jueves, 3 de mayo de 2007

Amores Universitarios

"Aquél a quien guía la pasión, no llegará lejos"
Vardhama


Permítanme contarles, en una versión lo más breve que mi mínima capacidad de síntesis me permite, la épica historia de mi amor platónico universitario. Pero antes, recordemos por favor que en la universidad fui la encarnación del romanticismo, así en su versión más dramática y obviamente desinformada. Eso de tener un "amor platónico", aunque claramente esté mal aplicado el término y  Platón está harto de retorcerse en su tumba por todos los que lo usamos mal, me hacía sentir como la protagonista de una telenovela de bajo presupuesto que al menos tiene a alguien por quien llorar con dignidad... o más bien, sin ella.

Este gran amor fue el legítimo titular de los derechos autorales de mis escasas pero absolutamente vergonzosas borracheras universitarias y el responsable directo de que yo hiciera lo impensable: levantarme dos horas antes —sí, DOS— para elegir los pants más sexys (una categoría discutible) y maquillarme como si fuera a una alfombra roja, todo para llegar a clase como un bombón recién horneado. ¿El resultado? Él ni me miraba. Inmune a mis encantos. Ciego. Etéreo. Mientras tanto, mis compañeros, que claramente no estaban en esta telenovela o tenían su amor platónico en otro lado, llegaban en pants raídos, lagañas incluidas y con la gracia de elefante rosa de Dumbo.

¿Quién era este amor platónico académico? Mi profesor de Filosofía del Derecho. Alto, elegante, con unos ojos verde agua que probablemente inspiraron más de quince poemas mal logrados, cabello castaño oscuro con ese largo descuidado que grita “soy profundo pero casual”, doctor en filosofía política, sonriente, políglota y con un talento sobrenatural para resistir cualquier tipo de coqueteo. Una muralla emocional. Y yo, por supuesto, en mi versión de Lolita con ojeras, creyendo que un día se fijaría en mí. 

No obstante,  la vida,  gran dramaturga con gusto por los giros argumentales poco sutiles, siempre tiene una sorpresa bajo la manga. Pasaron los años y, sin darme cuenta, me descubrí divorciada, atrapada en un trabajo que me provocaba depresión existencial, sola (había terminado con el buen Che) y, muy probablemente, cruda como sushi. Era un viernes y había menos trabajo que el habitual. Ahí estaba yo, sentada en mi escritorio, con una lista interminable de pendientes que en realidad se reducían a ver cómo las manecillas del reloj daban vueltas con una lentitud humillante, mientras fingía interés en no dormirme de cara al teclado. Fue entonces cuando mi mente, siempre más eficiente que mi entorno laboral, decidió entretenerme con recuerdos: aquellos amores antaños, deslucidos por el tiempo, pero aún con cierto brillo en la nostalgia y, entre todos ellos, claro, apareció él: mi amor platónico filosófico.

En un impulso que solo puede explicarse por la mezcla exacta de soledad, nostalgia, enamoramiento pueril y romántico y aburrición de viernes, abrí Google, escribí su nombre y... ahí estaba. De primera intención, sin rodeos: el destino ya no sabía cómo hacerme entender que quería que lo buscara. Le mandé un correo. Lo respondió. Le mandé otro. También respondió. Al tercer intercambio, ya nos habíamos puesto al corriente de nuestras vidas. O mejor dicho, de la parte de nuestras vidas que realmente nos interesaba: yo ya no era aquella universitaria con brillo labial y esperanzas y él ya no era el inalcanzable académico intocable, ahora éramos los dos uno más en la fila de los divorciados.

¡Una sincronía casi poética! Quedamos de vernos para cenar. Porque, si la vida va a sorprenderte, siempre debe haber una copa de Pinot Noir para recibir esa sorpresa. Eligió un restaurante en la Condesa: velas tenues, manteles largos y camareros que hablan en voz baja como si todos fueran confidentes de una historia secreta. Yo, por supuesto, llegué antes. No podía evitarlo. Me comía las uñas con una ansiedad adolescente que no correspondían con mis recién estrenados treinta años ni con mi nuevo y calculado maquillaje de "me veo bien pero no me esforcé", tan diferente a aquél de la universidad. Decidí que la única compañía digna de semejantes nervios era un Pinot Noir: profundo, elegante, como la noche, como lo recordaba a él.

Lo vi entrar puntualísimo y me paralizó. Suéter negro de cuello alto, ceñido lo justo para delatar una espalda amplia y un abdomen digno de Photoshop, pero real, envidia de cualquier treitañero. Jeans oscuros, sin pretensiones y una gabardina que le daba un aire de espía intelectual. El cabello: el mismo rebelde que yo había observado con devoción desde la tercera fila del aula de Filosofía del Derecho, pero ahora con algunas canas distribuidas estratégicamente, como si hubiera contratado a un estilista.

Tenía más de cuarenta, sí, pero lo llevaba con una testosterona digna de estudio médico. Y la mente... Dios. Una maestría más, un nuevo puesto, una conversación que alternaba entre Kant y sarcasmo con una fluidez que solo da el tiempo y el ego bien cultivado. Me escuchaba, se reía, respondía, y yo, entre sorbo y sorbo, pensaba: “¿Cómo puede alguien ser tan guapo y hablar de esta manera?” Nami a veces me decía que yo tenía el clítoris en los oídos. 

Después de los saludos, anécdotas superficiales y algunos “¿qué fue de fulanito?”, la conversación viró de manera natural, casi científica, hacia lo inevitable. En un momento entre risas, miradas sostenidas y recuerdos compartidos, lo dijimos con total naturalidad: teníamos, al menos, cuatro años de sexo pendiente. Y era momento de saldar cuentas.

Nos fuimos a su departamento, durante el viaje en coche yo pensaba: "las dos horas de arreglo personal antes de clase sí dieron frutos, no fui completamente invisible, ciertamente". 

El trayecto fue un intermedio eléctrico: hablando de libros, del clima, de lo caro que está el vino, cosas triviales que apenas disimulaban la expectativa que se respiraba entre los silencios. Al llegar, su casa, un pent house en Polanco, era exactamente lo que imaginaba que sería: sobria pero con detalles muy íntimos, libros por todos lados, un sillón cómodo, buena iluminación. Y él, en su cocina, preparando vodkas con precisión quirúrgica, mientras hablaba sobre cómo últimamente había redescubierto la música de Nick Cave. Yo solo podía mirarlo y preguntarme cómo era posible que este hombre, que durante años pensé que ni me registraba, estuviera ahora a metros de mí, sacando hielo del congelador y exprimiendo limones mientras se apartaba el pelo del rostro con sus manos grandes y bien cuidadas. De reojo, me sonreía y sus ojos me explicaban silenciosamente todo lo que estaba a punto de suceder. 

Y entonces, como si necesitara confirmar que todo era real y no producto de una fantasía inducida por la botella de Pinot Noir y años de represión romántica, saqué el celular y le mandé un mensaje a Nami, la cotitular oficial de mis borracheras universitarias.

—"No tienes una idea dónde estoy y con quién"
— "¿Qué? ¿Dónde? ¿Qué pasa?"
— "¡No me lo vas a creer!"
— "Dímelo ya, me estás poniendo nerviosa"
— "¡Estoy en casa de R. E.!
— "¿RE?" 

Me marcó inmediatamente y del otro lado de la línea solo escuché un grito ahogado y una risa que sellaron la escena con el tono justo: el de lo increíble, lo impensable, lo deliciosamente cierto.

Después de un par de vodkas se acercó; sentí que el deseo acumulado durante tantos años de coqueteos insurrectos iba a manifestarse en ese momento en un torrente de excitación superlativa, para después descansar placidamente sobre la alfombra de esa amplia estancia a media luz. Entonces, sucedió lo inesperado; aquel hombre de maravillosa espalda, de dientes perfectos, de brazos torneados por horas de gimnasio, de mente brillante y tesis doctoral con mención honorífica, comenzó a emitir sutiles gemidos femeninos. Al principio eran sutiles y yo pretendía no darme cuenta, aunque debo confesar que me desconcentraron del orgasmo que estaba disfrutando por adelantado. Después, cuando pasamos a ocupar una afable posición horizontal sobre la alfombra blanca de la sala, los gemidos eran definitivamente notorios y me parecían poco agradables, le estaban restando testosterona a este irresistible macho alfa con físico de revista. Yo olvidé la concentración en el futuro orgasmo, esperado por casi diez años, y también en la hermosa espalda y en los bien torneados brazos y en el pelo rebelde y los ojos verdes, solo podía concentrarme en los sonidos que ese hombre, mi amor platónico universitario, estaba emitiendo cada vez en decibeles más importantes. Finalmente, ¡terminé por estar pensando solamente en esto! Hecho que terminó por descomponer totalmente ese primer encuentro, no hubo orgasmos ni agitación. 

