—“Mi amor, ¡es que tenías que verla! Usaba unas mallas negras con símbolos de amor y paz en blanco… ¡y encima se ponía shorts de mezclilla!”
—“Ah, claro…” pensé. “¿Cómo olvidarlas?”
Aunque, honestamente, mi mente las tenía cuidadosamente archivadas en lo más oscuro del subconsciente, justo al lado de la identidad de esta mujer que parecía recordarlo todo de mí, mejor que yo misma.
—“Pero, ¿por qué tanta seriedad?” Otra vez la pregunta. Otra vez el ponche. Yo solo atiné a decir:
—“Es que me hice abogada.”
Pero por dentro pensaba: y soy probablemente la abogada con el guardarropa más insurrecto sobre la faz de la Tierra.
Y entonces, otra bomba:
—“¿Y el abrigo largo de pelos?”
Cristina, que ya estaba tomando su ponche tranquilamente, casi lo escupe y suelta una carcajada digna de ceremonia de premiación.
—“¡Claro, güey! ¡Ese abrigo espantoso que tenías! De esos de oveja, con pelos en las mangas y en el cuello.”
—“¡Bueno! Primero que nada: era de mi mamá. Y además, ¡muy calientito!”, respondí con dignidad herida. ¡Tan lindo que era! ¡Herencia de mi madre! Mi papá se lo trajo de París, para que luego mi madre se lo prestara a una novia de él (sí, de mi papá), cuando se fue con ella a París, para que no se muriera de frío. ¿Ven? En mi familia, la inclusión es parte del sistema operativo.
Un rato después llegó Isabel a la mesa. Y Cristina, con la eficiencia de un noticiero sensacionalista, la recibió con:
—“¿Te acuerdas del abrigo horrible de esta vieja? Ese lleno de pelos por todos lados.”
Isabel no tardó ni medio segundo en soltar otra carcajada:
—“¡Claro! Pero, ¿qué tal las botas de Pretty Woman?”
Todos rieron. Yo pensé: Divinas, mis botas de Pretty Woman. ¿Qué tanto escándalo? Y si les impresionaban esas, ¡mejor ni les cuento de las que tengo ahora de pelos rosas! Mucho más bonitas, si me permiten decirlo.
Y así fue como, de pronto, la conversación de una mesa de seis exliceos giró alrededor de mis “exóticos atuendos”. Lo curioso: ¡todos los recordaban mejor que yo! Me divertí muchísimo y agradecí además haber dejado huella, aunque fuera por atuendos poco ordinarios. Recordé las famosas mallas y otras que tenía, unas psicodélicas de mil colores, que me ponía con unos shorts rotos justo de atrás para que lucieran mejor las mallas, una falda larga color hueso con campanitas cosidas a mano, que usaba mientras cantaba el coro de Ojalá con pose de trovadora urbana.
Luego de una hora entre ponche, nostalgia y burlas estilísticas, volteé a ver a Erika y, con mi habitual falta de filtro, le solté:
—“¡Ya me acordé perfecto de ti! Es que en el liceo pesabas como 10 kilos más.”
Yo, sinceramente, lo dije como piropo. Le estaba diciendo que ahora estaba delgada. Pero, al parecer, el resto de los exliceos no lo percibió igual. Todos rieron a carcajadas y alguien gritó:
—“¡Hay cosas que nunca cambian! ¡Qué onda con tu tacto de elefante!”
Y, honestamente, no entendí nada. Si alguien me dijera: “Oye, no te reconocí, ¡estás 10 kilos más delgada!”, lo invitaría a cenar donde quisiera. Aunque, claro, nadie me va a decir eso, porque peso exactamente 7 kilos más que cuando salí del liceo. Y aún así, cuando alguien me dice que estoy "repuestita" o que he "embarnecido" o incluso los más aventados comentan sobre el "crecimiento desmedido de mis atributos", lejos de ofenderme, ¡me da mucha risa! No me queda otra mas que contestar que sí, que no hago dietas todo el tiempo, que la gula es uno de mis pecados favoritos. Que mis 7 kilos son cortesía de los buenos restaurantes, los bares más hot del momento y de los mejores puestos de sopes y quesadillas que frecuento con más regularidad de la que mi querido amigo Ro pisa las alfombras rojas, todo él sofisticación.
Así las cosas, amigos. Yo venía con la intención de hacerles una reflexión profunda sobre los nuevos siete pecados capitales (tema que me ha causado una fascinación reciente porque me pregunto mucho el proceso legislativo para incorporar pecados al catálogo bíblico) pero bueno, una se distrae con lo que sea: ¡miren, un coche rojo!
Y es que sí: por más rebelde que me considere ahora con mis botas rosas, blusas chinas, palitos en el pelo y minifaldas, antaño lo fui aún más. No por seguir una moda, ¡sino porque la moda es expresión! La moda está viva, sirve para confirmar quién eres, a qué tribu urbana perteneces, en dónde pones tu foco de atención, hacia dónde vas en la vida.
Usaba botas de charol hasta la rodilla. Y eso, aunque muchos lo consideraran una ofensa estética, me convirtió, quiero pensar, en el ídolo secreto de alguien que seguramente decía: “¡Dios mío! ¡¿Cómo se atreve a salir así?!” Y, sin duda, resultaban sumamente atractivas para el sexo masculino. Hoy uso botas rosas, con chamarra rosa, mi discurso es: "lo que ves es lo que hay, ¡y no hay poco! Hay escándalo, hay atrevimiento, hay soltura, hay expresión propia"; todo lo anterior no te lo dice un aburrido outfit old money y un portafolio Hermès.