu foco de atención, hacia dónde vas en la vida. 

Usaba botas de charol hasta la rodilla. Y eso, aunque muchos lo consideraran una ofensa estética, me convirtió, quiero pensar, en el ídolo secreto de alguien que seguramente decía: “¡Dios mío! ¡¿Cómo se atreve a salir así?!” Y, sin duda, resultaban sumamente atractivas para el sexo masculino. Hoy uso botas rosas, con chamarra rosa, mi discurso es: "lo que ves es lo que hay, ¡y no hay poco! Hay escándalo, hay atrevimiento, hay soltura, hay expresión propia"; todo lo anterior no te lo dice un aburrido outfit old money y un portafolio Hermès.


Besos y estrellas
Aura.