Al día siguiente, abrí los ojos con una maravillosa vista a la Ciudad de México, en ese lujoso pent-house en Polanco, con café caliente y pan dulce sobre la mesa de noche. Mi recién ganado trofeo, mi tan deseado amor universitario, se acercó con aire seductor a mi cuerpo desnudo y mi memoria auditiva se disparó a una velocidad indescriptible, haciéndome presa del recuerdo de la noche anterior. Como no estaba dispuesta a perder la mejor oportunidad que me brindaba la vida en materia de amores, de inmediato abordé el tema con encanto sutil, hasta que llegamos a una buena negociación sobre los gritos y gemidos.  

Lo que ha seguido después de esto, queridos lectores, ha sido sin duda el festejo más grande de la vida y las ensoñaciones candorosas. Meses de felicidad abstracta, simple y sofisticada a la vez, una felicidad minimalista, llena de elegantes accesorios sin nada que ensucie el escenario. Muchos bares y restaurantes de moda, fines de semana de vino, sexo, pláticas, paseos de la mano por el parque, exposiciones de arte, cine, desayunos, sombras del pasado que empezaban a asomarse, explicaciones tardías, corazones no listos para un siguiente paso, retazos de un divorcio, terapias, adioses, mi maleta con ropa interior traída de Italia empacada con todos mis remordimientos, ¡lo estoy dejando ir! ¡Lo estoy dejando ir! ¿Por qué no puedo dar el siguiente paso? ¿Qué me detiene? ¿Qué me acongoja? Todo es perfecto. Esto decía mi razón; esto no decía mi corazón, no sé por qué, "estamos anestesiados", lo escuché decir sigilosamente un día que me desperté en su pent-house, durante la madrugada para ir al baño. Regresé a la cama, me abracé a él, anestesida, como mi corazón. Sexo por la mañana, hasta ansiaba los gritos y gemidos de los que sutilmente me había quejado meses atrás. Reposa el deseo, percibo su aroma, aspiro profundamente, quiero que mi memoria olfativa se llene de él, conserve ese aroma para siempre en mi recuerdo. Hasta pronto, oasis de intelectualidad y sensualidad encontrado entre tanta simpleza, ¡gracias por la lencería verde! ¡Gracias por tus ojos verdes! ¡Gracias por la imagen de ese suéter negro de cuello alto y la gabardina! ¡Gracias por el romance! ¡Gracias por el Poujol! "¡Gracias por el fuego!", ¡Gracias por todo el desamor universitario y este breve pero imborrable amor maduro! 

Siempre, 

Alba. 

viernes, 23 de marzo de 2007

Jiu Jitsu, arte marcial para mujeres

"El ataque por engaño es especialmente el ataque del maestro".
Bruce Lee

Ayer decidí quedarme a tomar una clase de Jiu Jitsu brasileño en el gimnasio al que asisto regularmente. Conforme se acercaba la hora, vi que llegaban hombres y más hombres, altos, fornidos, corpulentos, mucha masa muscular y ninguna otra mujer. A los diez minutos llegó otra curiosa y detrás de ella, una más: éramos tres contra 10. El profesor (1.80, 90 kilos de músculo, mucha testosterona) nos hizo el favor de explicar brevemente qué era Jiu Jitsu, para los nuevos. Comenzó su explicación diciendo que era un arte marcial adecuado para las mujeres, ya que no implicaba solamente combate sino el arte de inmobilizar al contrincante; por lo tanto, era un arte marcial de defensa personal apto para todos los géneros y tamaños. Al aprender cómo inmovilizar al contrincante, habíamos ganado la mitad de la contienda,  ya que (aquí hizo una pausa y me dirigió una mirada) “¿como cuánto pesas?”, me dijo señalándome con su enorme mano. 

—¿Yo? Bueno... 50 kilos —mentí descaradamente. Antes muerta, inmobilizada por el contrincante y con el ego por el suelo que admitir la verdad y que alguien diga: gorda. 

El maestro, muy en su papel de Einstein cinta negra, procedió a la clase magistral de física aplicada al combate:

— "Si las leyes de la física no se equivocan, su compañera no puede defenderse de alguien de 80 kilos con pataditas. Un golpe puede doler, pero el contrincante golpeado puede seguir atacando. En cambio, un codo se rompe con una presión de solo 4 kilos. Y con un codo roto, ya no peleas ¿Ves a lo que me refiero?"

Yo solo asentí con la cabeza, como si eso me hiciera más letal. ¿Romper un codo? Mi mayor logro físico del día de ayer fue un ball change con dos pivotes y un split elegantísimo en la clase de jazz, de ahí, ¿a dislocar extremidades? Hay un abismo de arnica y películas de Marvel de por medio. 

El profe siguió: 

- "Es como si te subes a un Mini Cooper y te estrellas contra un tráiler a toda velocidad". 

Diez minutos de clase y ya me estaba llamando Mini Cooper. Excelente. Todo lo que quería: ser un automóvil compacto con complejo de Godzilla. 

Y ahí empezó el calentamiento infernal. Yo ese día había elegido una clase de Body Balance, ya sabes, cobra, estiramientos, paz interior, mantras de fondo, meditación al final y de pronto: "hagan dos líneas y marometas de un extremo al otro del salón". ¿Marometas?, la última vez que hice una tenía dientes de leche, me parece. Rodé como panda cuatro veces, de un extremo al otro. 

- "Excelente, 60 lagartijas" (¿Perdón? Yo me caigo después de 5). 
- "¿Las puedo hacer con las rodillas en el piso?" 
El profe me dirigió una mirada despectiva y yo ... hice 5 lagartijas.  
- "Ahora, caminatas en cuatro patas (sin comentarios) y saltos de rana". 

¿Todo aquello para llegar al objetivo del día: aprender a asfixiar a alguien y dislocar un hombro? 

La técnica del hombro me salió medio bien (bendito seas, contrincante con cuerpo de Jetta), pero después, cambiamos a la asfixia. Y me tocó con el maestro: El tráiler humano.

El profe se tira al piso y me dice que vamos a aprender la técnica desde ahí. Claro, no quiere que nos matemos aprendiendo a derribar al contrincante, mejor vamos directo a lo bueno. En el piso me dice: 

- “A ver, súbete como si quisieras apretar mis costillas con tus piernas”. Romántico el asunto.

Yo obedecí como buena karateca en formación. Me subí y claro, mis rodillas ni tocaban el suelo de lo grande que era este hombre, tuve un ataque de risa. Estaba como flotando sobre una montaña humana. Me imaginé la escena de mi combate en la vida real. El atacante se acerca a mí con velocidad y yo interrumpo: "oye, espera, antes de que sigamos ¿te puedes acostar aquí un segundito? Es que sin eso, no sé asfixiarte bien".

El profe me acomoda: 

- "Pasa tu brazo derecho por debajo de mi cabeza, presiona con tu cabeza, agarra tu bícep con la otra mano..."
- "No alcanzo".
- "Es que tienes que acercarte más".
¡Ajá! ¡Un caballero este tráiler! ¿Y ni siquiera un beso para acercarme más? ¿Me voy a acercar tanto a mi contrincante? ¿Y si no es tan guapo como este hombre tráiler?

Hice lo que pude. Toqué mi bícep (milagro) y luego traté de llevar la otra mano al oído. Me sentía haciendo yoga versión MMA.

— "Aprieta", ordenó.
Y yo apretaba, con todo mi ser, con mis poderosos 50 kilos, todo un colibrí con uniforme.
- "Más fuerte". 
- "¡Estoy usando todo el peso de mi cuerpo de Mini Cooper!" Pero el tráiler apenas bostezaba.

Me acordé de mi amiga Andrea que una vez, hablando de un ex mío igual de grandote, dijo:
- "¿Y tú qué hacías? ¿Te trepabas como lagartija en piedra?"

Y sí, justo en ese momento eso era yo: una lagartija haciendo cosplay de luchadora profesional.

Miré el espejo: otra chica intentaba lo mismo, pero con un tipo aún más grande y ella estaba abajo, él era el asfixiador, totalmente inequitativo ese equipo. Yo decidí retirarme, con dignidad, claro. Apreté, apreté, apreté hasta que sentí la palmadita en la espalda en señal de stop, supe que había terminado la tortura. Solté al maestro, rodé dramáticamente, quedé boca arriba jadeando como si hubiera corrido un maratón, el profe ni despeinado estaba, y gentilmente otro alumno no tan tráiler se acercó a levantarme.Y entonces, ¡empezó el combate!

El compañero me pregunta:
- "¿Quieres intentarlo otra vez?"
- "Por supuesto que no, querido. A ti sí te mato fácilmente", le dije mientras le cerraba el ojo. 

Me amarré el pelo como heroína de telenovela, me puse brillito en los labios (porque una no pierde el estilo ni en combate) y me senté junto a los demás compañeros que estaban esperando su turno, empecé a platicar con ellos. En minutos, los contrincantes estaban a mi alrededor, escuchándome y riéndose, preguntándome dónde trabajaba y qué hacía de mi vida. El profesor me veía con cara de desaprobación, estaba distrayendo a sus alumnos. Ni golpes, ni llaves, ni inmovilizaciones: la verdadera arma mortal era yo con mi encanto implacable y los labios pintados. Sutilmente, el combate lo había ganado yo, sin necesidad de dislocar hombros ni asfixiar a nadie. Los contrincantes habían sucumbido ante unos labios brillosos y unos ojos coquetos, puede que mis bubis hayan influido un poco y la extraña posición de asfixia con el profe, también. El combate, en resumen:

Hombros intactos. Vidas a salvo. Mi ego estable y crecido, los oponentes completamente rendidos.

Besos y estrellas, 

Su amiga Bruce Lee

 

jueves, 1 de febrero de 2007

El macho protector

“Voy a usar mi virilidad como pluma
para escribir en tu cuerpo de papel”
Y. Álvarez


Homosexualidad egodistónica, término que aprendí de memoria porque la palabra me gustó, desde el día uno de la clase de psicopatología y criminología en la universidad. En realidad no era una clase, era un taller opcional que Nami y yo decidimos tomar debido a nuestra tremenda propensión al estudio de los transtornos mentales. Después decidimos no sólo estudiarlos sino escoger algunas parejas como material de estudio y desarrollar una tesis sobre sus comportamientos, para después sufrir por nuestro propio transtorno y la inevitable separación. 

Si bien las clases eran todos los viernes de 6 a 9 de la noche, no nos importó mucho sacrificar las largas tardes de comidas por conocer un poco más del comportamiento humano; y así pasamos las tardes de los viernes durante dos semestres completos. Todos los viernes escuchábamos hablar de transtronos y su tratamiento en la comisión de delitos: los inimputables, los atenuantes de responsablidad, etc. Aprendimos los comportamientos de ciertas manías, neurosis, el efecto de las sustancias psicotrópicas, los grados de alcoholismo, el funcionamiento (o disfuncionamiento) del cerebro de los alcohólicos y, entre otras cosas, “los diferentes tipos de sexualidad” o “diferentes preferencias sexuales”. De ahí el término homosexualidad egodistónica, clínicamente significa: “estado de una persona con excitación homosexual no deseada y angustiante y que desea adquirir o aumentar su interés por la excitación heterosexual”. En términos coloquiales: una persona que aunque quisiera no puede salir del clóset, una vida muy frustrante. 

El fin de semana pasado aboradaba un avión para regresar al DF y estaba muy esperanzada en que me tocara como compañero de viaje alguien interesante con quien poder platicar. Siempre me ha pareceido muy romántico, aunque muy cliché, conocer en el avión al hombre de tu vida y enamorarte en un vuelo de Madrid a México. Conforme me acercaba al asiento 15A, ví a un hombre muy agradable: linda sonrisa, guapo, ojos oscuros, mandibula bien torneada, tez morena, manos grandes, se notaba que era alto aunque estuviera ya sentado, más joven que yo, pero, ¿cuál es el problema? Ya tengo experiencia en Primaveras Extraviadas. Entre más me acercaba la emoción me hacía pensar: "¡Uy! nuestros hijos serían guapísimos".

Tomé mi lugar junto a él; ¡con permiso! Sí, perdón, muchas gracias. Me esmeraba en inclinarme un poco para dejar ver mi pronunciado escote. Una vez que me instalé junto a él comencé alegremente la plática: me presenté, pregunté su nombre, a qué iba al DF y antes de despegar ya me las había ingeniado para enterarme de su situación sentimental: no tenía novia, había termiando con ella hacía 6 meses. No te preocupes, vamos a olvidarla juntos, pensaba mientras me detenía a observar detalladamente sus  cejas... ¿Están depiladas? Nunca había visto un hombre con cejas depiladas, más delineadas que las mías, ¡bueno! Está bien, empieza a estar de moda que los hombres también se interesen por su aspecto. Además, yo siempre me quejé de que Santi se bañaba, se vestía con lo primero que encontraba y se salía a la calle. Me pasaba horas rogándole que me dejara quitarle las cejas de Loco Valdés que por ahí se asomaban o persiguiéndolo con una crema para el contrno de ojos; nunca dio resultado.  

Se me agotó el repertorio de preguntas. Un fenómeno inusual en mí, debo decir. Me di cuenta, con cierta consternación, de que él, muy correcto eso sí, respondía cada una de mis inquisiciones con precisión quirúrgica, pero jamás devolvía el gesto con una sola pregunta propia. Nada. Ni un tímido: ¿y tú a qué te dedicas?, ¿te gustó Madrid?, ¿por qué tienes esa cara de sarcasmo contenido?... Nada.

No podía ser que no le resultara interesante. ¡Por favor! Soy una conversadora nata, tomo café y vinito con igual entusiasmo, soy multifacética, me adapto a casi cualquier escenario social, y, dato no menor, le caigo bien a los suegros, incluso a los difíciles. ¿Qué más se puede pedir?

Resignada, pero sin perder el estilo, saqué el encantador librito que mi amiga Andrea tuvo la brillante idea de regalarme: Cuentos para desvelarse en lunes. Sólo el título ya era un guiño a mis insomnios selectivos. Me sumergí en uno de los ejercicios que me recordó aquellos tiempos entrañables en el taller de creación literaria con Pili. El ejercicio consistía en lo siguiente: una frase, sin consigna, sin contexto, sin instrucciones. Un simple conjunto de palabras y, a partir de ahí, cada quien a hacer con eso lo que pudiera, o lo que su inconsciente le dictara. Una libertad absoluta... o el espejismo de ella.

Mientras él seguía inmerso en sus pensamientos, yo me entregué a la lectura, encantada de haber vuelto a mi elemento. Porque, a fin de cuentas, hay placeres más nobles que intentar encender una chispa donde claramente no hubo combustible. En aquella ocasión, Pili, siempre tan críptica, nos lanzó una frase sugerente: “seda oscura sobre sus piernas”. ¡Dios! A mí me pareció profundamente erótica, un susurro de sensualidad envuelto en terciopelo y seda. Pero, al parecer, fui la única que lo leyó de ese modo. El resto del taller terminó produciendo textos lúgubres, salpicados de muerte, traumas infantiles y dolores viscerales. Definitivamente, el erotismo es una experiencia tan íntima como subjetiva.

En el taller autoproclamado La Pensadora, en el cuento que estaba leyendo durante el silencio del avión, les tocó algo mucho más... doméstico, digamos: “waffles con pasitas”. Y, curiosamente, de esa mezcla tan inofensiva surgieron relatos encantadores, algunos realmente ingeniosos. Estaba absorta en esas páginas cuando hubo una ligera turbulencia y las azafatas comenzaron a emitir esas voces estudiadadas, ese ballet automático con el que nos amenazan, siempre con una sonrisa que se escucha a través del altoparlante, para explicarnos cómo sobrevivir a lo impensable.

Fue entonces cuando noté que mi vecino de asiento, el caballero de cejas impecablemente depiladas, sacaba un cuadernito con fórmulas y números y se sumergía en él con una concentración casi monástica. Un contraste encantador: él resolviendo ecuaciones; yo, entregada al aroma ficticio de unos waffles con pasitas y a la idea inquietante de unas piernas cubiertas de seda oscura, que podrían ser las de él.

Como dice mi amiga Lulis, “hemos nacido con la parte del cerebro que procesa el entendimiento de las matemáticas completamente necrosada”. Por lo tanto, encontré una nueva forma fácil de despertar la conversación: 

- “Oye, ¿qué haces?”
- “Ah, es que estoy haciendo un master en sistemas y tecnologías (de la no sé qué demonios)”

Apenas escuché “tecnologías de la no-sé-qué-demonios”, supe que estaba perdida. Dos cosas me ocurrieron de inmediato: la primera, una certeza casi divina de que no entendería ni una sílaba más de lo que estaba estudiando aquel hombre de hermosa piel canela y le recé al cielo con fervor para que no tuviera la brillante idea de explicármelo. La segunda, una aparición fantasmal cargada de melancolía: mi ex de las seis Primaveras Extraviadas, que hace tiempo pasó a formar parte del archivo muerto de lo imposible, como una novela inconclusa que uno se niega a releer pero tampoco borra. La verdad, ya no tenía claro si quería seguir conversando con el matemático en turno; yo estaba sumergida en relatos de waffles con pasitas, por amor a Dios. ¿Cómo se supone que una conjuga el olor a mantequilla derretida con la lógica binaria? ¿Dónde se encuentran el deseo y el algoritmo? Que alguien me lo explique, pero que lo haga en prosa poética y con voz grave, porque si me lo dicen en lenguaje de programación, me bajo del avión, así, en plena turbulencia. 

Resulta que el atractivo hombre de los números, al que ahora también le noté la boca ligeramente delineada, en respuesta a mi inocente y, francamente, retórica pregunta, no optó sólo por una oscura explicación sobre el funcionamiento de los sistemas (nunca entendí qué sistemas, pero da igual). No, además de eso, se lanzó, sin previo aviso, a contarme su biografía entera. Completita. Desde sus días gloriosos en el Tec de Monterrey, pasando por cada empleo, emprendimiento y taller de liderazgo que ha pisado, hasta su reciente desembarco en Madrid, donde estudia un máster importantísimo y se ha unido con fervor casi religioso “a esto del fitness”. Hasta que hablamos de fitness yo estaba entusiasmadísima: ya tenía su atención plena, seguro la novia se le había olvidado y ahora estaba pensando seriamente a dónde me invitaría a cenar ni bien aterrizáramos en el DF. 

- "¿Fitness?", pregunté curiosa. 
- "He bajado diez kilos, dijo con orgullo, y ahora me cuido muchísimo. Es fascinante el mundo del fitness".
- "¿Fascinante?, repetí sorprendida, ¡ay! ¡Qué curisosa selección de un adjetivo!"

Cuando entró en detalles sobre su piso madrileño (ubicación, metros cuadrados, precio de renta, vista parcial al supermercado, decoración, y las cenas que organizaba con sus amigos, en los que él era la Martha Stewart madrileña) yo ya me estaba acurrucando contra la ventanilla, abrazada mentalmente a mis waffles con pasitas, que al menos tenían la decencia de no hablar, y pensando involuntariamente en la palabra: egodistónico. Mientras él seguía con su monólogo inmobiliario-fitness, decoración y cuidadosos montajes de mesa, yo me repetía a mí misma con tono firme y maternal: "no habrá seda oscura sobre sus piernas". 

Finalmente, después de casi dos horas de monólogo ininterrumpido, donde lo único que respiraba era un lado femenino bastante desarrollado, el caballero de los números decidió tener el gesto humanitario de preguntarme quién era yo, cómo me llamaba y qué hacía con mi existencia. Un detalle, la verdad. Generalmente soy bastante parlanchina, muy de compartir la biografía no autorizada en menos de cinco minutos, pero en ese momento ya solo quería preservar mi dignidad y no ser rechazada tajantemente, como billete nuevo en un cajero de estacionamiento.

Cuando llegamos al glorioso tema de los “galanes”, le conté que estaba en break (¡ay, cómo me gusta esa palabrita, suena a algo temporal pero ligeramente dramático y con el final inevitable que todos conocemos), con el Ingeniero en Electrónica y Redes de Comunicación, que resultó ser bastante maniático y muy celoso. 

-“Hace algo muy parecido a lo que tú haces, creo… nunca lo entendí del todo. Supongo que nuestro problema fue esa intersección imposible entre la literatura y el lenguaje binario. Un romance condenado desde la primera línea de código”.

Y en medio de esa conversación ya de por sí tan llena de matices existenciales, solté mi pregunta estrella, la que lanzo cuando quiero parecer profunda pero también un poco quejumbrosa:

-"Dime tú ¿cómo se sobrevive a la eterna falta de entendimiento entre humanistas y matemáticos?"

Él me miró como si yo acabara de pedirle que resolviera la paz mundial con una ecuación. Y yo solo quería waffles, con pasitas; la seda oscura iba a descansar sobre mis piernas, en una cama vacía. Finalmente contestó: 

- "Yo la verdad no creo eso, mis últimas dos novias han sido psicólogas". 
- "¿Novias?", pregunté, con esa mirada escudriñadora de detective aficionado que, con la lectura correcta, decía: tranqui, soy LGBT ally, lo que sea está bien conmigo, aunque hubiera estado mucho mejor esas sábanas de seda oscura, pero no me digas que has tenido novias porque honestamente no te creo ni medio byte”.

- "Sí, varias".  

- "¡Ah!", respondí, fingiendo interés, aunque pensando: bueno, tal vez se animó a salir del clóset el día que decidió depilarse las cejas, nunca es tarde para florecer.

- "La verdad es que las españolas son muy liberales, continuó, no buscan un novio, solo quieren salir, divertirse un rato y de vez en cuando echarse un polvo".

Ajá… cuatro meses en Madrid y ya te sientes madrileño con vocabulario y todo, ¿no? Guapo amigo egodistónico, mira, si vas a ser vulgar, sélo con estilo nacional: di “una buena cogida” y listo. No seas pretencioso.

- "¡Ah!, mira", dije, mientras pensaba: eso, justo eso, creí que era lo que todos los hombres querían. Este claramente no. Y con la misma espontaneidad que usé para pedir otra copa de vino, solté:

- "Oye, pero no te lo tomes a mal… ¿no estarás buscando donde no?"

Me miró como si acabara de preguntarle si prefería dividir entre cero o besar a su primo.

- "¿Perdón?"

- "Sí, o sea, tal vez darle chance a un guapo chico..."

-"¡Ja, ja, ja! No, ¿cómo crees? ¿Por qué lo dices?"

¿Por qué lo digo? Bueno, porque tienes más ademanes que un comercial de shampoo, esas cejas tuyas me están distrayendo más que mi novela, tus labios están delineados y lees revistas de Martha Stewart. 

- "Pues no sé, me hice un poco la inocente, tus gestos, tu forma de hablar, tus… cejas, dije, con mi mejor sonrisa de: “todo bien, tú échalo pa' fuera si quieres, mis vecinos están guapísimos y súper en el fitness fascinante”".

- "¡Ah! Mis cejas… bueno, es que me hice un book, ¿sabes lo que es?"

Sí, sí sé lo que es un book, idilio frustado con brazos de concurso. Estuve casada con un fotógrafo, no vivo debajo de una piedra. Pero, y tú, querido, eres ingeniero, ¿por qué te hiciste un book? ¿Ves por qué sospecho?

- "Sí, sé qué es un book. Pero… ¿por qué te hiciste un book?"

- "Un amigo mío, que es fotógrafo, me dijo que me hacía uno. ¡Ah! con el que te conté que me fui a las Canarias de vacaciones". 

Claro:  tres semanas de vacaciones con tu amigo fotógrafo en una isla… ¿y tú todavía te sorprendes de mis preguntas?

-"Pero para hacerme el book tenía que tener las cejas arregladas. Me ofreció llevarme y… bueno, me las hice". 

Me quedé en silencio, metida otra vez en mi librito, esperando que ahí muriera la historia del book. Pero no, claro que no.

-"Bueno, ahora además está de moda, ¿no?"

-"¿Qué?"

-"Esto… o sea, este estilo gay, medio angrógino, como David Bowie. A las mujeres les llama mucho la atención. Como que se ponen un reto, tipo: “yo a éste lo hago hombre”".

Lo miré con la misma cara con la que uno mira a alguien que acaba de mezclar Coca-Cola Light con un buen Malbec.

- "Mira… pues no, ¿eh? A mí, al menos, no. Para nada y no tengo muchas amigas que tengan esa preferencia", somos otra generación. 

Y ahí, justo en ese instante, creo que el apuesto hombre del book, las cejas depiladas y el culto al fitness entendió que si su intención era prenderme alguna chispa de interés, la chispa ni encendió, ni chispeó, ni tenía gas. El silencio se instaló. Yo me devoré como seis cuentos, él sacó su laptop (porque todos los ingenieros vienen con una integrada, parece) y se puso a ver una película.

Me asomé con todo el descaro del mundo a la pantalla de su lap, ¿qué querían?, llevaba tres horas y media oyéndolo hablar de proteínas, mesas con velas de colores, sistemas, cejas y books y me había quedado claro que ninguna cena (de esas que a mí me gustan) seguría llegando a México y mucho menos un café a la mañana siguente, entre las sábanas de seda. Tenía derecho a un poco de entretenimiento visual.

- "¿Qué película es?", pregunté, como quien no quiere la cosa.

- "¡Ah! 'Diario de una Pasión', ¿la viste?"

¿La vi? No, corazón, no la vi. Me advirtieron que era tristísima y, además, ¡es una de esas películas que las chicas ven con Kleenex en una mano y helado de chocolate en la otra! Andrea lloró como si le hubieran cancelado su boda y Kuki ni se diga, tuvo que hidratarse con electrolitos después de tanto sollozo. Te lo juro por mis hermosos senos que nunca volteaste a ver: si no eres gay, eres presidente del club de fans de Ryan Gosling.

En fin. Cerré mi libro, me recargué en la ventanilla y me puse a filosofar. No sobre él, que ya me había dado todo el contenido para escribir tres ensayos, sino sobre la belleza de la diversidad. Pensé en lo hermoso que es cuando alguien, hombre o mujer, puede abrazar su manera de ser con toda la confianza del mundo: si eres varonil, bien por ti; si eres delicado, también; si eres drag, aplausos dobles. Lo importante es que uno se sepa querer como es, sin forzar poses ni arrastrar trauma, ceja bien depilada y el novio fotógrafo de la mano, ¿por qué no? Y, por supuesto, no pienso que sea gay solo porque le gustan las chick flicks, se depila las cejas y mueve la mano como si diera clase de flamenco en Sevilla. No, todavía no tengo prejuicios tan elevados. Los míos son bajitos, discretos, con sandalias hippies y buen humor, pero vamos a lo importante: ¿en qué momento exacto empezó a considerarse atractivo que el hombre tuviera las cejas mejor definidas que las de su novia? ¿En qué año se volvió sexy que su lado del baño pareciera un stand de Sephora, con más cremas, tónicos y sueros que el mío? ¿En qué capítulo del apocalipsis alguien dijo que era varonil ordenar una ensaladita con vinagre balsámico, dos aceitunas negras y limonada con poco jarabe, mientras una se estaba imaginando su filete término medio, papas a la francesa y una buena botella de Chianti?

Les comento que alguna vez leí en un librito, de cuyo nombre no puedo acordarme, pero que sin duda tenía letras y página, que, desde un punto de vista biológico animal, las mujeres nos sentimos naturalmente atraídas por los machos fuertes, anchos de hombros y de voz cavernosa. Es puro instinto, amigas: nos hace tilín el brazo que parece muralla, el cuerpo de espantapájaros no tanto. Pero ojo, amigos delgados, finitos, suaves y delicadamente hidratados: esto es solo instinto, no sentencia; es animal, hemos evolucionado. Luego viene el intelecto y dice “hola, soy el criterio”, y con eso nos conquista el de gafas, poesía y análisis profundo del existencialismo en una terraza con vermut.

Ahora, eso sí: personalmente, me cuesta que me atraiga un hombre que parece recién salido de una editorial de moda femenina. Me pierdo cuando hay tanto brillo, tanto gloss y tanta postura ¿Dónde quedaron esas feromonas crudas, esas axilas que huelen a leña y a responsabilidad emocional? Pensé en Santi, en el ex de las Primaveras Extraviadas, estos son hombres: altos, fornidos, ¡uy! Esos pectorales con Primaveras Extraviadas. Amigos, consejo con cariño: no disfracen su esencia con colonia de diseñador ni posturas de catálogo. Dejen que la barba de dos días haga su magia, que la voz no se module como locutor de audiolibro de meditación y que el cuerpo se mantenga sano, sí, pero no tan pulido como mármol romano, como escultura de Migel Ángel. Eso ya es demasiado museo y poca cama.

La masculinidad, para mí, es ese equilibrio glorioso entre lo natural y el cuidado. Es la camiseta sencilla, el olor a piel con un dejo de loción y la seguridad de saber que su función no es deslumbrar, sino proteger, contener, levantarte en brazos, que Martha Steweart seas tú. Nosotras, las delicadas, bien perfumadas y perfectamente cejilizadas, que no nos quiten el trono:  porque el manicure francés no se hace solo, señores, los pilates no se se levantan en vano y caminar en tacones es un arte. 

Besos y estrellas,

Esta amiga suya, hembra fina y delicada, que ahora no tiene manicure francés porque hacérselo en Madrid era muy caro.

lunes, 8 de enero de 2007

El Melocotón, con sus primaveras extraviadas

"La edad no se cuenta, se vive"
Anónimo

A mi novio se le perdieron en alguna parte unas seis primaveras, mismas que yo adquirí por error, asumo que las compré porque estaban de oferta en alguna tienda departamental y no me gusta dejar pasar las ofertas. Como resultado de estas primaveras extraviadas nuestra relación tiene una amplia gama de diferencias que hacen de mi vida una rueda de la fortuna (favor de notar esta metáfora, es compleja, muy profunda y poco socorrida; significa que unas veces se está arriba y otras abajo).

El novio de las seis primaveras extraviadas vive en casa de sus padres, como se estila a su edad y en este país. Yo vivo sola, como se estila cuando se es divorciada y no se tiene intención de volver al seno familiar. Él es ingeniero, estructurado y de pensamiento matemático y poco folklórico. Yo soy abogada de derechos autorales ("la hermanita bohemia del derecho"), de pensamiento disperso, muy propensa al folklore y al vino tinto. Él es mesurado; para mí “la mesura es puro terror”.

En ocasión de las fiestas decembrinas, mi agenda se llenó de compromisos triviales y entretenidos en donde no hay mesura pero sí mucho vino. El novio de las primaveras extraviadas vivó un diciembre no acorde a su edad, mismo que, supongo yo, le supo a madera vieja y a madurez extemporánea; aunque, al parecer, esta mezcla le resulta agradable y, por el momento, entretenida. Imagino que, de no estar en su vida, su diciembre hubiera transcurrido (al lado de una mujer con quien contara las mismas primaveras) en barecillos y antros que sirven chelas hasta las 2.00 de la mañana, hora a la cual hubiese tenido que entregar a la mujer en casa de sus padres (sus padres suyos de ella, como es de suponerse). En vez de esto, el novio vivió episodios entretenidos en restaurantes de moda y reuniones donde se habla de cine, política y viajes a Europa y otros episodios no tan entretenidos, como la compra de un postre para una cena con colegas abogados a quienes no veía hace tiempo. Me había comprometido a llevar el postre, algo que hago muy seguido, no llevar los postres a las cenas, sino comprometerme a cosas que posteriormente me resulta casi imposible cumplir.

Daban casi las 7.30 pm. Yo salía de una junta, tenía que mandar un mail, hablar con los abogados externos, guardar todo lo que había sobre mi escritorio que pudiera ser considerado “información confidencial”, lavarme los dientes y sacar el “kit-manita de gato” en menos de una hora. Misión imposible, como siempre: iba a llegar tarde. 

Mientras redactaba el mail y guardaba los expedientes y carpetas que estaban sobre el escritorio, le llamé al novio de las seis primaveras extraviadas, a quien yo llamaba en broma Melocotón, y que había salido de su trabajo casi un par de horas antes. Él se encontraba en su casa realizando la importante tarea de platicar con su hermano y tal vez jugar un poco algún juego de video de esos que a mí me cuesta tanto trabajo incluso recordar el nombre. Mi intención era solicitar ayuda urgente. Puse el altavoz para utilizar mis dos manos en la redacción del mail y mis ojos en detectar cualquier otra cosa que debiera ser guardada minuciosamente. 

-“Hola Melocotón, ¿cómo vas?”
-“Bien, preciosa, ya fui a cortarme el pelo y estoy platicando con Jorge”. 
-“¡Ah!, ¡qué padre! Oye, ¿podrías hacerme un favorcito? Se me complicó la tarde y no me da tiempo de comprar el postre y el vino, ¿podrías pasar a comprar un postre por favor?” 

En este punto me esperaba la respuesta que yo hubiera dado sin chistar: “sí, amor, no te preocupes, me encargo”; sin embargo, recibí una respuesta para la cual mi mente ocupada en tres diferentes cosas más no estaba preparada: 

-“Sí, claro, ¿como de cuánto compro el postre?” 
-“Mmmmhhhh, ¿perdón?” (igual no entendí bien). 
-“Sí, como de 200, 300 pesos?” 

(¿Cómo?, no entiendo la pregunta, ¿qué contesto? ¿Será poco adecuado encargar un postre caro a un novio con primaveras extraviadas? ¿Cuánto cuesta un postre? ¿Qué es caro para un postre?

-“Pues, no sé, ¡qué pregunta tan extraña! (Risa nerviosa, mía, no de él. Creo firmemente que él estaba seguro de que estaba haciendo la pregunta adecuada) De lo que quieras, si quieres luego te lo pago, no hay bronca”. 
-“No, no es por eso, es porque me imagino que quieres quedar bien, ¿no?” (Ajá, pero, ¿y eso qué cuernos tiene que ver con el precio del postre? ¿Será que la gente piensa: "Mira, ¡qué bien esta Alba, ¡eh! Trajo un postre súper caro"). 
-“O sea, sí, obvio quiero ‘quedar bien’ (¿pero qué entenderá este hombre por quedar bien?, ¿llevar servilletas decoradas?), pero no tengo idea de cuánto cuestan los postres. Lleva algo que se te antoje y ya.”

(Solo espero que no llegue con una mantecada Tía Rosa, ¿no? ¿Tendré que explicarle que el pan dulce Bimbo pierde validez como ofrenda social cuando uno ya rebasó los treinta? ¿O será que en los veintialgo aún no manejan ese nivel de protocolo básico?)

—“Ah, bueno, está bien… ¿Algo como qué? ¿Un pastel de chocolate?, ¿de nuez?, ¿un pie?”

(No tengo idea, joven. ¿De verdad tengo que contestar esto? ¿No puede usar su criterio adulto y resolverlo solito mientras yo pienso en cómo redactar una cláusula penal sin abrirme una demanda de nulidad por ambigüedad? Llevo 12 minutos atrapada en esta conversación absurda. ¿Y si mejor le digo que sí lleve las mantecadas Tía Rosa?)

—“A ver, corazón, estoy escribiendo un mail urgente que tengo que mandar antes de salir. Pero claro que sí, voy a cerrar todo para concentrarme exclusivamente en la trascendental misión del postre y su precio.”

Con esta ironía supuse que mi novio contestaría: “bueno, no importa, preciosa, yo veo qué hago. Sigue con tu chamba y al rato paso por ti”. Pues no, resulté bastante mala para suponer cómo reacciona el sexo opuesto, sobre todo cuando las primaveras se le han extraviado en alguna chamarra de piel, que se le ve tan bien en esa hermosa y ancha espalda, ¡listo! Ahora recuerdo y visualizo claramente por qué seguimos juntos.  Su respuesta fue: “ok. Te espero”. (What?) Dejé de redactar mi mail y puse mis 5 sentidos en el dilema del postre: 

-“Amor, no sé, cualquier cosa. En El Globo venden unas mini tartaletas de diferentes sabores. Eso está bien, así hay para escoger postre”.
-“Ah, sí, ya sé cuáles. ¿Cuántas compro?” (de pronto me vi atrapada en una conversación sin sentido sobre las tartaletas del Globo, conversación en la que ciertamente no quería participar ¿Cómo que "¿cuántas compro?", ¿por qué no mejor le encargué el vino? De ese podría decirle cuál y en dónde comprarlo y me hubiera tomado 3 minutos. De acuerdo, concentrémonos de nuevo en la espalda y los pectorales...
-“No sé, somos 6 invitados”. 
Imploraba por un “ok. Al rato nos vemos”, pero ¡no! El terrible caso de la complejidad del postre se prolongaba:
-“¡Ah!, unas ¿seis entonces? O ¿dos por persona?” 
-“Compra las que quieras. Mejor sí dos por persona, lo de menos es que sobre” (Pectorales, brazos, espalda... ok, respira, ¡tú puedes!). 

Por fin me dijo ok. Nos despedimos, colgamos, 20 minutos más tarde. Desconcentrada completamente de lo que estaba haciendo del trabajo y tuve que volver a retomar mis labores ¿Sabían que cuesta aproximadamente 10 minutos volver a ganar la concentración perdida en una labor? De pronto mi mente volaba en un asombro absoluto por lo complicado que había sido encargarle un postre al novio. ¿Sería la edad? ¿Sería simplemente el género? ¿Sería igual si mi novio tuviera mi edad? ¿Será que en verdad la diferencia de edad va a terminar por separarnos y éste es sólo el principio? No importa, pensé de nuevo en esa maravillosa espalda y los pectorales y demás zonas que por pudor callo. Mi novio llegó con 12 mini tartaletas del Globo y un traje impecable, no apropiado para una cena informal, de hecho, era el único de traje. Durante la cena pensé que todo era delicioso: volver a ver mis colegas, la cena, el postre y ese novio que había, incluso, usado un traje para la cena con su novia mayor que él, para estar a la altura. La vida es una delicia y las primaveras extraviadas, también. 

martes, 22 de agosto de 2006

Nada

“No tengo sueño. Quiero seguir escribiendo. Mejor dicho, empezar a escribir, porque esta noche el tiempo se me ha ido en fantasías, en divagaciones, en recuerdos. No es así, lo sé perfectamente. Si encontrara una primera frase, fuerte precisa, impresionante, tal vez la segunda me sería más fácil y la tercera vendría por sí misma. [...] En fin voy a acostarme y a seguir pensando. Tengo que encontrar esa primera frase. Tengo que encontrarla.”
Josefina Vicens, “El libro Vacío”


Nada

Yo quiero escribir otro “Cien Años de Soledad” y ganar un premio Nobel. Quisiera tener la maestría de Hesse para dar rienda suelta a la descripción de la nada en un tomo completo. Y estoy tan molesta porque no encuentro ternura para hablar de amor, ni información suficiente para criticar a los políticos, ni sensibilidad extrema para hablar del calor de las locas pasiones, ni nada de nada. Soy un ser humano más común y corriente que las galletas de animalito; y mi gran soberbia me hizo pensar que de vez en cuando tenía buenas ideas.

Hace nueve frases que me esfuerzo, que borro intentando escribir una reflexión profunda y luego me doy cuenta que las palabras están tan escogidas y rebuscadas que ya no tienen sentido. Como cuando Joey (Friends) escribió una carta utilizando el diccionario de su computadora y la carta nomás no tenía ni pies ni cabeza.

Entonces decidí que por qué no mejor hablarles de cosas trilladas y lugares comunes, de sensaciones y sentimientos cotidianos, como: una vez más se me echaron a perder las calabacitas en el refri, tiré el tupper en lugar de lavarlo porque me dio mucha "cosa"; "dar cosa" es una expresión muy subjetiva y poco descriptiva, pero todos la entendieron, ¿no?;  hace más de 8 meses que no hago una cita con el ginecólogo, y ni hablar del dentista, ¿ése?, ni tengo, el día que necesite uno me agarro la guía de GNP y veo alguno que esté cerca y dentro de la red médica, pero claro, hasta que se me pique una muela y no pueda ya del dolor; ¿cómo será ser millonario y no tener nada de qué preocuparse?, ¿en verdad no tendrán nada de qué preocuparse? Yo me dedicaría a viajar y luego a estudiar, sin pretender más que comer rico en restaurantes conocidos por su buena cocina y beber buen vino, ¿seré una súper conformista?

También puedo hablar de trivalidades de colores: me compré un collar nuevo, lindísimo, verde, ¿por qué no? No tengo nada verde con qué ponérmelo, de hecho no me gusta el verde, parezco rana cuando uso verde, pero igual el collar es lindísimo. Tiempo después, el collar se empezará a ennegrecer por la falta de uso, entonces tendré que salir a la calle a buscar aunque sea una blusa perfecta que le quede bien al collar, aunque la blusa cueste diez veces más que el collar.

¿Qué tal la importancia de los zapatos de tacón? Esos artefactos de tortura convertida en canasta básica femenina, diseñados exclusivamente para arruinar la columna vertebral y destruir la dignidad en meses sin intereses. Porque claro, ¿qué sería de una mujer sexy sin subirse a diez centímetros de inestabilidad y sufrimiento con fines estéticos? Se debe aprender a caminar con zapatos de tacón, es muy importante y sobre todo sumamente útil saber subir una escalera con zapatos de tacón. El tacón debe quedar fuera del escalón pero el resto del pie debe estar firmemente apoyado en el escalón. Son tan importantes que una mide su ropa con zapatos de tacón, cuando digo “una” me refiero a mí, que mido 1.55 cm y, por lo tanto, tengo que llevar a arreglar siempre los pantalones y acabo por tener pantalones que sólo me puedo poner con ciertos zapatos; de otro modo, o los arrastro o quedan “zancones” y no es ni lindo, ni corporativo y mucho menos sexy.

Pero, ¿y qué pasa cuando una es novata en la cremas antiarrugas? Tengo amigas que, por culpa de la genética que hizo su piel blanca, hace un par de años comenzaron a usar cremas antiarrugas y que ahora puede que sean unas expertas. Tengo otras (otras amigas, no otras arrugas ni otras cremas), yo estoy incluida en esta categoría, que, descuidadas y confiadas de las pocas bondades del cutis grasoso, nunca se han ocupado de las arrugas en la piel. Hace un tiempo estaba haciendo el único súper que me resulta atractivo: el que consiste en seleccionar cremas para el cuerpo, desodorantes, shampoo y tratamientos para el pelo. Puedo pasar horas destapando cremas para olerlas y sentirlas y horas leyendo la cantidad de cosas que contienen los shampoos, desde papayas y aguacates hasta sustancias de nombre impronunciable que, según dicen en la red, pueden causar calvicie y cáncer.

Al lado de mi tratamiento para piel grasosa de L'oreal encontré una cremita que me llamó la atención por el envase súper cuco y de un rosa pálido hermoso. Me confieso víctima de la mercadotecnia: me encanta todo lo que se ve bonito y tiene colores pastel o rojos y azules intensos. Por ejemplo, siempre h pensado que los condones NO SON UN PRODUCTO PARA MUJERES ¿A qué cromosoma “X” en su sano juicio pueden llamarle la atención empaques negros sin ningún tipo de figurita alegre? Encontré una cremita mona, en su envase rosa pálido con un aroma delicioso: “L'oreal visible results” (voy a llamar a L’oreal y les voy a cobrar por la publicidad, obvio, ni siquiera me van a tomar la llamada). Leí cuidadosamente todos los compuestos, instrucciones, indicaciones, recomendaciones y todas las demás “iones” y decidí que ya tenía edad para comprarme una crema antiarrugas, además de que me estaba comprando la última maravilla de la tecnología moderna en belleza: en 20 días no tendría una sola arruga más en mi rostro. La crema huele delicioso y tiene una textura que se impregna en mi piel con la facilidad con la que los jeans “Sexy Jeans” skinny se amoldan al cuerpo, pero de ahí a que quite las arrugas hay un abismo de diferencia, se los juro ¿Cómo? ¿Ya lo sabían? ¡Ah!, por eso existen los cirujanos plásticos, ahora entiendo.

Josefina Vicens escribió “El libro vacío”. Me acuerdo que mi abuelo me lo prestó hace muchos años. El libro me encantó, aunque ahora nada recuerdo de los protagonistas ni de la historia, pero recuerdo que ese protagonista común quería escribir un libro y se sentaba todos los días frente a la hoja en blanco a escribir un libro. Nunca le llegaba la inspiración de Cervantes y a duras penas escribía tres líneas intrascendentes y “vacías”. Reflexionaba sobre las veces que se metía a la cama al lado de su mujer y “entendía que uno podía morirse de sed a la orilla de un cuerpo”. Pues así está hoy mi reflexión: vacía, completamente, sin nada que compartir, sin sarcasmo ni pudor, ni alegría de vivir o curiosidad por morir. Nada, simplemente nada, vacío, plano, sin lobos esteparios que describir, sin Macondos a donde ir, sin molinos de viento que vencer ni versos más tristes esta noche que escribir –ni esta tarde, ni en la madrugada, ni ayer, ni hace un par de meses-. Hoy sólo tengo lugares comunes, cremas antiarrugas, pasta con jitomate que me preparé ayer en la noche y una medicina que me recetó Felipe para la gastroenteritis, libros vacíos y una junta a las 4.30 pm., un celular cargándose y unas botas negras que me dan mucho calor. Pero, si no lo digo, si no hago alarde de mi vacío, “me muero de sed a la orilla de un cuerpo”, de mí cuerpo.

Besos y estrellas,

La galleta de animalito.

lunes, 29 de mayo de 2006

La muerte Lunes

“Incierto es el lugar en donde la muerte te espera; espérala pues, en todo lugar”.
Séneca


Dedicado a todos y cada uno de los lunes, pasados y futuros.


Como buena parca coqueta, se pasea vestida con trajes multicolores de carnaval de muertos. Sombreros con plumas vistosas colocados graciosamente sobre su cráneo. Se le puede adquirir, comprar su imagen, claro está, porque adquirida está desde el nacimiento, tiendas de artesanías, por precios que van desde lo simbólicamente mortal hasta lo escandalosamente funerario. Hecha de papel maché, en tamaños que van desde la figurita de escritorio hasta la tía incómoda en tamaño real. Fue inmortalizada por José Guadalupe Posadas, quien quizás pactó algo con ella para asegurar su fama en el más allá.

También se deja comer, en azúcar, amaranto o chocolate, con una sonrisa que se derrite en la boca durante esos últimos días de octubre y los primeros de noviembre, cuando ella sale a estirar las piernas, contar cabezas y dejar pasar a los habitantes de las Tierras del Eterno Verano. Se le monta en altares como si no estuviera ya en cada rincón, acompañada de flores anaranjadas que huelen a despedida y copal que sabe a nostalgia.

Se vende con levadura en panaderías, rociada de azúcar, como si con eso bastara para endulzar la condena. Se pasea por el cine, coqueta y filosófica, recitando versos en “El lado oscuro del corazón” y seduciendo almas en el cuerpo prestado de Brad Pitt, porque hasta la muerte tiene derecho a ser guapa de vez en cuando. Y cómo olvidar a su prima mal maquillada: la Dama de Negro, arrastrando su drama por ese programa llamado “Hora Marcada”, donde lo más terrorífico era el guión.

Deambulando como un macabro esqueleto listo para darnos un golpe por la espalda y llevarnos a cuestas hasta el más allá. Transformada en masculino en los albores del pensamiento occidental, fue Mors entre los romanos, Tánatos entre los griegos: fríos, impersonales, inexorables, fuerzas abstractas que no miran a los ojos, que no preguntan si el alma está lista, que no se detienen a mirar a los deudos. Gélida, como la madrugada en el desierto, oscura como los abismos del mar. Temida en civilizaciones que aprendieron a odiarla, a conjurarla, a disfrazarla con eufemismos para no nombrarla y así, tal vez, evitar que escuchara. Y sin embargo, en otras latitudes, en esta tierra que se adorna bajo soles rituales, fue aceptada, satirizada, mimada y hasta colocada en altares. No como una diosa lejana, sino como una presencia íntima, familiar, burlona, devoradora y, a la vez, protectora.

Hoy camina a la vista, sin disfraz. Algunos la cuelgan del cuello, otros la tatúan en la carne, o la llevan guardada, como una plegaria invertida, en un rincón del bolso junto a la pólvora, el rosario, las medias de encaje y los condones. Su culto pertenece a los que caminan al borde: soldados con mirada vacía, policías con manos manchadas, narcotraficantes que pactan con lo invisible, delincuentes condenados a repetir su historia, prostitutas que conocen de cerca el filo de la noche, porque siempre hay Jack El Destripador, Desde el Infierno. Le llaman "La Niña Blanca", con una ternura que hiela. No por ingenuidad, sino por respeto: porque saben que es niña, blanca como los huesos que todos terminamos siendo. Ella no elige. Solo espera. Mictecacihuatl, la bautizaron los aztecas. Gorostiza la trata de “puta”. Shakespeare le habla. Pasea entre textos, poemas, obras de teatro, de cine, lienzos, en la antigüedad, en nuestros días, en los días por venir.

Pero a mí, ¡oh señores!, a mí no me engaña. Esta mañana se disfrazó muy temprano de brisa matutina. Se levanta imponente pretendiendo ser el astro rey, acompañando su grandiosa entrada con cánticos de pajarillos afónicos por tanta inversión térmica. Se cuela entre las gotas de agua tibia que recorren mi cuerpo. Se bebe en silencio mi jugo de naranja. Se esconde entre la voz de Víctor Trujillo y el ruido de la secadora de pelo. Se pasea atenta entre los coches de viaducto y periférico, transformada en caos vial y accidentes de poca monta. Se forma detrás de cada empleado del IMPI para checar la entrada. Se oculta en los granos del café y se confabula con mi coffe-mate. Y sigue sin engañarme, por más que todo lo que me haya ofrecido desde que amaneció sean cosas bellas, ¡no me engaña! Se instala conforme atrás de mí para ver cuántos correos electrónicos me han llegado. Se forma paciente, como una sombra resignada, en la fila interminable de los pendientes. Observa, espera, se infiltra. En este preciso instante, se disfraza de nube enferma, se quiere hacer tormenta, se quiere volver aguacero, trueno, desgarro en el cielo. Y por la tarde, cuando la luz se vuelva oblicua y el cuerpo se canse de fingir entusiasmo, se deslizará, sorda y silenciosa, sobre el parquet pulido del salón de jazz.

Y ni así. Ni vestida de tragedia climática, ni agotada de tanto acechar, se digna a dejarme en paz. Esta cabrona, esta puta muerte, no llega con dramatismos épicos ni con la belleza solemne de una escultura barroca. No viene acompañada de violines, epitafios y listones negros. No. Ella prefiere lo cotidiano, lo que duele sin doler, lo que pesa sin gloria. Esta muerte es este lunes y el anterior y el que viene y todos los que vengan. No hay alegoría más cruel, más exacta, más devastadora. El lunes, con su aliento todavía alcohólico, su despertador que no perdona, es su rostro más vulgar y más cierto.

No hace falta verla con guadaña ni con flores de cempasúchil. Basta con abrir los ojos al primer día de la semana. Ahí está. Siempre llega. Siempre vuelve. Y siempre, de alguna forma, mata un poco.

Feliz muerte,
Besos y estrellas,
A.

viernes, 21 de abril de 2006

Cena light para un Muppet

“Nosotros somos una caricatura de lo que queremos ser”
Anónimo
O, ¿un Muppet?


Ayer volví a poner los pies dentro de mi cocina para preparar algo que no fuera sólo fondue de cajita o pechugas de pollo a la plancha, quemadas y desabridas.

Susana llegó a mi casa alrededor de las seis de la tarde. Susana también llegó a casa vía área, como Moka, en el mismo vuelo directo Caracas-México. Por cierto, ayer, entre otras cosas, me reconfortó saber que Moka ha intentando tirarse de los balcones en varias ocasiones, lo que implica que la vida a mi lado no es para el suicidio. Además me daba risa escuchar a Susana con su acento venezolano decirle muy seria a la gata: “Moka, si te tiras por esa ventana ya te dije que adoptaré otro pinche gato”. Y Moka se retiraba cuidadosamente de la venta y se volteaba para, literalmente, meter las narices en lo que Susana estaba preparando para la cena. Lo único que probó fue una aceituna. El olor del corcho del vino blanco la hizo salir corriendo: ésta no es digna gata de Susana y mucho menos mía: no le gusta el vino.

Susana llegó a México por vía aérea hace apenas un par de semanas, Moka se la trajo, me imagino que sin jaula porque Susana se comporta a la altura en vuelos internacionales y, hasta donde sé, no necesita somníferos, ni vomita en el vuelo. Susana irrumpió en mi vida por puro azar, ese mismo azar caprichoso que la arrastró también al delirante viaje de Semana Santa, una expedición que reunió a unos quince entusiastas con recursos limitados pero una voluntad desbordante. Bañarse antes de salir a bailar era, dadas las circunstancias, una proeza digna de medalla: con tanta gente, el simple acto de ducharse se convirtió en un privilegio, casi un lujo. Así que, en un despliegue de lógica impecable, optamos por dejar de intentarlo. Total, en el antro terminaríamos igual: sudados, perfumados de cigarro, felicidad dudosa y embriagados hasta el delirio. 

Ana, siempre pragmática, fue la primera en abrazar esta filosofía higiénica alternativa. Incluso se atrevió a cuestionarse en voz alta: “¿Será que en realidad no me gusta bañarme?”, pensamiento inquietante, aunque no del todo sorprendente.

Fue en este viaje que Susana se ganó, con méritos indiscutible, el apodo de Muppet. Nami suele decir que yo soy un Muppet, pero eso es solo porque aún no ha tenido el privilegio de conocer a Susana. El apodo, sorprendentemente, le gustó. Y claro, ¿cómo no habría de gustarle, si lo único que hice fue revelarle la verdad sobre su linaje? Sí, su verdadero padre es Jim Henson. De ahí en adelante, Susana no fue más Susana: fue Muppet. 

Susy-Muppet quiere ser cocinera profesional, una chef, como Elena Reygadas, pero en fusión Venezuela- México. Apenas puso un pie en mi casa y, después de saludar a Moka, sacó un papelito con una receta que en la parte de arriba decía: “Cena light para un Muppet”. La cena tenía que ser light porque Susy-Muppet, yo y el resto de los integrantes del grupo vacacional oaxaqueño, dedicamos la mayor parte del día a degustar tlayudas con asiento, sopecitos, moles de mil colores, tejates, chocolates, panes de yema y todas esas delicias que componen la gastronomía oaxaqueña. El resultado: algunos kilos de más, por lo tanto, nos declaramos a dieta rigurosa. Entonces, la cena de ayer consistía en una ensalada y un salmón al vodka. Primero fuimos a rentar unas películas y luego al súper a comprar los ingredientes. No había salmón, así que el plato fuerte fue Blanco del Nilo al vodka; ya no se escuchaba tan sofisticado, pero igual nos dispusimos a preparar la cena light.

Y toda esta introducción, amigos, viene a colación porque recordé que la cocina me gusta para compartirla. Es decir, meterme a la cocina yo sola para cocinar una alcachofa resulta tremendamente aburrido; mientras que saber que al tiempo que yo cocino la alcachofa hay alguien que prepara la vinagreta al lado y me la da a probar con el dedito meñique para ver qué le hace falta es, sin duda, lo que hace de la cocina algo tan sensual y atractivo. La última vez que gocé estar en la cocina, antes de ayer, fue en septiembre del año pasado, lo recuerdo perfecto, cuando Nami y yo tuvimos la genial idea de preparar una lasaña con salsa bechamel con canela, porque no teníamos nuez moscada, que quedó deliciosa.

Ayer Muppet cocinaba y yo era pinche; ella medía las proporciones de aceite de olivo y vinagre que mezclaría en su delicioso aderezo de cilantro mientras yo picaba ajo y ambas hablábamos de los pormenores de la vida con una copa de vino blanco. El resultado fue una ensalada de manzana verde, lechuga y nuez con vinagreta de cilantro, ajo, vinagre y aceite de oliva. El plato fuerte fueron dos filetes Blanco del Nilo marinados en una mezcla de vodka y aceite de olivo y rociados con una salsa blanca de vodka y crema (light), finamente adornados con eneldo. Y así se fue mi tarde, de las tardes más agradables que he tenido en mucho tiempo: oliendo, platicando, degustando, riendo, creando. 

¡Qué dicha la de mi cocina cuando los aromas se pasean libres, traviesos, como secretos compartidos en voz baja! Me envuelvo en los sabores cuando no llegan de golpe, sino en pequeñas insinuaciones sobre la yema del dedo meñique, como si el gusto se tomara su tiempo para seducir.

Mientras el cielo se apagaba en tonos ocres, esa forma altiva que tiene el día de despedirse, y Moka protagonizaba su enésimo intento de suicidio (el número trescientos veintidós, según el conteo extraoficial), yo me entregaba al hechizo de la cocina: ese espacio donde la sensualidad no se insinúa, se manifiesta abiertamente. Los aromas se mezclan como amantes sigilosos: el ajo alza la voz, el tomillo murmura en las esquinas, y la risa (la nace cuando uno se deja llevar y se termina la botella de blanco) se disuelve entre las notas profundas del calor, la nueva amistad y la complicidad compartida. 

Porque hay lugares donde el cuerpo descansa, y otros, como mi cocina, donde el alma despierta envuelta en vapor y especias, con suaves espasmos de melancolía y fuertes arrebatos de risa disuelta en cebolla y crema light.